Autos: apertura con Europa, por ahora sólo una utopía

Edición Impresa

• REQUIERE CORREGIR PREVIAMENTE GRANDES ASIMETRÍAS EN MERCOSUR
Ambiciosa propuesta que requiere un paso previo: el libre comercio con Brasil. Un objetivo en el que fracasaron todos los gobiernos en los últimos 25 años.

Mauricio Macri y Michel Temer son dos presidentes optimistas. Eso quedó demostrado tras el encuentro que mantuvieron el domingo pasado en el que coincidieron en buscar un acuerdo de libre comercio con la Unión Europea con el sector automotor como cabeza de playa. El plazo para llegar a ese objetivo, aunque primero se habló de 10 años, es en realidad de 15, aunque podría ser mayor por el tiempo que llevará la reglamentación que deben hacer los Parlamentos respectivos. Por eso, el anuncio rimbombante busca más un impacto político que un hecho palpable. Pero hay otro inconveniente más allá del plazo lejano y tiene que ver con el sentido común. Para que el Mercosur logre avanzar en algo concreto con Europa debe primero mostrar que sus integrantes principales (Argentina y Brasil) lo hacen primero entre sí. Ayer, Ámbito Financiero publicó una entrevista con el CEO regional de General Motors, Carlos Zarlenga, en el que el ejecutivo apeló a un principio elemental: "No podemos tener libre comercio con Europa si no lo tenemos con Brasil". Y en ese punto, todavía falta mucho camino por recorrer.

Según el acuerdo firmado el año pasado entre los dos países, a partir de 2020 debería regir el libre comercio bilateral. Sin embargo, muy poco se hizo desde la rúbrica de ese convenio hasta hoy y, en las automotrices, nadie cree que se pueda implementar en término. Pero esto no es una falla de los gobiernos actuales de cada lado de la frontera ni de la ineptitud del sector privado. Es una constante del país. A comienzos de los 90, cuando Domingo Cavallo contaba con el poder absoluto, se anunció que para 2000 regiría el libre comercio con Brasil en el sector automotor. Durante el Gobierno de la Alianza, también se fijó una fecha para quitar las fronteras comerciales y más acá en el tiempo, Néstor Kirchner y Lula, fantaseaban con la misma idea. Nunca se concretó. Incluso, el año pasado, cuando Argentina y Brasil negociaron el acuerdo vigente, desde el país vecino proponían ¡apertura ya! y los funcionarios de Cambiemos se opusieron. Lo que se acordó fue un régimen administrado de intercambio -conocido como Flex- y una nueva promesa para 2020. El problema no es la falta de palabra de los políticos; son las asimetrías.

Como están dadas las cosas, el libre comercio con Brasil significaría la desaparición de la industria automotriz argentina. ¿Por qué? Por varios motivos. Producir un 0km en el país es 25% más caro que hacerlo en cualquier planta brasileña. Este dato es anterior a la reforma laboral que implementó Temer, lo cual abarató, entre otras cosas, el costo de litigiosidad para las empresas. Brasil tiene un mercado que en el pasado ya superó las 4 millones de unidades y la Argentina festejará este año poder llegar a vender 900.000 vehículos, de los cuáles el 60% son importados del país vecino. A esto se suma que el sector autopartista brasileño es poderosísimo y que el Estado incentiva a las empresas a radicar inversiones mientras que en la Argentina se las castiga, poniendo el mayor peso impositivo -que en total representa 54% del valor de un 0km (en Brasil es poco más de 30%)- en la cadena de producción lo que hace que con cada auto que se exporta cerca del 20% sean impuestos. Está presión tributaria, sumado a otros costos, hacen que los autos en la Argentina estén entre los más caros del mundo, más que en Brasil y más que Europa, con quienes se quiere competir de igual a igual.

Además de estas asimetrías macroeconómicas hay un sinfín de distorsiones que llevarán años alinear. Un auto argentino y uno brasileño pueden ser iguales por fuera pero por dentro llegan a tener más de 200 diferencias. Algunas menores, otras profundas. Eso hace que cuando entra un vehículo en la línea de producción, hay que saber previamente hacia qué mercado va a ir. Las diferencias van desde cuestiones de seguridad hasta tipos de motor o exigencias de emisiones. Las variaciones de una legislación a otra son abismales y los requerimientos aduaneros hasta contradictorios. Pensar que todo esto se solucionará en dos años es un plan ambicioso pero es necesario hacerlo para competir en igualdad de condiciones y, recién después, se podría pensar en la apertura con Europa.

Si no fuera por el régimen de compensación del intercambio comercial que estableció Cavallo en los 90 y que ningún gobierno hasta hoy decidió eliminar, no habría industria automotriz en la Argentina, como hace mucho decidió no tenerla Chile y como acaba de hacer lo mismo Australia. La Argentina podría hacer lo mismo o seguir manteniendo la actual protección. También podría liberar sólo el rubro de autos - y que las leyes de mercado definan si es mejor importar o producir 0km - y proteger el segmento de pick-up en el que se está especializando. Cualquier alternativa demanda una definición política que tiene beneficios y costos. Lo que no se puede hacer es todo a la vez.

Mientras Macri y Temer se abrazan al libre comercio, la Argentina intimará en las próximas semanas a las automotrices locales porque pasaron el tope de importación que establece el Flex. Esto se debe a que por la crisis interna de Brasil, los 0km de ese país llegan en cantidad y a precios muy competitivos. ¿Qué pasaría con un sistema de libre comercio? Mientras Macri y Temer se abrazan al libre comercio, Brasil está haciendo ahora una propuesta más proteccionista, respecto a la apertura con Europa, a la presentada el año pasado porque sabe que en el cambio puede salir perdiendo. Los deseos de Macri y Temer pueden ser ambicioso pero otra cosa es la realidad.

Dejá tu comentario