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Bancos, sin corrida, van hacia la nacionalización
Hemorragia
Sin embargo, la percepción de socavamiento patrimonial se acentuó. En ese derrotero, manda la imposibilidad de contener el rojo de los balances. Y mientras los estados contables acusan márgenes de solidez, y los ratios regulatorios son satisfechos con holgura, las valuaciones de mercado se limaron al extremo. La hemorragia, se piensa, desangrará al paciente muy a pesar de las repetidas transfusiones. Tómese en consideración que rige una promesa oficial creíble de que las grandes instituciones no van a caer (de ahí que los depositantes no pongan los pies en polvorosa, inclusive aquéllos no cubiertos por la letra fría de la garantía estatal). Si se excluye el valor de tamaña franquicia, la conclusión obvia es que se juzga que el negocio bancario per se navega en las aguas escabrosas de la insolvencia.
Cuando Citigroup traspasa el umbral de un dólar por acción, su capitalización se reduce a menos de u$s 5.500 millones. Sólo cuando la firma recibió el primero de los dos aportes del plan TARP, el 14 de octubre, el subsidio implícito era de u$s 9.500 millones. Con pasmosa rapidez el huracán de la crisis se los llevó.
A falta de respiro, y de un mejor postor, es que campea la nacionalización. Las instituciones pueden desangrarse pero, a su vera, mantenerse de pie como zombies. La máxima de la intervención estatal podría resumirse en el bíblico «levántate y anda». A la manera de Lázaro, el sistema se yergue pero, en estas penosas condiciones, no camina ni avanza. Todos los recursos que recibe -y suman una montaña- se consumen en preservar la vertical. Cuando la crisis despuntó, la financiación de la banca compensó, en parte, el cierre brusco de los mercados de capitales. Pero, eso es historia. No sólo su crédito está congelado a un nivel más bajo que octubre 2008, los espasmos violentos de inestabilidad financiera se reciclan sobre la propia actividad real.
Si la economía debe reorientarse y, por ejemplo, corregir más deprisa el desbalance externo, la banca no podrá cubrir siquiera la demanda incremental de capital de trabajo de los sectores proclives a expandirse.a Desde ya, si el ajuste es imperativo, procederá lo mismo, pero a costa de una mayor destrucción del empleo y la producción.
Mojón
En este marco, lanzar el canje de capital preferido por acciones ordinarias de Citigroup instaló un mojón importante. Sepultó la resistencia nominal del Gobierno de los EE.UU. a la estatización de los paquetes accionarios. Pero, el verdadero debate sobre la nacionalización va más allá del problema de imagen.
El swap del Citi hunde el cuchillo y raspa el hueso. Licua a los accionistas ordinarios y, a los preferentes que se acoplan, los rebaja al llano. En definitiva, aumenta el capital tangible que se expone a las inclemencias de la crisis. Y ello, mientras no cese el vendaval, anticipa una muerte anunciada. Que el Estado adquiera el 36% del paquete de control o su totalidad, no altera la sentencia. La denominada nacionalización del Citi no supone que el Estado asume todas sus obligaciones. Y ésta es la diferencia crucial.
Nadie duda que el Tesoro pagará sus bonos a 30 años. Por eso rinden el 3,5% anual. En cambio, la deuda subordinada del Citi, presto a ser nacionalizado cotiza a dos dígitos holgados. El eslabón más vulnerable -instrumentos como los Enhanced Trust PF- rendían más del 27% la semana pasada. Así, la nacionalización del Citi no redujo los riesgos percibidos de default sino que los catapultó, como lo revelan spreads cercanos a 600 puntos base en el mercado de CDS. Y lo que se teme que ocurra en el Citi se proyecta sobre toda la banca. Aquí anida el escozor que exige una respuesta. ¿Cuán extensa será la frazada de la nacionalización? Es la pregunta que tortura a quienes ya se imaginan durmiendo a la intemperie.


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