27 de diciembre 2010 - 00:00

Calidad y diversidad en el balance artístico de 2010

La muestra de obras de Clorindo Testa que se exhibió en noviembre en la Galería Centoira figura entre lo más destacado de 2010, así como las de Tomasello, Dompé, Fazzolari y Marta Minujín, entre otros.
La muestra de obras de Clorindo Testa que se exhibió en noviembre en la Galería Centoira figura entre lo más destacado de 2010, así como las de Tomasello, Dompé, Fazzolari y Marta Minujín, entre otros.
El balance de 2010 deja un resultado muy positivo respecto de la cantidad y la diversidad de muestras presentadas en distintos museos y galerías. Desde ya, que resulta complicado poder hablar de todas, pero intentaremos resumir lo más destacado de las que comentamos en esta columna a lo largo del año.

A mediados de Mayo en Rosario en el Museo de Bellas Artes Juan B. Castanigno se presentaba «Luis Tomasello, artista de la Luz» una mega-muestra que contó con la curaduría de Joaquín Almeida y María de las Mercedes Reitano. Tomasello nació en La Plata en 1915 y residió en París desde fines de la década del 50. Se ha convertido en una de las figuras más reconocidas del arte cinético, al que explica como una «progresión desde el arte cubista, el abstracto, y luego el geométrico».

El arte cinético y el Op art (arte óptico), en boga entonces, pusieron el énfasis en la luz y en el movimiento, representados en la tela o generados por medios mecánicos en esculturas y objetos.

En junio abordamos al magnífico escultor Hernán Dompé que captó nuestra atención al exponer en la Recoleta. Un artista con una sensibilidad espiritual que siempre venera el «Ser Humano», porque en sus propias palabras: «La dirección de mi trabajo es el resultado de mis pasiones, de mis conflictos con el mundo y con la Naturaleza que me rodea, en cualquier lugar donde me encuentre. Pero es, más que nada, el lógico escalonamiento de mis vivencias».

Dompé presentó dos exposiciones en salas del Centro Cultural Recoleta; «El instante y «La última mirada», esta última, un conjunto de siete relieves, que evocan a María Mora, su hija fallecida en 1999. Sus obras recobran, desde una perspectiva contemporánea y propia, la aptitud religiosa y social del totemismo. Hay en ellas una resonancia de sacralidad y una disposición de tono moral: él mismo indicó que sus totems encierran una propuesta terrena, tan sostenida en nuestro tiempo: la de impedir y detener la destrucción del medio.

En sus esculturas se destacan la consumada ejecución, tan precisa y, a la vez, tan imaginativa. La madera, el hierro y el bronce, a los que ha circunscrito la mayoría de sus obras, y antaño el mármol y el granito, ceden por entero en las manos del artista, sin situaciones forzadas ni desarmonías. En sus altos totems el artista sintetiza la medida más terminante de su creatividad, aunque no es exagerado suponer que las armas, los utensilios de labranza y aun las naves constituyen, más allá de sus apariencias formales, otras tantas entidades totémicas.

Otro personaje no tan mediático de nuestra sociedad artística es Fernando Fazzolari, de cuya muestra en Cura Malal nos ocupamos a principios de noviembre. Fazzolari viene instituyendo desde hace varios años un culto a la exhibición de su obra desde los márgenes del sistema del arte. Su muestra se llamó, precisamente, «Otro desafío desde el margen». Se trata de un artista multidisciplinario que investigó y habló mucho del entorno. Siempre fue muy consecuente con su discurso acudiendo al salvataje de lo artístico como elemento movilizador y de reflexión de los tiempos que vivimos. Siempre tuvo y tiene una postura crítica, hablando desde la metáfora, como un buen economista, mezcla las ciencias frías con su propia sensibilidad artística, produciendo un cóctel muy interesante y movilizador distinto de lo que acostumbramos a ver. Así, lo demuestró con una exposición «poco habitual» en Cura Malal, fuera del circuito del establishment artístico.

Hace pocos días, nos remitimos a Marta Minujin y su «Academia del Fracaso» de 1975, así acomo a la retrospectiva que se inauguró en el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (MALBA), curada por Victoria Noorthorn. «El objetivo principal de esta exposición es acercar al público la complejidad, coherencia y densidad crítica de una obra que conocemos poco y enfatizar la pertinencia contemporánea «, sostuvo la curadora Noorthon.

Marta Minujin es una artista pionera que no cesa de aportar su testimonio sobre la contingencia comunitaria y plural del arte, como inseparable de la vida. Si recordamos sus happenings, sus ambientaciones, sus monumentos efímeros de mitos populares, veremos cómo la clave de su obra ha sido lo efímero, lo transitorio: en suma, lo vital. La vasta obra de Minujín, quien irrumpe como un meteoro en el escenario del arte argentino, sólo puede ser abarcada y entendida como la de una apasionada contemporánea.

Para finalizar, no podemos soslayar la muestra de Clorindo Testa que se exhibió en noviembre en la Galería Centoria, por ser dos refentes importantísimos de los movimientos culturales de Buenos Aires. Testa por ser un famoso maestro multidisciplinario, que deja su impronta artística y de grandes valores conceptuales en cada cosa que emprende. Por otro lado, Osvaldo Centoria un galerista con mucho prestigio que ayuda al surgimiento de galerías más jóvenes ya que, es miembro co-fundador de la importante feria Internacional de Arte Expotrastienda.

«Es muy agradable, cada tanto juntar algunos cuadros, colgarlos en una agradable galería y poderlos ver todos juntos por un rato. El rato no dura mucho, quince, veinte, a lo mejor, treinta o sesenta días. Pasan enseguida», reflexiona Testa, el más reconocido artista-arquitecto argentino aquí y en el exterior. Fue invitado varias veces a las Bienales de Venecia y San Pablo y al Museo de Arte Moderno de Nueva York, y entre otras muchas distinciones, recibió recientemente el título de Doctor Honoris Causa por la Universidad La Sapienza de Roma;

Su arquitectura es exclusiva, difícil de encasillar, a pesar de la diversidad de recursos que utiliza para materializarla Considera que la ciudad es esencialmente un espacio ético y no una simple acumulación de obras y elementos urbanos.

El gran «Clorindo», es un ejemplo de vida para todas las generaciones venideras que nos invita a reflexionar en cada cosa que encara, qué tipo de sociedad y organización queremos, con una humildad y un poder creativo que muy pocos han podido alcanzar.

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