Bellas Artes, de una cumbre del Barroco a tesoros de Sara Facio

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El Museo Nacional de Bellas Artes no hace más que sumar buenas noticias al ambiente del arte. Ayer llegó desde el Museo del Prado, una obra cumbre del Barroco, la pintura de El Greco, «San Juan Evangelista».

El miércoles pasado se realizó un homenaje a Sara Facio, fundadora, en el año 1995, del departamento de fotografía del MNBA, y donante de varios de los tesoros que hoy posee la institución. La fotografía ingresó al Museo con Facio, y son más de 800 las piezas de su Colección internacional. Ahora, el MNBA acaba de sumar 200 obras de autores argentinos donadas por el Rabobank y elegidas por Facundo de Zuviría. El acto, encabezado por el director del Museo, Guillermo Alonso, quien a fin de año culmina su brillante gestión con una seguidilla de aciertos, se realizó en el marco del despliegue de imágenes que ocupa el Pabellón de Exposiciones Temporarias recién restaurado. Allí, en la extensa exhibición, está el «Tulipán melancólico» de Kertesz, el Borges de Comesaña, el Buenos Aires de Coppola, el Obelisco de Saamer Makarius, la Quiaca de Marcos López y la Mar del Plata de Alberto Goldestein; un inolvidable y conmovedor abrazo de Adriana Lestido, y también una intensa fotos de Facio de los «Funerales del Presidente Perón», fiel retrato del fin de una época.

Entretanto, la intensa remodelación del primer piso del MNBA que se presentará en octubre, avanza. Y esa misma tarde del miércoles, junto al Pabellón, se inauguró un nuevo espacio destinado al arte contemporáneo. Casi como una metáfora, el amplio ventanal que estuvo tapiado durante años, se abrió para descubrir una bellísima vista de la Avenida Figueroa Alcorta. En este lugar, donde cada tres meses se renovarán las muestras de artistas contemporáneos, el Museo conjuga la posibilidad de disfrutar de un momento distendido, de hacer una pausa en unos cómodos sillones para descansar del recorrido. De hecho, se estrenó con las atractivas intervenciones realizadas por Daniel Joglar y Mariano Ferrante, con tres murales de grandes dimensiones.

El curador del proyecto, Santiago Bengolea, ganó experiencia en la Fundación Proa con el montaje de estratégicas intervenciones artísticas en varios espacios vacíos. Allí, sus propuestas vienen acompañando la arquitectura, y también grandes muestras como la de Louise Bourgeois, la de Arte Precolombino o la actual del Pop. Un dato a tomar en cuenta es, que, a pesar de estar subordinadas a la geografía del espacio, algunas obras ganaron protagonismo. Las flores de Gabriel Baggio, con su carácter ornamental decoraban, llamativas, la terraza; mientras un lugar carente de perspectiva, adquiría una presencia inesperada con un mural de Joglar pintado con polvo color azul, un registro volátil y tembloroso de la atmósfera de un día de verano. La obra quedo flotando en la memoria de quienes acertaron a descubrirla. Y esta vez, Bengolea apostó a lo seguro: eligió la abstracción y convocó nuevamente a Joglar y a Ferrante, quien demostró -en Proa, arteBA y en el MAMBA- su habilidad como muralista.

Los luminosos 1.000 metros del Museo resultan propicios para el arte que atrapa todas las miradas. Joglar reparte sus cartones de colores, con la destreza de un mago, como si fueran naipes gigantescos. Su obra, «Catálogo de Colores», reproduce con mayor y menor fidelidad los «Metaesquemas», las combinaciones dinámicas de cuadrados y rectángulos de colores negro, azul y rojo que en 1957 pintó el brasileño Helio Oiticica. Cabe aclarar que la finalidad de los «Metaesquemas» era la liberación del color y su autonomía en el espacio. Pero si bien la obra de Oiticica es el punto de partida de los dos murales que están en el Bellas Artes, Joglar va más allá, juega a evocar los muestrarios de las casas de pintura, desde el título hasta el material, «paspartú» (el cartón usado para enmarcar el arte).

Sin salir del plano, respetando la forma (cuadrada y rectangular) del «Metaesquema» original, Joglar logra que las dimensiones acentúen la trampa óptica y retiniana de Oiticica, consigue que se tuerzan, se estiren y adopten el formato de un rombo ante nuestros ojos, sobre el muro blanco. Los colores malva, la gradación de los grises, un verde ácido y un dulce tono rosado remiten al «catálogo» de la «pinturería». Al igual que el brasileño, nuestro artista construye series geométricas donde el color, el ritmo y la forma, ponen en evidencia los engaños de la percepción. Bengolea observa que la obra de Joglar se remonta a la tradición del Movimiento Concreto, pero lo cierto es que logra dejarla atrás, la aleja de su contundente contemporaneidad.

Escenarios

Pasado el tiempo de exhibición, la obra de Joglar, se descuelga y se guarda; mientras la de Ferrante responde a la modalidad site specific, término que se aplica a las obras hechas «a medida» para un lugar determinado o una arquitectura especial, y para ser emplazadas durante un tiempo determinado. Su vida será efímera. Su provisoria puesta en escena se justifica con el actual nomadismo artístico y, las exigencias de ferias y bienales, sin embargo, hasta las instituciones donde llega el arte que perdura, adoptan el site specific.

En su «Construcción Dinámica N 46 -12», Ferrante parte de una recta central, trazada con pasteles al óleo de diversos colores. Luego comienza a envolver esa recta con líneas que ostentan la sensibilidad del pulso, mientras el dibujo va ganando curvatura. Esa ronda del gesto en torno de un eje central, configura una obra cuyo sentido crece al mismo ritmo que el desplazamiento de la mano. En esas órbitas, los distintos valores cromáticos, la densidad o levedad de la pintura, generan efectos vibratorios.

La supervivencia en el tiempo del dibujo, diseñado sobre una pared cuya superficie volverá a ser blanca, dependerá de la posibilidad de Ferrante de reiterarlo, o de los registros fotográficos que perduren.

Finalmente, en el flamante espacio del MNBA, el color sabiamente usado, reverbera con la luz, provoca esa «especie de éxtasis» que supo advertir Roland Barthes.

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