24 de marzo 2010 - 00:00

“Al lector de policiales hay que atraparlo en las primeras páginas”

Reynaldo Sietecase: «Aunque Juan Carlos Blumberg no me inspiró el personaje protagónico, reconozco que hay ecos de él».
Reynaldo Sietecase: «Aunque Juan Carlos Blumberg no me inspiró el personaje protagónico, reconozco que hay ecos de él».
«El lector de policiales es muy indócil, si no se le da una buena historia abandona el libro a las pocas páginas», afirma Reynaldo Sietecase, que en su novela «A cuántos hay que matar», cuenta la historia de un empresario que luego de que unos secuestradores matan a su hijo decide hacer justicia por mano propia, donde hay ecos del secuestro y asesinato de Axel Blumberg y de la leyenda urbana de un justiciero serial.

El periodista rosarino Reynaldo Sietecase lleva publicados 6 libros de poesía, las crónicas de «El viajero que huye» y «Bares», los cuentos de «Pendejos» y dos novelas policiales, sobre la mas reciente nos reunimos a hablar con él.

Periodista: ¿Cómo surge la idea de su novela policial «A cuántos hay que matar»?

Reynaldo Sietecase: Hace unos 7 años que me vengo dedicando a la narrativa de ficción. Todo comenzó impulsado por una sugerencia de Tomás Eloy Martínez que leyó una nota mía en un taller periodístico de la Fundación de García Márquez y me dijo que ahí tenía una novela. Me pareció desmesurado. Me desafió: «no se si la podés escribir, pero lo que digo es que ahí hay una novela». Así fue como escribí «Un crimen argentino» que salió en 2002. Después escribí los cuentos policiales de «Pendejos», donde hay chicos que matan. Y «A cuántos hay que matar» está en ese camino, consolidando mi estrategia narrativa de ficción en el género policial. Yo tenía muchas ganas de escribir sobre el tema de la venganza, y había una leyenda en mi ciudad, en Rosario, de un tipo que en la década del 70, al que mataron un hijo después de un secuestro, y el se vengó matando a todos los que asesinaron a su hijo apenas salieron de prisión. Esa historia me parecía fascinante. Pero no la investigué, simplemente tomé el tema y me puse a trabajar sobre una historia ficticia con esos parámetros: alguien poderoso que puede contratar sicarios para matar a los que mataron a su hijo. Ese es el génesis de mi última novela.

P.: En la que, a la vez, se puede ver un cierto paralelismo, algunos datos referenciales, con el sonado caso del secuestro y asesinato de Axel Blumberg, y con su padre, el empresario Juan Carlos Blumberg.

R.S.: Si se me pregunta si el empresario de mi historia, el que desata la venganza, Federico Bauer, es Blumberg, yo digo que no, pero contiene a Blumberg. Me pareció pertinente desde la literatura tender un puente hacia el caso más fuerte, que se haya producido en la Argentina, de un empresario al que le matan al hijo. Es obvio que mi personaje no es Blumberg, porque después desata una represalia tremenda y el pobre Juan Carlos Blumberg sólo fue víctima de una tragedia terrible. Yo me nutro de la realidad como periodista pero, además, todos lo relatos policiales se nutren de la realidad. Si se lee a los escritores suecos que están de moda, a Stieg Larsson o a Henning Mankell, se da cuenta que hay un verosímil importante porque el género lo pide. En mi caso, muchos que lean «A cuántos hay que matar» van a recordar el caso Blumberg porque también le mataron un hijo, y si la historia ocurrida en Rosario, en la que realmente me inspiré, no se recuerda es porque es menos conocida. Los datos que hacen pensar en el caso Blumberg me pareció que podían funcionar, como si el de mi novela fuera un caso paralelo, con ecos en aquel caso.

P.: Quienes destacan la relación con el caso Blumberg piensan que usted por ser periodista trabajó en la línea del «nuevo periodismo», de Truman Capote y compañía.

R.S.: Yo escribo ficción, y me aprovecho de la realidad, me nutro de ella. Para mi sería un honor que fuera cierto eso, pero una cosa es la no ficción y otra la ficción. Si mi novela se basara en entrevistas sería otra cosa. Si he investigado datos es porque el género policial lo reclama. Hay que saber, por ejemplo, de las armas que se utilizan. Si me convertí en un conocedor de venenos fue porque leí una serie de libros y entrevisté a un especialista, pero porque eso lo necesitaba para que en la novela ese hecho se volviera indudable.

P.: El uso de datos reales de armas, de relaciones con sucesos de la realidad, se da en forma muy evidente en los best sellers estadounidenses, caso concreto: en Tom Clancy.

R.S.: Es que el género lo pide. Si un thriller no es verosímil está perdido, la gente lo deja a las dos páginas. El lector de policiales es muy indócil, si no se le da una buena historia te abandona. Hay que atraparlo de entrada, busqué lograr eso. Este libro me llevó 3 años, y hice una apuesta muy fuerte a la estructura. La trama tiene 3 hilos narrativos: el asesinato del chico, la crónica de la venganza y un periodista que entrevista a uno de los asesinos, que no quiere salir de la cárcel porque sabe que lo van a matar, que se está realizando una venganza sistemática...

P: Usted lleva al lector por la historia con avances y retrocesos.

