Asombrosa saga de un país ya poderoso con un pueblo aún pobre

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Pekín - El ascenso de China al tercer puesto en el mundo por el volumen de su economía y su intercambio comercial comenzó con una simple sentencia: «Da igual si un gato es blanco o negro, lo que importa es que cace ratones».

Con este pragmatismo, el arquitecto de las reformas económicas, Deng Xiaoping, desechó hacia fines de los años 70 las rígidas enseñanzas comunistas, pasó a experimentar con el capitalismo en zonas económicas especiales, y allanó así el camino para el «milagro económico» chino.

Cuando hoy la República Popular cumpla 60 años, los 1.300 millones de chinos festejarán sobre todo 30 años de reformas y de política de apertura. Alrededor de 300 millones de personas lograron salir de la pobreza.

Nunca en la historia, tantas personas habían alcanzado el bienestar en tan poco tiempo. En los resplandecientes centros comerciales de las metrópolis chinas se encuentran tiendas de Gucci y Armani, Porsches y Ferraris, Audis y Volkswagen comparten las calles con bicicletas de carga.

«China Roja SA» desplazó a Alemania al cuarto lugar, sólo Estados Unidos y Japón la superan en tamaño. Y, sin embargo, en el ranking mundial China ocupa sólo el puesto 106, si se calcula el Producto Bruto Interno (PBI) repartido entre los 1.300 millones de chinos. China es, precisamente, pobre y rica al mismo tiempo.

Crisis


Como banco de trabajo del mundo, China se dispone a superar a Alemania en su posición de líder en exportaciones mundiales. La crisis económica mundial le bajó de un doloroso golpe los humos, y no obstante su economía pudo volver a recuperarse. Economía planificada y fuerzas del mercado funcionan mano a mano. El Gobierno y los bancos estatales aflojaron el flujo de dinero e inyectaron fondos importantes a la economía.

«Confiamos que en este año llegaremos a crecer un 8%», dice el viceministro de Finanzas Zhu Guangyao. El Gobierno continuará con su política financiera proactiva. A pesar de peligros como el exceso de capacidad, el despilfarro y el crédito moroso, Zhu Guangyao habla de un «crecimiento sano». En Occidente ya surgieron esperanzas de que el crecimiento de China podría incluso rescatar a la resentida economía mundial de la crisis. Pero, a pesar de toda esta fuerza económica y de tratarse de un quinto de la población del mundo, China participa con una cuota de apenas el 4% del consumo mundial, mientras que sólo los consumidores estadounidenses son responsables de un tercio del mismo. Circulan advertencias, incluso, de que el crecimiento actual podría descubrirse como «fuego de paja».

«China no puede estar constantemente inyectando dinero a su economía», dice el presidente de la Cámara de Comercio Europea en China, Jörg Wuttke. «Me pregunto cuán sostenible es esto». Más importantes son las reestructuraciones y el apoyo a la pequeña y mediana empresa. «Se ha demostrado que justo en tiempos de crisis una fuerte reforma y una política de apertura resultan más prometedoras», afirma Wuttke.

A largo plazo las perspectivas no son malas: «China tiene el potencial de crecer entre un 6% y un 8% en los próximos diez años, incluso con alguna caída cada tanto», dice.

Visión

El sueño de los extranjeros, del gigantesco mercado de 1.300 millones de chinos tomando cada uno su Coca-Cola y conduciendo su propio automóvil, aún no explotó. Incluso en medio de la crisis China sigue recibiendo más inversiones extranjeras que ningún otro país del planeta. Y, sin embargo, sólo algunos cientos de millones de habitantes de la franja costera y de las grandes ciudades pueden permitirse el consumo. Con unos 2.500 dólares al año, los habitantes urbanos ganan per cápita tres veces más que los campesinos, que constituyen dos tercios de la población. Se estima que la tasa de desempleo de éstos es del 30%.

Así, más de 200 millones de trabajadores migrantes rurales sirven de mano de obra barata. Son los verdaderos héroes del milagro económico. La explotación capitalista está a la orden del día. Los trabajadores y los campesinos se encuentran bien abajo en la escala social del comunismo chino. Arriba dominan los funcionarios del partido al mejor estilo feudal. Mientras que el chino humilde mantenga la sensación de que mañana puede ser un día mejor, la «economía de mercado socialista» parece que seguirá funcionando.

En referencia a las condiciones de la temprana revolución industrial, los críticos ya hablan del «comunismo de Manchester». La creciente brecha entre ricos y pobres, débiles y poderosos agudiza las tensiones sociales. «China ha cambiado dramáticamente -lamentablemente sólo en un sentido económico», dice Wang Dan, líder estudiantil de 1989, hoy residente en el exilio, «la base de este desarrollo son la injusticia y la dictadura de un partido único». Las reformas políticas estuvieron ausentes.

Agencia DPA

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