24 de febrero 2011 - 00:00

Alimentos financian fiesta del Gobierno

Agustín A. Monteverde
Agustín A. Monteverde
El incremento de los precios de los alimentos ha vuelto a ocupar el centro de la atención mundial, luego de que en enero alcanzaron un máximo histórico. En su séptimo mes consecutivo de incremento, el índice de precios de alimentos de la FAO tocó su nivel más alto desde que comenzó a medirse en 1990, en términos nominales, y superó el pico del 224,1% registrado en junio de 2008, durante la crisis alimentaria de 2007/08. El índice, que mide los cambios mensuales en los precios de una canasta de alimentos compuesta por cereales, semillas, lácteos, carne y azúcar, promedió 230,7 puntos, frente a los 223,1 de diciembre.

Esta situación se vuelve dramática en los países más pobres, donde el gasto en alimentos puede representar cuatro quintas partes del presupuesto de una familia. La inflación de las materias primas alimenticias está en las raíces de las protestas en Jordania; y en Túnez y en Egipto fue determinante para la caída de sus respectivos gobiernos.

Las autoridades de la ONU temen que haya más manifestaciones a medida que se trasladan a los consumidores alzas de hasta un 110% en los precios globales de los alimentos. En promedio, los principales commodities han experimentado subas del 32% durante los últimos seis meses de 2010. En el caso del azúcar, los precios han alcanzado su nivel más alto en 30 años. El trigo, el maíz y la soja han marcado récords para los últimos 31 meses.

Se pueden esbozar varias razones de la fuerte suba. En primer lugar, la población mundial está creciendo más rápido que la superficie cultivada. El alza comenzó algunos años atrás con la mayor demanda de China, donde la mejora en el poder adquisitivo de la población hizo que aumentara el consumo de carne y crecieran las importaciones de soja para alimentar al ganado. Otra razón del alza de los precios reside en las graves condiciones climáticas globales que han afectado los pronósticos de producción. Rusia, Brasil y la Argentina sufrieron sequías mientras que Australia padeció inundaciones sin precedentes.

También ha incidido negativamente el uso de las materias primas agrícolas para la producción -por cierto, subsidiada- de biocombustibles, en lugar de dedicarlas a la alimentación. La desvalorización del dólar -moneda en la que están nominados todos los commodities alimentarios- ha impactado también en la suba de los precios. Por último, el desarrollo de los fondos de índices de materias primas puede estar contribuyendo a inflar los valores en estos mercados.

Los stocks mundiales tanto de maíz como de soja se encuentran en niveles bajos sin precedentes. La mejora en las estimaciones de producción sojera en Brasil y en la Argentina debido a las recientes y más favorables condiciones climáticas no fue suficiente para frenar la suba de los precios. Ni siquiera la decisión de China de elevar la tasa de interés para controlar su inflación doméstica logró contener la suba de la soja. La sostenida demanda de la oleaginosa a nivel mundial y las previsiones de que la oferta global será insuficiente para julio-agosto forzaron la suba.

Los funcionarios del organismo alimentario creen que los peores efectos del actual repunte de las materias primas agrícolas todavía no se han sentido. El aumento de los precios mayoristas se está filtrando lentamente en los valores minoristas de los alimentos, lo que va agudizando las presiones inflacionarias y ya ha gatillado nuevos disturbios en países como Argelia y Mozambique.

Sarkozy, que preside ahora el G-20, ha planteado su preocupación por la suba de los commodities agrícolas, asegurando que esto pone en riesgo la «seguridad alimentaria» internacional. Y la Comisión Europea ya ha decidido implantar nuevas regulaciones.

Entretanto, encerrada en sí misma y obsesa por las operaciones preelectorales, la Argentina permanece ajena a la realidad contemporánea. Con inaudito desparpajo, nuestro Gobierno desalienta la producción y traba la comercialización de alimentos. Ávido de recursos que sostengan el festival clientelar, grava con impuestos confiscatorios las exportaciones de alimentos, tanto primarios como elaborados, mientras que subsidia su uso para biocombustibles. En el colmo de la irracionalidad y llevado por el rencor hacia un sector que -inopinadamente- le propinó su más estrepitosa derrota política, el kirchnerismo ha llegado al extremo de prohibir las exportaciones agropecuarias. Ausente del mundo y enceguecida por las vendas del autoritarismo K, la Argentina juguetea caprichosamente con el don que Dios le obsequió (y la inversión y esfuerzo de los hombres de campo aumentó), escamoteándole a la humanidad aquello que le es indispensable: alimentarse.

Es cierto que los mecanismos de precios son la forma más eficaz para resolver problemas de escasez. Bien lo sabemos los argentinos que, pese a nuestros recursos energéticos abundantes, padecemos estrecheces que derivan del manejo autoritario de las tarifas, al distorsionar las señales para la oferta y para la demanda.

Pero no es el funcionamiento eficiente ni la solución de la escasez lo que motivan el rechazo oficial a las regulaciones de los mercados internacionales: en el esquema de la redistribución K, la escasez de alimentos significa precios más altos y más recursos para el Gobierno. Lo que el Ejecutivo argentino quiere es el precio lleno, sin quitas o topes; quiere quedarse con la superrenta alimentaria para seguir gastando a gusto en empresas deficitarias, obras fantasma (¿alguien se acuerda de las licitaciones megamillonarias por el inexistente gasoducto NEA? ¿Y el tren bala?), subsidios a sindicatos y empresarios oficialistas, el sometimiento de gobernadores e intendentes, y sigue la lista. Es que el campo y la industria alimentaria han sido nominados para hacerse cargo de una fiesta multimillonaria que abarca desde el armado de monopolios multimediáticos de propaganda hasta los aromas nauseabundos de la compra de voluntades políticas y favores periodísticos. En un país prebendario, no es una ventaja ser productivo; es una maldición.

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