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Cabré: “No hay mal en abstracto; hay quien se dedica a hacerlo”
Jaume Cabré: «La literatura nos permite entrar en Auschwitz, revivir la llama del recuerdo de la Shoa, a través de Primo Levy, en los que han reconstruido su testimonio, para convertirlo en una carrera contra el olvido».
Cabré es un destacado filólogo y un autor fundamental de la literatura catalana contemporánea. Durante muchos años unió la escritura con la enseñanza en la Universidad de Lérida y los guiones para cine y televisión. Su obra reúne entre otros libros «La telaraña», «La agonía de los sonidos», «Libro de preludios», «Las voces del Pamano». Ha sido traducido en más de 15 países, convirtiéndose en best seller en Alemania, Italia, Francia y Holanda. En su breve visita a Buenos Aires dialogamos con él.
Periodista: Su novela es, entre otras cosas, un recorrido por la historia de la infamia en Europa, sobre la reiterada presencia del mal.
Jaime Cabré: Entre otras cosas, sí. Yo comienzo una novela con muchas vacilaciones. Y no es que me diga voy a escribir una novela sobre el mal. Comienzo a escribir a partir de un estímulo, una mirada, una frase que he oído por la calle, una imagen. Yo acababa de terminar la novela «Las voces del Pamano», que habla de la posguerra de la Guerra Civil Española, que era cuando el franquismo era más cruel, en un pueblito, y cómo lo ocurrido repercutía en la gente del siglo XXI. Un maestro rural de aquella época es investigado por una maestra actual que ve cosas raras y quiere ver qué pasó. Cuando terminé la novela, le puse como epígrafe la frase de Vladimir Yankelevich, referida a la posibilidad del perdón reflexionando sobre el Holocausto, «Padre no les perdones, que saben lo que hacen».
P.: De ahí a «Yo confieso»...
J.C.: Comencé a hacer anotaciones para un nuevo libro, pero estaba rebotando en mí el eco moral de la novela que había terminado. De pronto escribí: Nicole Emeric que capitaneó la inquisición y nació en Baden-Baden y ascendió con celeridad en la SS y, tras una gloriosa etapa en Auschwitz, fue a solucionar el problema húngaro. De pronto Emeric en una misma frase, en un salto temporal, pasa a ser Rudolf Hess, los personajes se fundían. Escribí ese relato sin saber que estaban las claves de «Yo confieso». Esos dos personajes, a los que los separaban cinco siglos, y tenían en común que uno actuaba en nombre de Dios y Hess en nombre de una nación ideal o como a eso que hacían lo llamaran los nazis. En ellos se veía la falta de empatía cuando lo que rige es una idea. «En nombre de Dios si tengo que matar, mato, porque soy el defensor de Él» y por lo tanto me es imposible empatizar con tu dolor. Te mato, te quemo, te gaseo, porque aquello a lo que pertenezco y respondo así lo dice, y nadie lo niega. Se evidencia que la crueldad de la Inquisición y la de los nazis es de la misma estirpe, aunque no se pueden comparar en cuanto a la dimensión del mal que provocaron. Los nazis fueron el mal absoluto. Porque no hay mal en abstracto. No hay mal sino hay quien se dedica a hacerlo.
P.: Y allí surgieron otras historias.
J.C.: Me dio curiosidad seguir la de una persona que huyendo de una venganza pide refugio en un pequeño monasterio de montaña, del Pirineo, donde yo había estado escribiendo y adonde sólo se llega a pie. Tuve que buscar de qué venganza escapaba. Y así la historia se despliega entre más de doscientos personajes que entregan sus historias o entran a participar de otras historias.
P.: Esas historias son cuentas que van a ser hiladas por Adriá, el personaje central de la novela.
J.C.: Yo había encontrado un tono, esa fusión de los personajes, esos tránsitos temporales, que me podían dar réditos narrativos aunque no supiera cuáles. Los personajes que había encontrado me resultaban lejanos, y por oposición pensé en un alter ego. Alguien que hubiera nacido en el mismo piso que yo en el Eixample, en Barcelona, pero todo lo mío debía ser tres veces más grande. Lo que yo no tuve, él lo tendrá, me dije. Si la mía era una familia bulliciosa, alegre pero sin dinero, la de Adriá, es una familia rica, silenciosa, cruel. Él, que es un superdotado, llega a decir: aunque mis padres lo querían, no me llegaron a estropear del todo; es que mis padres no me aman, me calculan. Se sentirá acompañado por dos figuritas de plomo, el sheriff Carson y Aguila Negra, que le ayudarán a construir su mundo interior.
