24 de junio 2011 - 00:00

Antológico recital de Nelson Goerner

Recital de Nelson Goerner (piano). Obras de W. A. Mozart, R. Schumann y F. Liszt (Teatro Colón, 21 de junio).

Difícil no ubicar a Nelson Goerner en las antípodas de Keith Jarret, el divo caprichoso e irritable que había abierto el Abono Bicentenario 2011. Con una actitud intelectual (y hasta física) de enorme humildad respecto de su arte y un poder de concentración notable, el pianista sampedrino radicado en Suiza brindó el martes pasado un recital antológico. Como apertura del programa, Goerner eligió la «Sonata en mi bemol mayor» KV 282 de Mozart (1774), que hubiera resultado fuera del contexto romántico de las obras que le siguieron de no haber sido porque Goerner supo conferirle al maravilloso «Adagio» con que comienza toda su dimensión expresiva sin desvirtuar su pureza clásica y adoptando a lo largo de toda la sonata un toque «non legato» adecuado.

La siguiente estación de un programa que creció en intensidad fue la «Kreisleriana» opus 16 de Schumann. Pese a un inicio algo precipitado, conforme fue avanzando en la interpretación Goerner fue ganando vuelo lírico y evidenciando en toda su dimensión los continuos contrastes que Schumann trazó inspirándose en Clara Wieck y en la figura del director de orquesta Johannes Kreisler creada por el escritor y músico E.T. A. Hoff. Tanto los pasajes meditativos como los exaltados tuvieron su medio de expresión ideal.

Liszt y su colosal «Sonata en si menor» ocuparon la segunda parte. Consciente de la complejidad estructural de la partitura, de su carácter de «poema sinfónico para el piano» y del desafío que implica conferirle unidad, el pianista brindó una versión meditada, rica en colores y claroscuros, con notable relevancia de las líneas internas y una carga dramática extraordinaria. Hubieran sido necesarios varios minutos de silenciosa reflexión, pero el primer grito de aclamación cayó fulminante casi sobre el último acorde. Emocionado, y de manera sorprendente, brindó dos bises: el primero, el despojado «Preludio número 6» del opus 28 de Chopin, y luego los «Arabescos sobre El Danubio azul de Strauss hijo» de Adolf Schulz-Evler, una pieza pirotécnica y salonística poco acorde con el clima que él mismo había logrado. Pero ni siquiera ese gesto pudo diluir el efecto perdurable de su entrega.

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