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Campanita perdió el nombre español y la magia
La humanizada Tinker Bell, más cerca del clásico estereotipo de la rubia tonta que de la geniecilla mágica de Peter Pan.
No se lo ocurra proponerle a sus hijas más pequeñas llevarlas a ver «Campanita». O no lo entenderán, o si lo hacen lo corregirán con sorna: «¡Es Tinker Bell!». Desde que ganó estrellato propio hace dos años, continuar llamando Campanita a la colérica geniecilla de Peter Pan es ya tan anacrónico como decirle Dippy o Tribilín a Goofy, o como dentro de un tiempo lo será insistir con la antigüedad de Pepe Grillo cuando todos los chicos hablen de Jiminy Cricket, o con Tío Patilludo, o Tío Rico cuando se trate de Scrooge McDuck, el pato capitalista de buen corazón.
Sin embargo, en «Tinker Bell y el tesoro perdido», segundo largometraje que la Disney del siglo XXI le consagra al personaje que se ha liberado de Peter Pan, Campanita ha perdido más cosas que el nombre en español. En su impecable diseño digital, en sus bruñidos relieves pero, sobre todo, en su concepto de relato, lo que perdió fue la magia, toda la magia. La que practica ahora es magia puramente figurativa, de base racional, como si fuera un personaje asexuado de «Sex and the City» capaz de volar.
El mundo de las hadas está estratificado y regido por leyes humanas, es decir, es el mismo que podría tomar como objeto una telecomedia americana: dentro de él, Tinker Bell queda al borde del estereotipo de la clásica rubia tonta; es torpe (aunque no torpe como Goofy sino como Britney Spears), se enoja con su secreto enamorado Terence, quien insiste con ayudarla en su tarea de crear el cetro de otoño para la reina Clarion, tal como se enojaba Lisa Kudrow en «Friends» con cualquier galán pesado.
Tan humanizada está la fantasía que ahora hasta el mágico polvillo dorado que Campanita dejaba a su paso, como aureola aérea, se ha transformado en combustible para la industria feérica, sin el cual las hadas no pueden volar. Así, el polvillo ya no es más un halo fantástico del cual ningún chico buscaba antes explicación alguna, sino un hidrocarburo que requiere como insumo la frágil piedra azul que Tinker Bell, en su extrema torpeza, hace añicos. Ese es ahora el enigma de la película: saber si la piedra productora de polvillo podrá restaurarse o no.
El viaje en globo que hace al norte de Neverland, en busca de la solución, cita quizá demasiado a «Up!». También allí aparece un indiscreto polizonte con forma de libélula llamado Blaze, y que posiblemente se convierta en presencia permanente en eventuales próximas secuelas. Dato curioso: en los EE.UU., este film se estrena sólo dentro de un mes y medio, algo así como un testeo previo en mercados secundarios.
M.Z.


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