Tsukuru Tazaki, a los 16 años, tuvo ganas de morir. "La razón por la que la muerte lo atrajo para sí con tanta fuerza estaba clara: un buen día, sus cuatro mejores amigos, con los que tantas cosas había compartido, le comunicaron que no querían volver a verlo, y tampoco a hablar con él. Lo hicieron de modo rotundo, sin concesiones. No le dieropn explicación alguna sobre el motivo de aquella decisión. Y Tsukuru no se atrevió a preguntar". Así comienza la nueva novela, la número trece, del gran escritor japonés que desde hace años es candidato permanente al Premio Nobel, el que pasaría a estar de ese modo junto a los insignes Yasunari Kawabata y Kenzaburo Oe.
Una vez más Murakami sondea la soledad, el rechazo, el abandono, el aislamiento, el sentirse apartado, la necesidad de amar y ser amado. Tsukuru comprende que hay algo que siempre lo puso a un costado en ese grupo de cinco inseparables amigos, tres varones y dos mujeres. Los otros muchachos tienen nombres que implicaban colores Aka (rojo), Ao (azul) y las chicas Shiro (blanco) y Kuro (negro). Cercanos, opuestos, contrastantes. Él era un chico sin color, anodino, mediocre, aunque su nombre significara hacer, crear, construir. Y así mientras sus amigos se quedan en Nagoya, la ciudad natal, él viaja a Tokio para convertirse en ingeniero, para materializar el obsesivo sueño infantil de construir, mantener y resguardar estaciones de tren. Pero cuando alguna vez regresa e intenta comunicarse con sus amigos, ellos le dan la espalda, y hasta le dicen "vos sabrás qué hiciste".
Tsukuru no entiende qué ha sucedido, ese grupo partía de la base de que el amor, el deseo o la ambición profesional eran menos importantes que la amistad. A partir de esa expulsión Tsukuru se realiza profesionalmente, pero vive como un sonámbulo. El trauma no ha dejado de acosarlo, aunque lo oculte. Sólo 16 años después, el encuentro con Sara, no sólo le permite descubrir el amor sino que ella lo impulsa a tratar de saber por qué lo habían excluido, lo impulsa a "los años de peregrinación del chico sin color", ahora un hombre maduro (para Murakami es una "novela sobre el crecimiento"), o que busca alcanzar finalmente la madurez encontrando la explicación de por qué sus amados amigos lo han discriminado. Para ello tendrá que enfrentar su lado más oscuro, ése que él no conoce, pero para ese autodescubrimiento tendrá que volver a su pueblo, y hasta viajar a Finlandia, precisamente a Helsinski, donde recibirá un abrazo de reconocimiento. Allí comprende que "los corazones humanos no se unen sólo mediante la armonía. Se unen, más bien, herida con herida. Dolor con dolor. Fragilidad con fragilidad. No existe silencio sin un grito desgarrador, no existe perdón sin que se derrame sangre, no existe aceptación sin pasar por un intenso sentimiento de pérdida. Esos son los cimientos de la verdadera armonía".
La investigación, que se vuelve una intriga policial de los sentimientos perdidos, lleva al lector a devorar las páginas pasando por un entramado donde no faltan los hechos fantásticos, un compañero que estudia filosofía que lo pone en el camino del reencuentro personal, un pianista que percibe el color de las personas y predice la muerte, un embarazo, un aborto, una violación y un crimen en un espacio sin memoria, un viaje al interior de la conciencia donde se diluye la frontera entre sueño y realidad, y que tiene como música de fondo, como tributo, la suite "Los años de peregrinación" de Franz Liszt, sobre todo "Le mal du pays" interpretado por Alfred Brendel, aunque quizá, realmente, el tocado por aquella adorada chica pianista del grupo de los cinco. Y en esa suite Liszt muestra el desarrollo de su madurez musical a través de sus experiencias y sus viajes, como Tsukuru lo hace con su conciencia, aunque el futuro quede abierto a los sueños del lector. Un novela atrapante, que renueva el placer de leer.
| M.S. |



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