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Buenos actores animan eficaz juego teatral
Soledad Silveyra es la profesora y Jorge Suárez, Andrea Pietra, Boy Olmi y una antológica Victoria Almeida, los alumnos del taller actoral para aficionados de «Espejos circulares».
Los actores se divierten y el público acepta complacido un juego teatral que sin mayores pretensiones pone de manifiesto cuánto de tierno y de patético hay en nuestro modo de vincularnos.
La pieza de la estadounidense Annie Baker (1981) se convirtió hace dos años en un gran éxito del off-Broadway y los críticos elogiaron su novedosa estructura: pocos diálogos, mucha acción física, personajes construidos mediante rápidas instantáneas y, ante todo, la exigencia de que los actores se conduzcan con absoluta naturalidad. En base a esta fórmula, «Espejos circulares» entrelaza diversos conflictos, apenas sugeridos a través de gestos, conversaciones interrumpidas, revelaciones a medias, y ejercicios de actuación; dado que todo transcurre en un taller para actores aficionados de seis semanas de duración.
Susi, la profesora (una veterana «new age», todavía sensual y bastante madraza) inicia su curso para adultos del que participa su marido -más por solidaridad que por entretenimiento-, junto a otros tres integrantes: un carpintero divorciado y muy deseoso de encontrar pareja; una atractiva soltera de treinta y pico que huyó de una relación muy tóxica y una adolescente de 16 que al principio se siente muy frustrada por la aparente tontera de algunos ejercicios. En cambio, el resto de sus compañeros valora ese espacio de intercambio que les permite conocer gente, descargar tensiones y ocupar creativamente su tiempo libre.
Las clases toman un cariz más interesante (y peligroso) cuando Susi (Soledad Silveyra en un rol muy creíblemente humano) incorpora ejercicios que les demandan un mayor compromiso personal. La propuesta de contar anécdotas reales y de poner en circulación secretos anónimos hace que la representación se mezcle con la realidad y las técnicas de actuación con los ejercicios de psicodrama. En su afán de mejorar la propuesta inicial, Susi no percibe que está jugando con fuego. Los sentimientos pronto desbordan el esquema de sus clases y un secreto inoportuno cambiará el rumbo de su vida. El curso dejará huellas en todos, quizás para bien.
Aunque la pieza exige numerosos apagones -ya sea para subrayar el paso del tiempo o para crear un efecto de montaje cinematográfico- lo cierto es que este procedimiento tiende a distraer con su morosidad. Pero aun así la puesta tiene ritmo, también frescura y buenas actuaciones. Mención aparte para Victoria Almeida quien compone a una adolescente de antología.


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