P.: Además Adriá tendrá un ingreso en un mundo ajeno, el mundo judío, dramáticamente esencial en «Yo confieso».
J.C.: Por una historia de amor. Al enamorarse de Sara Voltés Epstein el mundo judío entra en su vida, y las consecuencias. Los judíos han tenido una gran importancia en Cataluña. Sara es al comienzo sólo una chica, luego le dará su mundo, que incluye el Holocausto. Y eso lleva a una tensión entre esos dos seres vulnerables que son Adriá y Sara, porque el padre de Adriá tuvo una actuación sucia, era tan cultivado como amoral, porque si bien iba por el dinero, arreglaba con el poder sin importarle cuál fuera. La pregunta es si los hijos tienen que vivir con la culpa de lo hecho por el padre. Acaso, vivirá con esa rémora, como ocurre con diversas generaciones de alemanes que descienden de miembros de las SS. Y Adriá acumula haber intervenido, sin saberlo, en el asesinato de su padre. En un momento, recordando lo que sufrió del horror nazi, el catalán padre de Sara le dice a Adriá: «después de lo que he vivido mi única pretensión no es cómo hacer el bien sino no perjudicar a nadie, intentar no hacer el mal». Adriá intentará reflexionar sobre el mal y llega un momento en que dice: con la reflexión no puedo llegar más allá. En el fondo está la pregunta de Thedor Adorno: «¿Se puede hacer poesía después de Auschwitz?». Adorno dice que no, y Adriá contesta: no sólo sí, sino que se tiene que hacer. Si el verdugo muere, las víctimas han muerto, todo queda en manos del historiador, del sociólogo, gente que maneja datos, pero difícilmente manejan vidas, y esas vidas se pueden entregar a través de la literatura. La literatura nos permite entrar en Auschwitz, revivir la llama del recuerdo de la Shoa, a través de Primo Levy, en lo que han reconstruido su testimonio, en los que se han alimentado de los hechos para convertirlo en memoria vigente, en una carrera contra el olvido.
P.: Dado que en «Yo confieso» hay por lo menos tres novelas: una de iniciación, una de ideas, y una de amor, ¿el haber sido guionista de televisión lo ayuda en su trabajo de novelista?
J.C.: Ayuda a hacer oficio. En televisión tenía que entregar en cinco días cien páginas que debían tener una gran coherencia narrativa. A veces tenía que trabajar dirigiendo equipos para dos series, lo que significa saber explicar lo que se quiere contar. La primera, «La granja», estuvo cuatro años en la TV catalana. Y luego «Estación de enlace» que estuvo cinco años en pantalla. Ese trabajo fue muy enriquecedor para mí.
P.: ¿Qué autores siente como sus parientes?
J.C.: Hay tantos, de aquí tendría que decir Borges y Cortázar, que es un caramelo para mí. Y García Márquez. Y Thomas Mann, con quien me han comparado demasiado. Y Merce Rodorera, de la que no dejo de aprender. Y la narrativa rusa, y en general la novela del siglo XIX, donde hay mundos y personajes extraordinarios. Pero la lista siempre me parecerá incompleta.
P.: ¿Por qué cree que es best seller en Alemania?
J.C.: Hace diez días estuve allá presentando «Yo confieso». Según me han dicho les gusta mi manera de escribir, de construir los personajes, de manejar los tiempos de una manera novedosa en cuanto a la ubicuidad. Una historia que entre en temas que hacen reflexionar, historias que lleven a sumergirse para ir descubriendo la trama.
P.: Después de los ocho años que le llevó «Yo confieso», ¿ya esta escribiendo algún otro libro?
J.C.: Estoy hilvanando posibilidades pero he tenido que estar en gira para presentar mis libros, y eso me impide escribir pero no dejo de pensar ni de hacer anotaciones, que como en «Yo confieso» abren la puerta narrativa hacia el paisaje del relato a contar.
Entrevista de Máximo Soto

