5 de junio 2012 - 00:00

Bacal realiza ahora juegos conceptuales con el tiempo

La imposibilidad de retrasar o adelantar el tiempo, y la obsesión de mensurarlo, son cuestiones sobre las que Bacal reflexiona en «PSR B1718-19», su muestra actual en la galería Alberto Sendrós.
La imposibilidad de retrasar o adelantar el tiempo, y la obsesión de mensurarlo, son cuestiones sobre las que Bacal reflexiona en «PSR B1718-19», su muestra actual en la galería Alberto Sendrós.
La galería Alberto Sendrós presenta en estos días una nueva muestra de Nicolás Bacal. La exhibición lleva el título «PSR B1718-19», nombre tomado de alguna de los millones de estrellas que giran por este universo, y su tema es el tiempo. La imposibilidad de retrasar o adelantar el tiempo, y la obsesión de mensurarlo, son cuestiones sobre las que Bacal reflexiona a través de su obra y sus canciones.

Desde que comenzó su carrera, el artista ha demostrado una natural habilidad para resignificar los objetos comunes de la vida cotidiana y transmutarlos en arte. Es decir, Bacal maneja con destreza ese proceso conceptual que lo lleva a Duchamp a poner un mingitorio, un ready made, un objeto ya hecho, en una sala de arte, o a Warhol a pintar una lata de sopa Campbell y que ese cuadro se considere arte.

El objetivo que desde entonces persiguen los artistas conceptuales es despertar al espectador y mostrarle la infinidad de sentidos, sensaciones, ideas que, pueden inspirar los objetos. Es decir, se aspira a poner en evidencia la complejidad y la diversidad de significados que se asoman en la realidad y en las cosas.

La exposición de Bacal se inicia con un taladro que perfora una pared. Este aparato infernal está graduado para girar sin cesar a una revolución por minuto, así se percibe el inexorable transcurso del tiempo y el efecto que su paso provoca en la vida, en este caso: un hueco en el muro. A la violencia que transmite el rigor de esta obra, se contrapone, al ingresar a la sala, la poética imagen de un reloj que parece estar sostenido, a través de un hilo, por un globo celeste inflado con helio y suspendido en el espacio. Se trata de algo imposible. Pero el peso del reloj, que simboliza el tiempo, se torna agobiante si se compara con la levedad del globo.

Por otra parte, los materiales y objetos que utiliza Bacal son comunes, carecen de la menor pretensión, y como al mingitorio duchampiano, les cuesta ascender de categoría para ganar el estatus de obras de arte. Así, el espectador que se involucra con lo que mira debe encontrar cuáles son las razones para que un taladro, unas cintas de video que tapan una puerta, un globo o un reloj, habiten una galería de arte. Cabe aclarar que gran parte de los objetos fueron elegidos por su simplicidad, ya que por abstractos que sean los temas, remiten siempre a cuestiones comunes de la vida, o a la intimidad y la subjetividad del autor de las obras: un joven de 27 años que desea volar al cosmos para aterrizar en su mundo.

El tema que trabaja el artista desde los comienzos de su carrera, el tiempo, tiene una dimensión filosófica. Y aunque no es el tiempo de los recuerdos ni de las «evocaciones penetrantes» de Proust, es una exploración del tiempo en busca del sentido del ser y del estar aquí, ahora.

En la muestra anterior, Bacal presentó un reloj que traía a la memoria la obra «Amantes perfectos» de Félix González Torres, dos relojes sincronizados a la misma hora que, por el simple efecto del desgaste de las baterías, en algún momento dejarán de marchar al la par. González Torres habla de su amante que va a morir y, plantea de este modo que la sustancia humana es el tiempo, que estamos hechos de tiempo. Bacal no es el primer artista que cita esta obra de González Torres, también lo hicieron Jorge Macchi o David Lamelas, pero él encontró el modo de darle una vuelta de tuerca para hacerla propia. Su reloj no posee agujas que señalen la finitud de las horas, no obstante el tiempo está presente a través de la reiteración: en cada rayita que significa un minuto, Bacal escribió la palabra «vos». La ansiosa y obsesiva repetición se percibe como un angustioso deseo de alterar el ineluctable paso del tiempo.

En la muestra actual, al igual que en las anteriores, por intenso que sea el contenido, predomina un clima juguetón que distiende y desdramatiza el tono de la exhibición.

La sala de exposiciones se oscurece a cada rato, y queda iluminada por rayos de luz intermitentes que relampaguean como la estrella PSR B1718-19, mencionada al inicio de esta nota. En el texto de presentación, Rafael Cippolini aclara que la estrella es una «púlsar» de neutrones, que gira sobre sí misma y «flashea» una vez por segundo.

En perfecta sincronía con los juegos de luz y acentuando el efecto teatral, se escuchan las canciones que completan la exhibición. Bacal es músico, licenciado en Composición con Medios Electroacústicos de la Universidad de Quilmes, y tuvo una banda que se llamó Lile. La música suena amable, pegadiza, cobija al espectador bajo un cielo raso poblado por una instalación de almohadas. Hay allí una pileta de plástico infantil color azul bonaerense, en el agua flota una serie de CDs, DVDs y Laser Discs con imanes que señalan siempre hacia el Norte.

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