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Burbujas y pompas de jabón en Wall Street
La semana desplegó un patrón rotundo. Los precios de los bonos del Tesoro (y el dólar) estallaron en alza, todo lo demás zozobró. Las noticias fueron buenas. La semana arrancó con el golpe comando que le puso punto final a las andanzas de Bin Laden (el presidente Obama dejó de ser un pato rengo), siguió con el mensaje tácito del BCE de que no jalará el gatillo de las tasas de interés en junio y cerró en los EE.UU. con la novedad del crecimiento mensual más robusto del empleo privado -268 mil nuevos puestos- desde 2006. No obstante, los mercados -que resistieron Libia y Fukushima- se mecieron en un tembladeral. ¿Qué mal extraño los asaltó de repente? El recuento de bajas es elocuente. El Dow Jones cayó el 1,3%; el S&P 500, el 1,7%. El euro se desmoronó, aunque con una excusa a mano: recordó que Grecia existe (por ahora). Las que más sufrieron, las materias primas. El índice CRB se hundió el 9%. Las cotizaciones de metales como el oro, el cobre y el platino declinaron más del 4%; el paladio, casi el 10%, y la plata, la exestrella del momento, el 27%. El petróleo, pese a todas las convulsiones árabes, se precipitó el 15%. Contra lo que parecen decir los precios, el mundo no pasó de la escasez acuciante de recursos a la sobreabundancia. No hubo grandes descubrimientos de yacimientos de materias primas.
Diagnóstico
El mal que atacó a los mercados es sencillo de diagnosticar. La compra masiva de bonos del Tesoro por parte de la Fed -el llamado QE2- se acerca a su fin. Dos semanas atrás, en esta misma columna, se expusieron sus características. Conviene repasar lo escrito a la luz de los acontecimientos recientes. La agonía del QE2 conduce a una pregunta: ¿qué pasará con los bonos del Tesoro cuando la Fed deje de comprarlos? Bill Gross, el principal administrador de renta fija del mundo, ensayó una respuesta sombría. Aquí se esgrimió la tesis opuesta. Gross liquidó sus bonos del Tesoro en febrero, cuando la tasa a diez años orillaba el 3,70%. El ocaso del QE2, sin embargo, los fortaleció. Descollaron como una isla en un mar de desolación. El viernes, la tasa larga, que se mueve en sentido opuesto al precio de los títulos, había descendido al 3,16%. Se refresca la tesis de la columna de marras: «No habrá mayores problemas para los bonos del Tesoro a menos que todo marche muy bien». El interrogante de abandonar el QE2 es otro: ¿quién comprará los activos de riesgo? Se dijo: «Sostener los diversos rallies en curso será la tarea que demande mayor músculo». El ejemplo de la plata, entonces en plena construcción de su hipérbole de precios, vino a cuento: «Quien se maraville hoy de las alturas que trepa podrá rastrear sin ninguna dificultad el impulso que le brindó el QE2 para tomar distancia sideral del oro, su diligente compañero de ruta». Ya se apuntó cómo el metal se derrumbó el 27% aun antes de que la Fed se lleve la escalera. ¿Burbuja? Sí. Es un mercado chico, una pompa de jabón. Pero, ¿cuán generalizado es el problema?
La efervescencia es mucha, de larga data y está ampliamente distribuida. ¿Cuán grave es la exageración? La Bolsa vaya que se benefició del QE2, pero denota una valuación razonable. Es que tiene un corsé: la disciplina regular de los balances. Google deslumbra, pero si sus gastos se desbordan, como en el último trimestral, los inversores la guillotinan. En cambio, ¿cómo valuar el oro? ¿Cómo evitar que una oferta incesante de incertidumbre -en un mundo de tasa cero- infle su precio más y más? ¿Dónde está el límite de lo razonable? Aunque no se sabe, igual se lo demanda como reserva de valor. Debería ser más fácil calibrar la valuación del petróleo, pero, por lo visto, tampoco lo es. Su prima de riesgo es una caja de Pandora.
¿Es el fin del rally de las materias primas? ¿Y de las acciones? No. Es un aviso oportuno (cortesía del susto de los fondos de cobertura). A tiempo para poner los pies sobre la tierra. Pero no es el broche final porque tampoco es el fin del estímulo generoso.


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