31 de mayo 2011 - 00:00

Cargar nafta, una odisea

El parque automotor crece, pero cada vez hay menos estaciones de servicio. Los empresarios del combustible alegan pérdida de rentabilidad y falta de abastecimiento. Por este motivo, entre 2003 y 2008 desaparecieron alrededor de 3.000 bocas de expendio. Las más perjudicadas son las denominadas «blancas» o independientes, que no tienen contratos con petroleras.

Las filas de autos en las estaciones de servicio son cada vez más largas. El panorama futuro no es alentador.
Las filas de autos en las estaciones de servicio son cada vez más largas. El panorama futuro no es alentador.
Si bien la experiencia cotidiana demuestra que cargar combustible ya se ha convertido en una odisea, un cruce de datos simples advierte que la tendencia y los problemas se irán profundizando: mientras que el parque automotor crece frenético, las estaciones de servicio siguen desapareciendo. Y las que subsisten habilitan al público menos surtidores de los que poseen.

Al saludable aumento de las ventas de vehículos -el año pasado rozaron las 700.000 unidades y para 2011 se prevén más de 800.000- se contrapone el alarmante cierre de entre 2.500 y 3.300 estaciones en los últimos ocho años, dependiendo de las cifras que desenfundan las distintas cámaras de empresarios. Esta vaguedad del guarismo tiene explicación: los números oficiales son propiedad de la Secretaría de Energía de la Nación, organismo que ofrece el registro detallado de las 4.264 expendedoras vigentes, pero no cuenta con comparaciones históricas. O sea: estación que cierra desaparece del listado y de las estadísticas públicas.

El motivo por el cual los empresarios dejan el rubro es un cóctel que incluye precios congelados, desabastecimiento, aumento de los costos laborales y nuevas disposiciones obligatorias en materia medioambiental. En definitiva, una pérdida de rentabilidad que lleva a tapiar la entrada ante la aparición de otros proyectos, que en muchos casos están ligados al sector inmobiliario, por la ubicación estratégica de una buena parte de las bocas de expendio.

Rosario Sica, titular de la Federación de Empresarios de Combustibles de la República Argentina (FECRA), explicó a Ámbito Financiero que «no hay suficiente crudo, capitales, ni seguridad jurídica. La recuperación de la industria y el campo no ha sido acompañada con energía». Y agregó: «Los negocios más pequeños no se pueden sostener. Hay pueblos enteros de 3.000 habitantes sin estaciones de servicio, con el peligro y el absurdo que encierra viajar varios kilómetros en ruta sólo para cargar combustible». Para FECRA, entre 2003 y 2011 se cerraron 3.300 estaciones en todo el país, lo que implicó la pérdida de 55.000 puestos de trabajo.

Por su parte, Luis Navas, vocero y asesor legal de la Asociación de Estaciones de Servicio (AES), sostuvo ante este medio que «de 2003 a hoy han desaparecido 2.500 estaciones de servicio». Las causas para Navas: la falta de entrega de producto y el bajo precio de los combustibles.

Tanto Sica como Navas entienden que el boom inmobiliario no es la principal razón del fenómeno. Ambos coinciden en que los estrechos márgenes de rentabilidad de los empresarios son el motivo predominante, ya que las constructoras que adquieren estaciones de servicio se encuentran con un gasto adicional que no tienen otros terrenos -como los garajes, por ejemplo-: el saneamiento del suelo antes de levantar cimientos.

Cupos y precios

«Si pedimos un camión con 20.000 litros de combustible, nos mandan 5.000. Es un sufrimiento diario que nos lleva a perder clientes», afirmó Rosario Sica. El abastecimiento, en la actualidad, constituye la principal preocupación de los empresarios.

Distintos dueños de estaciones de servicio confirmaron la situación. Aunque vale la pena aclarar que el contexto difiere entre las «blancas» o independientes y las de bandera.

Las primeras no tienen contrato con las petroleras y, entonces, vuelcan sus operaciones a la Destilería Argentina de Petróleo (DAPSA), que viene menguando la distribución.

«En 2006, DAPSA me entregaba 110.000 litros de gasoil por mes; el año pasado lo llevó a 55.000 y en 2011 bajaron a 28.000», narró un empresario de una estación de servicio sin bandera del sur del conurbano, quien estima que para obtener rentabilidad debe superar los 200.000 litros mensuales vendidos de combustible líquido.

El faltante de provisión lo compensa comprando a otros distribuidores que, por supuesto, exigen un precio mayor. «Subsisto gracias a otros negocios, como la comercialización mayorista de lubricantes, ya que a estas condiciones se suman los sueldos de 24 horas los 365 días del año, alto riesgo laboral, canon para la Autoridad de la Cuenca Matanza Riachuelo y un precio que no es competitivo», dijo el mismo empresario.

La realidad le da la razón, dado que las «blancas» se llevan la peor parte. Según la Asociación de Estaciones de Servicio Independientes (AESI), en el período 2003-2011, 1.700 «sin bandera» se vieron obligadas a decir adiós. Por ende, sobre el total de 3.000 cierres que calcula AESI, un 57% fue de independientes, cuando representan un 22% del mercado vigente -segundas en participación por detrás de YPF, que ostenta el 32% del market share.

En las estaciones de bandera, la situación mejora, pero no alcanza. Las petroleras acuerdan aumentos de cupos por el crecimiento de la demanda, pero no siempre cumplen por diferentes causas, tanto ajenas como intrínsecas a las empresas. Además, no son pocas las que reciben el aviso de finalización del contrato y, cumplido el plazo, pasan a engrosar la lista de las independientes.

De todas formas, los autos siguen circulando por las calles, por lo que se desprende que la mayor demanda del expansivo parque automotor encuentra oferentes en algún sitio. Para los consultados, son las estaciones de servicio de las propias petroleras las que surgen como oasis para los tanques vacíos. «A mí no me entregan combustible por mil razones, pero las de la compañía siempre están funcionando», analizó un empresario de «bandera».

De todas formas, aun quienes venden un mayor volumen que antaño no ven reflejado ese mismo ascenso en términos de rentabilidad. «Mientras que los sueldos de mis empleados subieron cinco veces y se agregaron exigencias ecológicas de uso de agua, retiro de aceite, residuos tóxicos, etcétera, los precios se movieron apenas en dos oportunidades», señaló un propietario de la zona oeste del conurbano.

En este sentido, para la consultora Montamar & Asoc., de Daniel Montamat, quien fue secretario de Energía de la Nación (1999-2000) y presidente de YPF (1987-1989), el precio de los combustible en la Argentina -GNC incluido- sufre un desfase del 62%. Es decir, por la misma canasta energética que en la región se paga $ 1, en el país se abona $ 0,38.

Aun así, los empresarios admiten cierto espacio de maniobra, que aumenta cuando no hay competidores alrededor. En Capital Federal, con más estaciones de servicio que en otros puntos geográficos, los precios tienden a permanecer bajos, apegados a los oficiales que informan las petroleras.

Una forma que tienen los empresarios de equiparar la escasa ganancia que dejan los combustibles líquidos es a través del GNC, cuyo expendio tiene otra ventaja: los compradores pagan en efectivo. Luis Navas, que además de asesor legal de AES es socio de la consultora especializada Contegas, aseguró que las estaciones de servicio que venden líquidos y gas obtienen mayores beneficios. Y son las que menos índices de cierre presentan.

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