22 de marzo 2010 - 00:00

Bailarines notables para danza hermética

«Ouroboro», de Luis Garay, tiene cinco bailarines espléndidos y una coreografía determinada por lo tecnológico.
«Ouroboro», de Luis Garay, tiene cinco bailarines espléndidos y una coreografía determinada por lo tecnológico.
«Ouroboro», de Luis Garay. Mús.: Mauro AP. Ilum.: E. Maggiolo. Creación: todos. (Centro Cultural de la Cooperación). Jueves de marzo.

Ante cada nueva obra del coreógrafo Luis Garay, el observador se enfrenta a un enigma a resolver. Su afán de experimentación en el campo de la danza contemporánea y su necesidad multidisciplinaria lo lleva por caminos siempre inquietos y a veces insondables. Su postura estética es muy despojada como en el caso de «Ouroboro», que ofrece en esta oportunidad y que espise liga al orientalismo.

Cinco bailarines aparecen en escena: Florencia Vecino, Leticia Mazur, Juan González, Nicolás Poggi e Iván Haidar. Sólo uno de ellos inicia una larga danza mientras los otros cuatro observan atentamente desde sus rincones. Cuatro puntos de mirada inmóvil hacia quien expone sus recursos corporales de extremado virtuosismo. Cada músculo de la anatomía humana tiene su momento de expresión. Un movimiento de aliento minimalista trae al bailarín hasta el centro mismo del espacio y describe de esa manera su relación con los otros. La iluminación primero tenue se aviva con el correr del tiempo y comienza a desentrañar otros espacios que se generan entre la movilidad y el estatismo.

La repetición incansable del movimiento (de manos, de pies, de torso, de extremidades) produce casi un efecto tedioso. Más adelante se incorporan al espacio activo los demás bailarines, de a uno y cada uno con su diseño coreográfico propio. «Una vocación donde interrelacionarse indefinidamente cada cosa o cualidad se presenta con el opuesto (naturaleza, opción estética, trazo, signo, alucinación, cálculo, materialismo/espiritualidad) con la paradójica sugerencia de que la entidad que forman en pareja es más real, más verdadera que cada una por separado» justifica Garay el largo devenir donde la música opera como desencadenante del movimiento continuo.

Es difícil desentrañar contenidos tradicionales en esta danza donde lo tecnológico parece ser determinante de cualquier manifestación de lo humano. Misterioso y hermético aparece el mensaje (si lo hay) de Garay y de los otros, desde que el coreógrafo admite que la creación es de todos. Entonces, cada uno de los participantes poseen responsabilidad en sus distintas disciplinas y por supuesto, cada uno expondrá sus propias emociones en medio de una maraña de dedos entrelazados, de caídas e incorporaciones, de tensiones y distensiones y de acción y reposo. Casi como respetando incondicionalmente los principios básicos de la danza contemporánea. Las interpretaciones de los cinco bailarines, espléndidas.

E.G.

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