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Bernanke se inmola con su QE3
¿Salió ayer Bernanke a cruzar con los tapones de punta las críticas vertidas en el seno de la institución que él dirige? ¿Se habrá molestado? Quien haga memoria con el QE2 recordará un rosario de disensos aún más colorido. Y que también se ventiló en la palestra pública. Sin histerias. No, Bernanke se trazó un objetivo más amplio: fijar posición sobre los cinco frentes que identificó como focos de controversia, dentro y fuera de la Fed. Hasta se diría que Plosser le dio el pie para contestar los temas que más le deben interesar y que por fuerza tienen que ir más allá del debate interno. ¿Cuál es la relación entre la política monetaria y las decisiones fiscales del Gobierno y el Congreso? ¿Cómo afecta la política monetaria a los ahorristas e inversores? ¿Ante qué autoridad la Fed responde por sus actos? O sea, la siempre sensible agenda de las relaciones con la opinión pública, que suele erizarse en los tiempos de campaña electoral.
La Fed tiene claro cuál debe ser su juego (en estas circunstancias tan resbaladizas) y cuáles son las reglas que lo enmarcan. La tasa de desempleo actual es la misma que a principios de año: «No hay progresos». Y le compete ocuparse. Ya sea a través de la compra de activos de largo plazo o de la herramienta de la comunicación. Con las tasas cortas en cero, lo que la Fed todavía puede lograr es aplanar las tasas de largo plazo. Y Bernanke se vanagloria del resultado: a fines de 2008 las hipotecas a 30 años rendían por encima del 6%; las últimas lecturas las ubican en torno al 3,50%. Con respecto al celo inflacionario, Bernanke apeló a su foja de servicios: la inflación merodeaba el 2% antes de la crisis, y sigue navegando por allí. Tampoco la Fed está monetizando la deuda pública (y al financiar las compras de bonos con reservas bancarias, no impulsa pari passu la creación de dinero). Para juzgar los riesgos inflacionarios hacia adelante, que es lo que importa dado que la Fed apunta a redoblar su intervención, Bernanke cifra su confianza en un aspecto «clave»: el banco central dispone de las herramientas para endurecer las condiciones monetarias cuando ello resulte apropiado. Se podrá estar de acuerdo o no, pero es evidente que la audacia creciente de la Fed descansa sobre esa convicción.
La agenda «política» también merece desglosarse. Bernanke rechaza el argumento de que una postura monetaria laxa permite sostener una mala política fiscal, ya que reduce los intereses de la deuda y hace más accesible tomar prestado. Al igual que con las quejas de los ahorristas, condenados a percibir una bajísima retribución, Bernanke contraataca señalando que la clave pasa por facilitar la recuperación de la economía real. No es su esfera de competencia la política fiscal, pero, aun así, incursiona: las autoridades tienen que dirigir las finanzas públicas hacia un camino sostenible, pero deben hacerlo abruptamente so pena de descarrilar la recuperación.
Con visión de futuro, ya que las tareas no convencionales de la Fed no desaparecerán pronto, Bernanke enfatizó la «transparencia» de las actividades del banco central y la clara sujeción de todo lo resuelto al escrutinio de la GAO, la rama administrativa del Congreso. Media aquí una sola excepción: las deliberaciones de la política monetaria. Y se sabe del afán de los políticos por revisar esa dispensa concedida por el Congreso en 1970. De más está citar qué postura defiende Bernanke: es una «sabia decisión» sustraer la gestión monetaria de las presiones políticas de corto plazo. Los republicanos -y algún demócrata que otro- piensan diferente. Habrá que esperar a noviembre para ver si las urnas le conceden alas a esa pretensión.


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