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Alfonsín, entre los trece paros y la tregua fallida
1- Hugo Moyano pasó por el Congreso. En la era Alfonsín, su gremio, Camioneros, lo manejaba el «Gallego» Pérez, a quien unos años después desplazó. 2-Rodolfo Daer, secretario general de la CGT hasta 2004, y Hugo Yasky, actual titular de la CTA, también despidieron al ex presidente.
La voz rasposa, maleva, de José Rodríguez, el «Pepe» de SMATA, sonó en esa frase temblorosa y opaca. César Jaroslavsky, el Chacho, giró mirada y la clavó, fulminante, sobre Diego Ibáñez. El petrolero sintió un temblor bajo sus pies, el derrumbe de su aventura política.
Casi con ingenuidad, con un argumento fútil para los demás, Rodríguez le acababa de decir en la cara a Raúl Alfonsín que no sería su ministro de Trabajo. Con eso, boicoteaba el trabajoso pacto del gremialismo peronista con el Gobierno radical.
Confuso, sospechando un complot, quizá arrepentido, el presidente se retiró de la casa de Enrique «Coti» Nosiglia en la calle Juncal. Lo escoltó Mario Brodersohn. Adentro, quedaron Jaroslavsky y su furia indomable. La amistad, pudo pensar, es mala consejera.
Rodríguez había rankeado como el candidato perfecto por su relación amigable con Alfonsín. Pero en aquellos días de fines de marzo del 87, ni ese vínculo ni lo que un sector del PJ percibía como una patriada sirvieron -a simple vista- como fundamento para el mecánico Rodríguez.
Pero un ausente de esa noche, desde algún lugar, había colado su pezuña: Lorenzo Miguel, enancado en la antigua disputa entre la UOM y SMATA, susurró en los oídos adecuados la inconveniencia de que sea Rodríguez. El de SMATA, al final, quedó en el camino.
Pragmáticos, para no permitir que se esfume su acceso a una porción del poder gubernamental, los sindicalistas empezaron, en desorden, a pergeñar un plan B. Nosiglia, en un aparte, hablaba con Luis Barrionuevo. En un silencio, se escuchó a Carlos West Ocampo.
-Negro, vos lo tenés a Alderete, a Carlitos.
-Sí. Pero ahora está en Roma -respondió Oscar Lescano, caudillo de Luz y Fuerza.
-Llamalo.
Volvieron las sonrisas. Esta vez, se tomó la precaución -que no había existido con Rodríguez- de consultar al postulado. Alderete estaba en Italia, adonde viajaba cada tanto, invitado por una congregación de laicos. Lo ubicaron, dijo que sí y al otro día lo fueron a esperar a Ezeiza.
Con el doble OK, de Alderete y de Alfonsín, los gremios se juntaron en la sede de Luz y Fuerza sobre Callao. De allí directo a Olivos a ver a Alfonsín y difundir el acuerdo. Antes, gentiles o sumisos, los sindicalistas desfilaron por una tienda y se compraron corbatas.
El 30 de marzo de 1987, Carlos Alderete juró como ministro de Trabajo y Seguridad Social de Raúl Alfonsín, en reemplazo de Hugo Barrionuevo, también cacique sindicalista, pero una rara avis en el mundo de los gremios: el fideero Barrionuevo era radical.
Fue el inicio de la más complaciente de las tres en que se segmentó la accidentada convivencia entre la administración Alfonsín y los gremios del PJ que, para entonces, le habían devorado tres ministros: Antonio Mucci, Juan Manuel Casella y Barrionuevo.
La apertura a los gremios, en el 87, la forzó la debilidad creciente del Gobierno, mixtura de la crisis económica y la avanzada del peronismo que derivaría, el 6 de setiembre de ese año, en la victoria de Antonio Cafiero, sobre Casella, por la gobernación de Buenos Aires.
Fue una tregua parcial: desde la dictadura, el sindicalismo peronista venía fragmentado. Alfonsín apostó a los más grandes y, vía Nosiglia, creó el grupo de Los 15, entre los que estaba Jorge Triaca, luego ministro de Trabajo de Carlos Menem, que negoció la llegada de Alderete.
Fue un intento, fallido, por bloquear las embestidas de Saúl Ubaldini que sumaría 13 paros generales contra el Gobierno radical. Entre la primera huelga, en el 84 contra la ley Mucchi, y su diálogo con Los 15 -Lorenzo Miguel era el «16»-, Alfonsín mutó de confrontar a negociar.
Los caudillos peronistas le arrancaron dos concesiones: la Ley de Asociaciones Sindicales, que monopolizó los gremios, y la Ley de Obras Sociales, que dio a cada organización la posibilidad de tener su propia obra social, «caja» histórica de los sindicatos.
Pero seguía indomable. Como escolta del cervecero -que llegó a mandar en su gremio patrocinado por Diego Ibáñez y el metalúrgico Lorenzo Miguel- irrumpió un grupo de dirigentes, una especie de renovación: los «jóvenes brillantes».
Andrés Rodríguez (UPCN), Gerardo Martínez (UOCRA), José Luis Lingieri (Sanidad) y Rodolfo Daer (Alimentación) fueron soporte de Ubaldini, que protagonizó un duelo personal con Alfonsín. Sus rivales internos lo acusaban de no saber negociar.
Aunque la secuencia de paros comenzó en el 84, se reforzó en el 85 -uno en mayo, otro en agosto- y escaló en intensidad desde 1986, con un hito en la multitudinaria huelga del 13 de junio, la etapa Ubaldini cruzó, y coincidió temporalmente, con la tregua entre Alfonsín y Los 15.
El cervecero participó, siempre desde la trinchera, en las tres etapas: la que le asestó un golpe brutal al Gobierno naciente, cuando con el voto de Elías Sapag frenó la ley Mucci, a la que siguió combativo durante el pacto y la que aceleró, en medio de otras crisis -la económica, la militar- el final de Alfonsín.


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