Nueve horas dentro del Colón permitieron al público, en los gastronómicos entreactos, arriesgar hipótesis de figuras políticas representadas en esta Tetralogía compacta.
A las 14, media hora antes de que comenzara la maratónica función, el calor humano era sofocante: esperando entrar a platea muchos alemanes, llegados ex profeso de su país, vestán como si estuvieran en Bayreuth y en invierno. Smoking, muchos de fantasía, moñito de terciopelo, camisas y cuellos tan almidonados que parecían de Downton Abbey. Las mujeres, de largo o calle muy elegante. Muchos de ellos están acostumbrados a ciertos sacrificios: las funciones en Bayreuth comienzan a las 16 durante julio y agosto, el verano europeo, y en ese templo wagneriano no hay ni habrá nunca aire acondicionado.
Con ostensibles «blancos» en el inicio de la extenuante jornada wagneriana, que se extendió por casi nueve horas y comenzó y terminó en los horarios previstos, en la platea destacaba la presencia de ese público de habla alemana, y el teatro fue poblándose poco a poco por espectadores de las bandejas superiores.
El catering estaba incluido en el valor de la entrada cinco estrellas. Champagne, vino, gaseosas light y común, agua, café. Bocaditos a montón en el primer entreacto, empanadas y pinchos más gulash o arroz azafranado con almendras y pollo, amén de fugazettas de lomo o pavo en el segundo. Pequeños dulces variados en el tercero. Todo a voluntad, ya que se podía comer y beber lo que uno quisiera. O pudiera: si bien el catering, servido en el Salón de los Bustos y las confiterías de los distintos niveles, fue abundante, el sistema de autoservicio demostró -como era previsible- que la angurria no distingue clases sociales, ya que mientras los más veloces se fueron con el estómago lleno, en los niveles inferiores (donde proliferaban los vestuarios lujosos) los menos ávidos o pacientes debieron resignarse a rescatar algún bocado, pieza a veces tan codiciada como el anillo. O el muñeco.
Hasta quienes estaban en las localidades superiores tuvieron el tiempo suficiente, también, para entregarse al vicio en vías de extinción: fumar en la calle y regresar a sus asientos. Llamó la atención, pese a la duración de la jornada, que nunca hubiera colas en el toilette de damas.
El público comprendía todas las edades, incluyendo numerosos espectadores muy jóvenes, y la gran mayoría vestida como corresponde a una función especial: muchos hombres no se sacaron jamás ni corbata ni chaqueta. Calor o no calor, Bayreuth o no Bayreuth.
«Y, es un sapo que hay que comerse», comentó una enjoyada mujer en la platea en uno de los intervalos, sin que fuera posible saber si se refería al discurso sobre los derechos humanos de la puesta de Valentina Carrasco o al pequeño monstruo peludo y verde-amarillento que aparece rebotando sobre el escenario en dos oportunidades.
Así, gran parte de las conversaciones de espectadores en pasillos, butacas y confiterías estuvo destinada a conjeturar y debatir el significado de los elementos introducidos por Carrasco y su relación con la historia reciente de la Argentina. «Las Walkyrias eran los gurkas», «No me quedó claro si Fricka era Evita o Isabel» o «Para mí Brunhilda tenía la boina del Che». También se dijo que, probablemente, Alberich hace algo parecido a «Los niños del Brasil»: una especie de fábrica de bebés, cuyas madres son asesinadas (algo que se vislumbrado como juego de sombras detrás de grueso plástico). Un conocido abonado arriesgó otra hipótesis: como esos bebés son «el oro del Rin», la gran riqueza (fuente del bienestar del empresariado, en base al trabajo esclavizante de la masa de empleados) pues ocurre que, para pagar la construcción de Walhalla, Alberich se ve forzado a entregarlos a la clase obrera (los gigantes, en esta versión con piquete y todo). ¿La CGT quizás? El gran final, con la llegada en tropel de esos ahora muchachos a unirse a sus padres (?), la escena parecía de «Indiana Jones y el templo de la perdición». Frases e ideas que, por supuesto no era difícil recoger de la boca de los asistentes.
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