1 de agosto 2011 - 00:00

Ante el fracaso de la gestión Obama

Pocos presidentes en la historia norteamericana han llegado al poder despertando tantas esperanzas en las posibilidades de un cambio en favor de la nación como Barack Obama. Según Gallup, fue el segundo presidente con mayor aprobación al inicio de su gestión, después de la Segunda Guerra Mundial. Fue sólo superado por John F. Kennedy. También pocos se desinflaron en tan corto tiempo.

La reacción contra las principales medidas, como la reforma de la salud, por ejemplo, logró canalizar las formidables reservas morales del pueblo norteamericano en organizaciones sociales, «thinktanks» e incluso nuevos partidos políticos, como el «Tea Party». Los candidatos del Partido Republicano que pensaban «guardarse» para las elecciones de 2016 se han apurado a presentarse para las de 2012, ya que piensan que es una posibilidad real que Obama no sea reelecto.

Buena parte de la explicación de este fracaso es económica. En primer lugar, la política monetaria de bajísimas tasas de interés por parte de la Reserva Federal y de «inyección» de dólares a la economía a través fundamentalmente de la compra de bonos del Tesoro no logró reactivar el nivel de actividad. Como era esperable, estas recetas no resultaron efectivas, ya que simplemente producen la ilusión de que la economía dispone de mayores recursos cuando no los tiene en realidad. Sí sirven para producir burbujas en algunos mercados, como ocurrió en el pasado reciente con las viviendas o con las empresas de internet (la llamada crisis de las punto com).

La explicación es sencilla, víctimas de la ilusión monetaria, las personas piensan que disponen de los recursos suficientes para encarar proyectos de inversión que ponen en marcha. Pero en realidad los siempre escasos recursos no son suficientes para todos los proyectos y, por lo tanto, muchos no se pueden concretar y ahí viene la crisis. Siempre es una mala idea promover este tipo de políticas, como bien explica la teoría austríaca del ciclo económico, defendida desde hace casi un siglo por economistas como Mises o Hayek.

En segundo lugar, la política de obra pública, que pretende que el Estado encare proyectos de inversión para aumentar el producto y el empleo. Lo que suele ocurrir es que mientras se concretan, al tener que pasar por licitaciones, burocracia o adjudicaciones, se instrumentan tarde y mal. Pero aunque dejáramos esto de lado, el problema principal es que desplazan la inversión privada. Al tomar el Estado compulsivamente recursos de la sociedad vía impuestos para destinarlos a fines decididos por políticos y burócratas, se pierden para utilizarlos a los fines que encuentran los privados que serían de mayor utilidad. Es la inteligencia descentralizada de millones de personas actuando a través del mecanismo del mercado la mejor forma de asignar recursos para invertirlos de la mejor forma posible, en particular, para salir de una recesión, y no un comité de unas pocas personas. Esa soberbia keynesiana de pensar que unos pocos iluminados pueden hacer a través de la ingeniería social algo mejor que lo que harían las personas actuando libremente es a esta altura del partido difícil de comprender.

Impuestos

En tercer lugar, la política fiscal es profundamente desacertada. El último gran empuje de crecimiento de la economía norteamericana vino del recorte de impuestos de Reagan a comienzos de los ochenta, y duró hasta la presidencia de Bush hijo. Obama entendió que debía aumentar el gasto y por lo tanto no quedó lugar para ningún recorte significativo. No hay medida más útil que un importante recorte de impuestos para liberar recursos que permitan mayor inversión, crecimiento y creación de empleos para despertar una economía aletargada. Esto, que fue obvio para presidentes como Kennedy o Reagan, que los instrumentaron, no lo fue para Obama o Bush.

Hoy la economía norteamericana muestra números mixtos, amén de la complicada situación que enfrenta respecto del aumento del tope del endeudamiento y la posibilidad real de entrar en cesación de pagos. En el primer trimestre de 2011, el PBI creció un 1,9%, mientras que en el trimestre anterior lo hizo un 3,1%.

El desempleo se mantiene en niveles históricamente altos del entorno del 9% y no se generan los puestos de trabajo suficientes para abatir esta cifra. Es evidente que con la actual política económica tampoco lo hará. Por eso, en el primer debate entre los aspirantes a la nominación presidencial por el Partido Republicano en New Hampshire, todos intentaban distanciarse lo más posible del presidente Obama. Algunos analistas incluso dicen que la propia administración demócrata estaría dispuesta a dar lugar a políticas más liberales para reactivar la economía y no perder las elecciones. La historia dirá si están a tiempo, pero que el primer mandato de Obama ha sido un estrepitoso fracaso desde el punto de vista económico por seguir vetustas políticas del más rancio keynesianismo hoy es una realidad que rompe los ojos.

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