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Buenos tiempos para la vitivinicultura

Esto, por supuesto, sin hablar del vino como centro de la mesa de los argentinos donde, a pesar de la caída que registró su consumo, que ahora ronda los 26 litros por habitante y por año (llegó a cerca de 90 hace décadas), sigue siendo una de las bebidas más importantes, y ubica al país entre los de gran consumo, aunque por debajo de Francia.
La uva de mesa, las pasas pero, por sobre todo, los vinos y mostos constituyen una de las actividades con mayor demanda de mano de obra, y desde los 90, registra inversiones millonarias, tanto de capitales internos como internacionales. Por caso, sólo para desarrollar una hectárea de viñedos el costo asciende a aproximadamente $ 100.000. A pesar de esto, y aunque hay una docena de fincas muy destacadas, de nivel mundial (Chandon, Rutini, Navarro Correas, Salentín, etc.) que producen buena parte de su propia uva, y otras tantas bodegas «boutiques», el gran porcentaje de viñedos no superan las 10 hectáreas (80%), lo que justifica plenamente el gran auge cooperativo de esta producción.
Y basta ver cualquier establecimiento para sacar inmediatamente la cuenta: terrenos nivelados, parrales o espalderas de alambre, miles de metros de malla (más conocida como «media sombra») para proteger del granizo, responsable del 15% de las pérdidas (otro 5% se atribuye a las heladas), canales de riego, permanentes controles sanitarios, y el hecho de tener que esperar 3-4 años para lograr los primeros resultados, entre otros varios ítems, hacen de cada finca una empresa compleja. A partir de allí «recién» comienza la industrialización, o la «agregación de valor» de la uva.
Pero si la demanda doméstica, ahora estabilizada, es menor que la de décadas atrás, no ocurre lo mismo con la exportación que, si bien todavía no supera el 20% de la producción local, viene en franca consolidación a partir del retroceso relativo que están teniendo las producciones más tradicionales, como Europa, que está erradicando viñedos debido a los altos costos de los subsidios, lo que también está posibilitando la emergencia del «nuevo mundo vitivinícola», en el que Sudáfrica y la Argentina son considerados como los «players» más noveles del mercado internacional.
Simultáneamente, también están cambiando los consumidores ya que, mientras cae la demanda en los lugares tradicionales, básicamente en los países productores (Europa, Argentina, etc.), crece fuertemente donde el vino constituye una «novedad», tal el caso de China y otros países asiáticos que, debido a su muy alta densidad demográfica, determinan que el balance final sea favorable para el producto.
Es más, la convergencia que están teniendo ambas curvas (la de producción que cae, con la de consumo mundial que sigue creciendo) hacen prever un nuevo refortalecimiento de los precios internacionales a no muy largo plazo.
Vino triste
Pero no todas son rosas en la vitivinicultura local (aunque éstas se utilicen para detectar, tempranamente, los ataques de hormigas en los viñedos), y los productores y bodegas sufren las generales de la ley con costos crecientes (sólo la mano de obra aumentó un 35% en un año), atraso en el cobro de reintegros y un nivel de dólar que les hace cada vez más difícil exportar.
Y, si bien algunos destacan el valor de la línea de créditos de $ 150 millones, con subsidio de tasa, que el Banco Nación asignó para cooperativas de todo el país, a todas luces el monto no alcanza para paliar mínimamente los desfases.
Tampoco el megaplán vitivinícola, ya puesto en marcha, con integración público-privada, y con apoyo del BID y la Covial, que está permitiendo la integración de 2.000 nuevos productores.
Igual, muchos reclaman por el atraso del dólar «que está haciendo perder mercados estratégicos», mientras otros más políticos reclaman por la eliminación «inmediata» del 5% de retenciones, el cobro urgente de los reintegros atrasados (que son del 5%), y el aumento «inmediato» de éstos al 15%, lo que con exportaciones de alrededor de u$s 1.000 millones, sólo representaría para el Estado una erogación de unos u$s 150 millones, monto relativamente bajo para el impacto económico, y social, de toda la red vitivinícola, y que permitiría no sólo consolidar el plan regional, sino también fortalecer las estructuras internas como para poder aprovechar la nueva onda de demanda internacional que, en el plano doméstico, también espera recuperar espacios con acciones de marketing y publicidad tan exitosas como aquellas entrañables: «Al pan, pan, y al vino Toro», o esa que recordaba que: «Pasan cosas lindas en una familia... Muchas se viven con Crespi».


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