16 de diciembre 2009 - 00:00

Brown adapta su fórmula al público adolescente

Brown adapta su fórmula al público adolescente
Dan Brown, «El símbolo perdido» (Bs.As., Planeta, 2009, 622 págs.)

Robert Langdon, esa especie de profesor Indiana Jones que se dedica a descifrar símbolos esotéricos, y al que luego de «El Código Da Vinci» y «Angeles y demonios» es difícil dejar de ver con la figura de Tom Hanks, es invitado por su protector, el potentado Peter Salomon, a dar una conferencia en Washington sobre simbología masónica.

Salomon es Gran Maestre de la Masonería, donde acaba de ascender al grado más alto su psiquiatra, el doctor Abaddon, en realidad un ser siniestro que se llama Malakh, un «Guerrero Rico» dispuesto a adueñarse del símbolo oculto que le otorgue un poder supremo, un secreto sobre la potencialidad de la mente humana que por siglos ha custodiado la masonería, y que hoy estaría investigando una «ciencia» denominada noética, que explora la conciencia, el alma, el espíritu y su relación con el universo físico. A esa «ciencia» se dedica justamente Katherine Salomón, la hermana del magnate, que esta vez será la Sancho Panza de Langdon.

Cuando llega a dar su conferencia en el Capitolio, Langdon no encuentra a nadie en la sala, pero un griterio lo lleva al encuentro de una mano tirada en el piso y repleta de tatuajes «al estilo de la Mano de los Misterios, uno de los íconos más secretos del mundo antiguo» y que según parece es la mano de Peter Salomon, y ha sido colocada allí por el villano para que Langdon colabore con él en descifrar el oculto secreto masónico. A partir de allí en 12 horas de acción desenfrenada, en 133 capítulos y un epílogo, Dan Brown desplegará su nuevo thriller, que cumplirá con la receta clásica: un enigma a descifrar, una conspiración en marcha, etapas de intriga y violencia creciente, y desenlace final, que en este libro tiene un tono de una cierta puerilidad espiritualista, una tontería mojigata de la peor onda new age.

Dan Brown sostiene que le llevó 7 años escribir «El símbolo perdido», y es posible dado el tramado que tiene. Los capítulos brevísimos de acción trepidante hacen que no se pueda dejar de leer, o mejor que se pueda dejar de leer en cualquier punto y volver luego, como en una serie de televisión. Una vez más es posible hacer un recorrido geográfico, esta vez por Washington, leyendo símbolos que están en edificios y monumentos (ya hay tours para descubrir los símbolos masónicos que se describen en esta novela, y que señala que fueron diseñados por «los padres de la patria» como un mensaje hacia el futuro). Es muy posible, muchos capítulos con sus redundancias lo demostrarían, que Dan Brown contó con un equipo de escribas; de cualquier modo le debió llevar mucho tiempo lograr una forma narrativa tan simple y elemental. Y es posible que se haya planteado que su meta sea el público adolescente, tanto por esa escritura, por esa ausencia de literatura, como por la falta de erotismo, por el que la relaciones sentimentales sean absolutamente púdicas.

Se podría pensar que hay juegos de guiños con sus lectores como cuando a Langdon una azafata le dice: «leí su libro sobre lo sagrado femenino y la Iglesia, ¡lindo escándalo que armó!» (en «El símbolo perdido» no hay por parte de Brown ningún cuestionamiento a la Masonería, todo es respeto y hasta clara admiración). Acaso tambien sea un guiño y no una mera copia el que haya hecho que Malakh, el malo de esta novela, remita con sus tatuajes al malo de «Dragón rojo», Francis Dolarhyde, y al tatuado malo Darth Maul de «La Guerra de las Galaxias». Se podrían detallar sucesiones de datos científicos infundados, efectos vistos hasta el hartazgo en películas de acción y suspenso, pero si se pone en el estante de lectura de evasión, de libro para la playa que al pasar hace conocer cosas cada vuelta de página, otra vez Dan Brown ha alcanzado su meta de profesional del best seller.

M.S.

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