11 de agosto 2009 - 00:00

Atractivo argumento que, como mínimo, simplifica

Barack Obama ayer en Guadalajara, en la cumbre que compartió con el mexicano Felipe Calderón (también en la foto) y el canadiense Stephen Harper.
Barack Obama ayer en Guadalajara, en la cumbre que compartió con el mexicano Felipe Calderón (también en la foto) y el canadiense Stephen Harper.
«Los críticos que dicen que los Estados Unidos no han intervenido lo suficiente en Honduras son los mismos que dicen que nosotros intervenimos en América Latina, y que dicen fuera yanquis», se quejó ayer Barack Obama durante la cumbre de presidentes de América del Norte. Insistió así en un tópico que ya había enunciado el fin de semana. «Si esos críticos piensan que tenemos que actuar de maneras que en otros contextos consideraron que estaba mal, entonces hay cierta hipocresía», añadió.

El demócrata mostró ayer solamente más de lo mismo que ya había entregado con respecto a la crisis hondureña: una condena valiosa, el reconocimiento de Manuel Zelaya como presidente legítimo y una aclaración de que su Gobierno considera lo ocurrido «un golpe de Estado». El arma económica, que pasaría por una radical interrupción de la ayuda de todo tipo al pequeño país centroamericano, y una cancelación de visas a todos los miembros del Gobierno de facto, medidas que precipitarían el fin de la aventura, quedan, se ve, fuera del rango de lo esperable. La condena es y será básicamente discursiva, bien al estilo Obama.

Las idas y vueltas en torno a si lo de Honduras fue o no un golpe, que incluyeron una más que ambigua carta reservada del Departamento de Estado a un poderoso senador republicano, son indicativas de un fuerte grado de deliberación entre los factores de poder de los Estados Unidos e incluso dentro de éstos.

¿Defender la democracia hondureña aun a sabiendas de que con ello se respalda a un aliado de Hugo Chávez? La duda desvela, pero Obama la zanjó ayer. Con todo, no va a fondo con las implicancias que tal conclusión debería desencadenar.

Centrémonos en el corazón del mensaje del jefe de la Casa Blanca, es decir, la autodefensa que ensayó contra las acusaciones de injerencia de los Estados Unidos en los asuntos regionales. Obama es un hombre inteligente, y su argumento es atractivo. Según él, sancionar al régimen de facto de Honduras y a sus jerarcas sería interferir en los asuntos internos de ese país. Si esa autocontención beneficia a los neogolpistas de Tegucigalpa y les permite consolidar su asonada, no es culpa de los Estados Unidos, que satisfacen así con un viejo reclamo de la izquierda latinoamericana.

Pero el argumento deja ver una lógica algo simplista. Si la nueva política exterior de su país hacia la región pasara verdaderamente por la no intervención, Obama debería encarnar una verdadera revolución en asuntos considerados casi intocables para los parámetros del Departamento de Estado en las últimas décadas. Por caso, levantar sin más trámite el embargo contra Cuba y dejar sin efecto de inmediato el masivo desembarco de poder militar que prepara en Colombia, un tema que inquieta a la belicosa Venezuela chavista, pero no sólo a ella. Brasil guarda mejor las formas que el incandescente bolivariano, pero seguirá con la guardia bien alta ante cualquiera que pretenda husmear en su Amazonia. Más allá de juicios de fondo sobre ambas políticas (Cuba y Colombia), ellas implican, a todas luces, acciones intervencionistas.

Lo que hace Obama es, una vez más, equilibrio. Habla lindo, pero en los hechos no innova demasiado. En este caso, busca un balance entre su conciencia y la presión cada vez más estéril del ala liberal del Partido Demócrata, por un lado, y el poder de veto republicano para la confirmación de Arturo Valenzuela como jefe de la diplomacia para América Latina y de un par de embajadores de alto perfil, por el otro.

Su idea de «cambio» es básicamente una cuestión de modos, que más temprano que poco a poco va encontrando como límite el interés nacional que Estados Unidos mira a través de su vieja lupa de siempre.

El «no intervencionismo» norteamericano en Honduras es, en los hechos, un modo de «dejar hacer» al Gobierno de Roberto Micheletti. Cada día que pasa, el regreso de Zelaya al poder es más quimérico, dado que las elecciones están previstas para el 29 de noviembre. Casi, casi mañana.

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