«Bienvenidos a la mitad del mundo». Efusivo, sonriente y entusiasmado, Rafael Correa recibió ayer a sus jefes de Estado invitados para participar de la cumbre de la UNASUR y de su propia asunción presidencial. Inmediatamente después, vino un mensaje particular para los argentinos. Al hablar y reconocer las dificultades de trabajar en una ciudad ubicada a 2.800 metros sobre el nivel del mar, dijo que la altura es «la excusa que usan los argentinos para perder siempre al fútbol aquí». Con mirada pícara, giró su cabeza, miró a Cristina de Kirchner y aclaró: «Es una broma».
El lugar elegido para la cumbre de la UNASUR fue personalmente escogido por Correa. Se trata del Convento de San Agustín, terminado en 1627 y donde en agosto de 1809 se reunió la junta de gobierno que dio origen a la independencia ecuatoriana, y donde en 1822 se firmó la capitulación realista, luego de la batalla de Pichincha que le dio a Ecuador su emancipación definitiva de España. «Es un lugar simbólico», dijo Correa, aunque reconoció que la Sala de la Capitulación, donde se desarrolló la ceremonia, «es poco funcional». Sucede que los jefes de Estado tuvieron que seguir los discursos de la chilena Michelle Bachelet y de Rafael Correa desde conservadores e incómodos estrados de madera tallada, donde habitualmente se sientan hombres de la Iglesia en misas. Los más incómodos eran Luiz Inácio Lula da Silva, Cristina de Kirchner y Hugo Chávez. El que mayor habilidad mostraba para acomodarse era el paraguayo Fernando Lugo, de pasado como pastor de la Iglesia Católica y muchos años de sentarse en este tipo de sillas.
Quizás para que no haya problemas de horario, ni las incómodas llegadas tarde a las reuniones multilaterales, la delegación argentina eligió para esta oportunidad moverse con otros jefes de Estado. Así, Cristina de Kirchner llegó al Convento de San Agustín acompañada por el bolivariano Hugo Chávez y la chilena Michelle Bachelet.
Varios funcionarios argentinos sufrieron la altura de Quito (donde según Daniel Passarella «la pelota no dobla»), viviendo mareos, fuertes dolores de cabeza y hasta algunos indicios de desmayo. Algunos apelaron a los consejos del ministro de Salud, Jorge Manzur, debutante en este tipo de travesías latinoamericanas en el Tango 01. Sin durarlo, hombre del noroeste al fin, recomendó un clásico «té de coca». Varios siguieron su recomendación, degustando la infusión en el lobby del Swisshotel, donde se alojó la delegación argentina. Cristina tuvo otra opción. A sus colaboradores aconsejó «comer poquito, caminar despacito y dormir solito».
Algunos participantes del gabinete argentino, con acceso a ministros ecuatorianos, mencionaban un hecho reciente, que no tuvo tanta trascendencia, pero que dejó un tono agridulce en el Gobierno argentino. Fue cuando Rafael Correa, que acompañó a Cristina de Kirchner a bordo del Tango 01 de Washington a Managua, en la aventura del retorno fallido del hondureño Manuel Zelaya a su país, describió la nave con humor e ironía por el «lujo» del avión. Las risas de las palabras (dichas a la televisión oficial ecuatoriana en una especie de conferencia de prensa) no habían caído bien en el Gobierno nacional. Igualmente, hubo otro momento más notable en ese discurso de Correa. Fue cuando recordó que el Tango 01 había sido comprado por Carlos Menem, al que describió sin diplomacia ni eufemismos como «payaso».
La Argentina no vive sus mejores horas de relación con la Iglesia. No es el caso del ecuatoriano Rafael Correa. Fue así como la cumbre se pudo organizar en el Convento de San Agustín, residencia de los agustinianos, de gran influencia en este país. Muchos curas de esa congregación circulaban gustosos ayer entre los jefes de Estado.
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