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Bordelois: la palabra y la imagen
Original de Alejandra Pizarnik dedicado a la escritora Ivonne Bordelois.
Al referirse a la literatura y su relación con el arte, Bordelois rescató en primer lugar el profuso universo de imágenes de Flaubert, escritor que abominaba las ilustraciones. Luego, explicó la idea de Proust sobre «la imagen como un modelo para la literatura». Así describió las expresiones del escritor sobre un amarillo de Vermeer, su visión del cuadro como narcótico y el valor supremo de la belleza.
El capítulo dedicado a Alejandra Pizarnik, quien estudió arte con el surrealista Batlle Planas, fue el más intenso. Bordelois no ocultó su admiración e incluso, su afecto, y observó que la pintura formaba parte de un juego y también de «un ritual de desbloqueo». En la correspondencia que ambas intercambiaron aparecen los dibujos de Pizarnik, uno de ellos, dedicado. Bordelois habló de su lucidez, y destacó: «Alejandra advertía los límites de la escritura». Así se remitió al poema que dice: «las palabras/ no hacen el amor/ hacen la ausencia/ si digo agua ¿beberé?/ si digo pan ¿comeré?/ en esta noche en este mundo/extraordinario silencio el de esta noche/ lo que pasa con el alma es que no se ve/ lo que pasa con la mente es que no se ve/ lo que pasa con el espíritu es que no se ve/ ¿de dónde viene esta conspiración de invisibilidades?/ninguna palabra es visible».
Para analizar la historia de la secular «querella de las imágenes», Bordelois emprendió un viaje hacia el pasado que acabó por iluminar el presente. La batalla sangrienta e ideológica contra la idolatría de las imágenes, se remonta a la prohibición de representar lo divino. La lucha se inició en Bizancio entre los años 726 y 787, y prosiguió a través de los siglos y culturas diversas. En la actualidad, si se mira esa lucha en retrospectiva, brinda una idea del poder que pueden ejercer las imágenes del arte, más allá de las cuestiones religiosas a las que siempre estuvieron ligadas. Bordelois señaló los 10.000 muertos de la noche de la Masacre de San Bartolomé, las posteriores luchas y la destrucción de auténticas joyas del arte y la arquitectura. Destacó con énfasis el despliegue visual de los ganadores: «Miguel Ángel afirmó el poder la Iglesia con una estética deslumbrante».
Pegando un salto en el tiempo, mostró un inesperado rebrote de esta misma violencia. Exhibió un diario publicado durante la Guerra Civil Española con un sorprendente titular: «El martirio de la cosas». El artículo rinde cuenta de cómo ahorcaban o mutilaban las imágenes religiosas. «En el martirologio de la provincia de Cuenca se narran ejemplos de cómo, en el verano del 36, a las imágenes se las trataba con hachas, las astillaban, les cortaban las cabezas y con ellas jugaban a la pelota, les rompían los brazos y las piernas, o las ataban con cuerdas y las llevaban por las calles; o las fusilaban, tirándoles con escopetas y pistolas».
Si bien es cierto que las imágenes pueden cumplir con una función utilitaria, como en los vitrales de las iglesias que, además de anonadar con su belleza, relataban historias a la gente analfabeta, también preciso reconocer que ninguna imagen es inocente. ¿Cuál es, entonces, el efecto que producen las imágenes del Cristo ensangrentado o la Virgen amamantando al Niño, entre otras expresiones que movilizan los sentimientos?
Desde el presente, la revisión de las viejas querellas entre protestantes y católicos, la eterna pugna entre los enemigos de la representación de lo divino y los partidarios de la evidencia exaltada de la figuración, no hacen otra cosa que avivar interrogantes. ¿Existe una relación ancestral entre la gran lucha teórica entablada en pleno siglo XX por quienes creían en «el arte por el arte o el arte puro», y sus opositores, quienes propiciaban «el arte con contenido»? Teniendo en cuenta que la vida de las palabras y de las imágenes es más dilatada que la del hombre, ¿cómo repercute ese pasado en el arte del presente?
Nuestra contemporaneidad todavía nos prodiga algunos fanáticos que parecieran provenir de ambos bandos: los del arte abstracto o conceptual, contra los que están en la vereda de enfrente, los amantes de la figuración y el exotismo. En el siglo XIX las decapitaciones ya no dejan rastros de sangre, pero en el territorio de la historia del arte, se oyen rodar las cabezas.
A.M.Q.


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