- ámbito
- Edición Impresa
Antes de Hollywood, Haneke estrena una ópera en España
«Nervioso» por la posibilidad de ganar uno o más Oscar por «Amour», Michael Haneke recibió ayer la Medalla del Círculo de Bellas Artes de Madrid, ciudad que verá su versión de «Così fan tutte».
«Estoy más nervioso cuando hago cine que cuando hago ópera y más ahora ante los Oscar», dijo Haneke ayer tras recibir la Medalla de Oro del Círculo de Bellas Artes madrileño. El cineasta y regisseur no podrá asistir al estreno de su segunda experiencia operística -tras la también mozartiana «Don Giovanni»-, porque estará preparándose en Hollywood para sufrir por «Amour», el film con Jean-Louis Trintignant y Emmanuelle Riva, que se estrena hoy en nuestro país (ver comentario en pág. 3 de esta sección), y que todas las apuestas dan por seguro ganador al menos del Oscar a mejor película extranjera.
Asediado por la prensa española, Haneke se mostró reacio a explicar su versión de «Così Fan Tutte», porque según dijo, no le gusta hablar de sus óperas, para que el público llegue sin prejuicios. «Déjense sorprender», aconsejó el ganador de dos Palmas de Oro en Cannes (una de ellas por «Amour» justamente), sobre su aproximación a la combinatoria sentimental y la ópera bufa. «De mis películas sí que hablo, pero no quiero dar un manual de instrucciones para que el público la entienda», confesó.
Las únicas pistas se encuentran en el libreto que ayer facilitó el Real a los periodistas en esta peculiar presentación, donde lo único que se leen son preguntas del regisseur sobre la relación que une a Don Alfonso y Despina. «¿Por qué él la tiene que humillar? ¿Por qué ella le tiene que humillar?», escribe Haneke. Y en la página de al lado adjunta el poema de Rilke, «Eros».
Entonces, todo vuelve a sonar a Haneke, el director que mostró a Isabelle Huppert cercenándose el clítoris en «La profesora de piano» o filmó un secuestro aleatorio a una familia burguesa en «Funny Games». Y quien ayer fue sido recibido con tanta admiración por su corpus creativo como asombrado interés ante una mente capaz de crear tales truculencias.
Ante la pregunta de si hará sufrir a la audiencia también en las lujosas butacas del Real, respondió «tampoco hago películas para que el espectador sufra, pero, si sufre, tendrá sus razones». «Yo hago las cosas que me dan placer», añadió, alimentando la teoría de quienes lo consideran un auténtico sádico. Respecto de «Amour», que aspira a cinco Oscar: mejor película, mejor director, mejor actriz, mejor guión original y mejor película extranjera, el director dijo entre risas «me gustaría ganarlos todos». Luego se puso serio para aclarar que le «haría ilusión ganar alguna, cualquiera» de las nominaciones que tiene. Para él, el film que también ganó el Globo de Oro a la mejor película extranjera y arrasó en los últimos premios del cine europeo, «llega a la gente porque lo que allí sucede puede pasar en todas las familias. Si uno es muy joven puede haberle pasado a sus abuelos, si es menos joven, a sus padres, y si es todavía menos joven, a sí mismo», explicó Haneke sobre el film centrado en el drama de una pareja de ancianos cuando a ella la afecta una grave enfermedad.
Nacido en Munich, pero de nacionalidad austríaca y adoptado culturalmente por Francia, Haneke lleva en Madrid desde el 2 de enero, enclaustrado en el Real, para que todo salga perfecto en esta obra en la que la dirección musical es de Sylvain Cambreling y la musical de Till Dörmann.
Aunque nació en la Baviera de Wagner, su nacionalidad austríaca adquirida le acerca más a ese Mozart que visita por segunda vez, y de quien dice «Con Mozart estás condenado a fracasar. La gran cuestión es a qué nivel va a estar tu fracaso». «Es importante respetar los dos tiempos. El tiempo en el que Mozart la compuso en 1790 y el tiempo en el que estamos ahora. El historicismo puro es una ilusión, porque no se sabe cómo era la época en el siglo XVIII», apuntó. «Me gusta hablar de detalles pequeños, de guerras civiles entre dos personas, y eso está también presente en Così fan tutte. Una pequeña guerra cotidiana de la que quizá nazcan las grandes guerras», explica el director de «La cinta blanca», sobre esos niños que incubaban el nazismo en la Alemania rural previa a la Primera Guerra Mundial.
Pese a tanta veneración, el austríaco sigue reconociéndose como un cineasta y considera que el cine tiene «una relación ambigua con la música». «Tanto el cine como la ópera son una cuestión de ritmo», resume, aunque detesta cuando en el cine «la banda sonora sirve para ocultar las debilidades del guión» y prefiere usar música ya conocida, como el Bach que sirve, a modo de cita para entendidos, para complementar el sufrimiento de Jean-Louis Trintignant en «Amour», su film más compasivo y hasta tierno.
Agencias EFE y AFP

