21 de mayo 2010 - 00:00

Ambiguo relato de confusión espiritual

«Entre la fe y la pasión» es un film muy bien fotografiado, incoherente, con escasez de argumentos religiosos y, sobre todo, algo aburrido.
«Entre la fe y la pasión» es un film muy bien fotografiado, incoherente, con escasez de argumentos religiosos y, sobre todo, algo aburrido.
«Entre la fe y la pasión» (Hadewijch, Francia, 2009, habl. en francés). Guión y dir.: B. Dumont. Int.: J. Sokolowski, D. Dewaele, Y. Salime, K. Sarafidis, B. Mayeux-Clerget, M. Ardenne. 

Hadewijch dAnvers era una poeta y mística belga del siglo XIII, cuyos textos alentaban a las monjas a la unión espiritual con Dios. Hadewijch (pero dIle St. Louis) es el nombre que por ahí toma una tal Celine, hija de un funcionario de carrera. Ella quiere ser monja, pero en el convento, mínimamente poblado, en vez de obedecer a la Madre Superiora, como corresponde, y cumplir las reglas de obediencia, sólo cumple un plan de ayuno y flagelación que ella misma se ha inventado. La Superiora tendría que haberla mandado al psiquiatra, pero adopta un paso intermedio: la manda de vuelta a casa.

A poco está en un café, haciendo confianzuda amistad con un chico árabe que no cumple las reglas de tránsito (ni de respeto a los bienes ajenos), y éste la lleva a su hermano: un imán que predica a favor de la violencia. Basta verle la cara para sospecharle malas intenciones, pero ella no ve nada. Sin la menor duda ni un ápice de reflexión teológica, en su sed de absoluto la chica que estaba a punto de ser monja se hace musulmana. Por suerte también anda por ahí un simple pecador medianamente arrepentido.

Nos tienta contar el final, pero seguramente el ruido de una bomba habrá de despertar al espectador, y alcanzará así a ver el final por su cuenta. En resumen, todo muy bien fotografiado, ambiguo, medio confuso, cosa que cada cual lo entienda como quiere, calmo, lleno de tiempos muertos, con leves incoherencias argumentales y escasez de argumentos religiosos, y de conocimientos religiosos. Pareciera que Bruno Dumont, el autor, ha visto bastante cine de Robert Bresson, porque en ciertas tomas «dialoga» (como se dice ahora) con «Mouchette» y «El diablo, probablemente», pero lo hace como quien toca de afuera, y a veces mete la pata. En eso se emparenta con Carlos Reygadas, que con «Luz silenciosa» pretendió hacer una paráfrasis de «La palabra» y confundió magia con religión («La palabra» es una apabullante obra teatral sobre el poder de la fe, llevada al cine por Carl Theodor Dreyer; acá supo representarla Alfredo Alcón, en la versión radiofónica del programa «Las dos carátulas», pero ya estamos hablando de otra clase de artistas).

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