9 de mayo 2011 - 00:00

Burbujas y pompas de jabón en Wall Street

El mito dice que los bienes reales protegerán al inversor de los excesos de los bancos centrales y los gobiernos. Como todo mito, tiene una base de verdad. Las políticas de estímulo pueden multiplicar los déficits y la base monetaria, no los panes. No hay límites para la creación de activos financieros, pero no existe política monetaria que, a su sólo arbitrio, consiga reproducir bienes tangibles. ¿Qué cabe esperar en tiempos de crisis profunda cuando las autoridades se internan en estos caminos de frondosa exuberancia? El énfasis por los activos reales no debiera sorprender. Allí abreva el boom de los commodities. Diez años atrás, fueron los mismos temores los que le dieron alas al boom inmobiliario. Sin embargo, después de la crisis, los ladrillos no forman parte del menú que se apetece. Es que, a la postre, si las economías avanzadas arrastran una herencia de exceso, la misma es de ladrillos y no de dinero. No se produjo inflación (el temido exceso de oferta de dinero) sino un derrumbe vertical del mercado inmobiliario. O sea, una oferta en demasía de viviendas y oficinas. Que no la construyeron la Fed, el Banco de Inglaterra o el BCE -recordar que pueden emitir papel pintado, pero no ladrillos-, sino el libre mercado (que es sagaz, mas no infalible). De ahí la paradoja que encierra el mito: la década pasada, el refugio de los bienes reales resultó la verdadera trampa. La lección que se aprendió es la más dudosa: que la responsabilidad de la burbuja la tienen los bancos centrales (más que los propios adultos que contraen la pasión de coleccionar tulipanes). La enseñanza veraz se pasa por alto. Lo que hoy es refugio, no lo es a cualquier precio. Mañana puede devenir una ratonera infame. Lección que no se aprende, es lógico, debe repetirse.

La semana desplegó un patrón rotundo. Los precios de los bonos del Tesoro (y el dólar) estallaron en alza, todo lo demás zozobró. Las noticias fueron buenas. La semana arrancó con el golpe comando que le puso punto final a las andanzas de Bin Laden (el presidente Obama dejó de ser un pato rengo), siguió con el mensaje tácito del BCE de que no jalará el gatillo de las tasas de interés en junio y cerró en los EE.UU. con la novedad del crecimiento mensual más robusto del empleo privado -268 mil nuevos puestos- desde 2006. No obstante, los mercados -que resistieron Libia y Fukushima- se mecieron en un tembladeral. ¿Qué mal extraño los asaltó de repente? El recuento de bajas es elocuente. El Dow Jones cayó el 1,3%; el S&P 500, el 1,7%. El euro se desmoronó, aunque con una excusa a mano: recordó que Grecia existe (por ahora). Las que más sufrieron, las materias primas. El índice CRB se hundió el 9%. Las cotizaciones de metales como el oro, el cobre y el platino declinaron más del 4%; el paladio, casi el 10%, y la plata, la exestrella del momento, el 27%. El petróleo, pese a todas las convulsiones árabes, se precipitó el 15%. Contra lo que parecen decir los precios, el mundo no pasó de la escasez acuciante de recursos a la sobreabundancia. No hubo grandes descubrimientos de yacimientos de materias primas.

Diagnóstico

El mal que atacó a los mercados es sencillo de diagnosticar. La compra masiva de bonos del Tesoro por parte de la Fed -el llamado QE2- se acerca a su fin. Dos semanas atrás, en esta misma columna, se expusieron sus características. Conviene repasar lo escrito a la luz de los acontecimientos recientes. La agonía del QE2 conduce a una pregunta: ¿qué pasará con los bonos del Tesoro cuando la Fed deje de comprarlos? Bill Gross, el principal administrador de renta fija del mundo, ensayó una respuesta sombría. Aquí se esgrimió la tesis opuesta. Gross liquidó sus bonos del Tesoro en febrero, cuando la tasa a diez años orillaba el 3,70%. El ocaso del QE2, sin embargo, los fortaleció. Descollaron como una isla en un mar de desolación. El viernes, la tasa larga, que se mueve en sentido opuesto al precio de los títulos, había descendido al 3,16%. Se refresca la tesis de la columna de marras: «No habrá mayores problemas para los bonos del Tesoro a menos que todo marche muy bien». El interrogante de abandonar el QE2 es otro: ¿quién comprará los activos de riesgo? Se dijo: «Sostener los diversos rallies en curso será la tarea que demande mayor músculo». El ejemplo de la plata, entonces en plena construcción de su hipérbole de precios, vino a cuento: «Quien se maraville hoy de las alturas que trepa podrá rastrear sin ninguna dificultad el impulso que le brindó el QE2 para tomar distancia sideral del oro, su diligente compañero de ruta». Ya se apuntó cómo el metal se derrumbó el 27% aun antes de que la Fed se lleve la escalera. ¿Burbuja? Sí. Es un mercado chico, una pompa de jabón. Pero, ¿cuán generalizado es el problema?

La efervescencia es mucha, de larga data y está ampliamente distribuida. ¿Cuán grave es la exageración? La Bolsa vaya que se benefició del QE2, pero denota una valuación razonable. Es que tiene un corsé: la disciplina regular de los balances. Google deslumbra, pero si sus gastos se desbordan, como en el último trimestral, los inversores la guillotinan. En cambio, ¿cómo valuar el oro? ¿Cómo evitar que una oferta incesante de incertidumbre -en un mundo de tasa cero- infle su precio más y más? ¿Dónde está el límite de lo razonable? Aunque no se sabe, igual se lo demanda como reserva de valor. Debería ser más fácil calibrar la valuación del petróleo, pero, por lo visto, tampoco lo es. Su prima de riesgo es una caja de Pandora.

¿Es el fin del rally de las materias primas? ¿Y de las acciones? No. Es un aviso oportuno (cortesía del susto de los fondos de cobertura). A tiempo para poner los pies sobre la tierra. Pero no es el broche final porque tampoco es el fin del estímulo generoso.

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