R.S.: Cuando comencé a armar el relato, me preguntaba si la gente se engancharía con eso del ir y venir en el tiempo. Una amiga me sugirió que viera la película «Antes que el diablo diga que estás muerto», un thriller fantástico donde el relato establece esos juegos temporales sin que en ningún momento uno se pierda de la trama central. Yo pasó del asesinato del chico, a lo que ocurre 9 años después, a la venganza, a los elementos previos al secuestro y asesinato, al periodista frente a uno de los asesinos.

P.: ¿Cómo se le aparece ese periodista trepador y corrupto?

R.S.: Necesitaba que el preso que no quiere salir dialogara con alguien, en principio pensé en un fiscal, después me pareció que lo mejor era un periodista. Para él, un preso que no quiere quedar en libertad cuando tiene posibilidad de hacerlo, es una nota fantástica, que yo hubiera querido hacer. Y es uno de los giros sorprendentes de la novela, una fórmula que ya conocían los clásicos hace miles de años, y que el policial demanda para poder avanzar. Y, siguiendo con esto, ese periodista al que el lector le tiene cierta simpatía, hace algo inesperado y muy desagradable.

P.: Cuando usted hace reaparecer al abogado que intentó hacer un crimen perfecto en su primera novela, ¿es por que planea una serie?

R.S.: Fue casi involuntario, pero cuando veo la reacción que provoca estoy pensando si no tengo que darle una continuidad. «A cuántos hay que matar» no es una secuela de «Un crimen argentino», no tiene nada que ver. Lo que ocurrió es que, cuando estaba escribiendo, necesité alguien que articulara la relación entre el empresario y los sicarios. Me pareció que el Mariano Márquez, de la novela anterior, al que el poeta Jorge Boccanera define como un «Hannibal Lecter del subdesarrollo», me venía bien. Lo puse ahí como una herramienta momentánea y después ya no lo pude sacar, me di cuenta que funcionaba, y lo que busqué fue que su presencia fuera comprensible cronológicamente. Márquez comete un asesinato en el año 80, pasa 14 años preso, y al salir puede perfectamente ser el intermediario con quienes van a ejecutar la venganza. Es un personaje amoral, muy atractivo. Me puse a pensar si no tiene que aparecer en una próxima novela, que tampoco será una secuela. Me gustaría pasarlo de la oscuridad a la luz, de haber asesinado en «Un crimen argentino» a ahora colaborar con una venganza y, acaso, en el futuro terminar colaborando con la justicia. Es casi un juego. Quienes leyeron «Un crimen argentino» se van a divertir, y a los otros no le pasa nada.

P.: ¿Cómo hizo para saber de los sicarios en Buenos Aires?

R.S.: Hablé con fuentes que tengo en la policía y en la justicia. Dos cosas fueron las que más me sorprendieron en la investigación previa a ponerme a escribir ésta novela. Una, saber que hay muchos más asesinatos por encargo de los que uno cree. No es tan infrecuente el homicidio por encargo en ningún lado del mundo, tampoco en la Argentina. Me impresionó confirmar que alguien con dinero puede hacer matar a otro. La otra cosa que me impresionó fue leer la Ley del Talión, donde la venganza está legislada de forma terrible, y que acaso está instalada en los infiernos del espíritu humano.

P.: Sus personajes se juegan decididamente por la venganza.

R.S.: Si, pero no es mi opinión. Yo estoy en contra de la justicia por mano propia, condeno la Pena Capital abiertamente. Pero otra cosa son mis personajes, qué se pensaría de Shakespeare si se creyera que piensa como sus personajes. Mi primer idea de título para ésta novela fue «No hay buenos», después apareció «A cuántos hay que matar» que la gente en la Argentina usa como una muletilla, como una metáfora y hasta como una afirmación.

P.: ¿Cómo viene su año?

R.S.: Más literario que de costumbre. Empezando a escribir una nueva novela. Tengo un par de ideas fuerza que, apenas termine las presentaciones de mi libro, me voy a poner a desarrollar. Tengo la suerte de trabajar sin apuro, sin firmar opciones con la editorial, yo escribo lo que me gustaría leer. Si escribo policiales es porque me gusta leer policiales. Y porque ese género tiene una característica muy encantadora, permite contar una buena historia y, a la vez, contarla realidad. Partir de un verosímil lleva a hablar de la sociedad real. La Suecia de Mankell no tiene nada que ver con la que se lee en los diarios, y eso es maravilloso. En nuestro caso, creo que en toda América Latina, es muy difícil tener el bastón del policía o el detective bueno, hacerlo verosímil. No digo que no pueda existir. En «Kriminal tango» Alvaro Abós tiene un inspector Muñecas que está del lado del bien. Pero es difícil.

P.: ¿Tuvo propuestas para llevar sus libros al cine?

R.S.: Por «Un crimen argentino» hubo charlas con Pampa Films. Estaban interesados. Pero, según dicen, los tiempos del cine son lentos. Pablo Echarri, que leyó el libro, me dijo que le interesaría hacerlo, así que lo conecté con la gente de Pampa. Ojalá se de, yo busco escribir y nada más. Si mis libros tienen algo cinematográfico, acaso se debe a que busco que las escenas sean muy visuales, que haya acción y contenido.

Entrevista de Máximo Soto

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