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Carne de cerdo: un panorama poco alentador

En la Argentina, sin embargo, ni siquiera la recomendación de aumentar la ingesta de carne de cerdo dado su alto «valor afrodisíaco», como señaló la presidente Cristina de Kirchner hace más de un año, logró que hasta ahora despegara una actividad que viene debatiéndose desde hace años.
Se come poco (alrededor de 8 kilos/habitante/año contra los 68 kilos de Hong Kong, los más de 37 de China, o los muy llamativos 33 kilos/habitante/año de Suiza).
Se produce menos, ya que el país ni figura en las estadísticas mundiales que lidera China con casi la mitad de la producción total (alrededor de 50 millones de toneladas por año), seguida por la Unión Europea, EE.UU., y luego Brasil (ver cuadro 1) que ya produce lo mismo que España. Y, por supuesto, la Argentina exporta muy poco y, lo que es peor, importa casi 7 veces el volumen que vende al exterior (unas 5.000 toneladas versus más de 36.000).
Ventajas de la Argentina
Pero lo realmente llamativo es que todo esto sucede a pesar de las ventajas comparativas que tiene la Argentina (agua dulce, clima, etc.) y las ayudas extraordinarias que la actividad recibió en los últimos ciclos, especialmente, por la vía impositiva. De hecho, el país es prácticamente el único que «importa» carne de cerdo, a pesar de ser fuerte productor y exportador de maíz, considerado el insumo central para obtener esta carne que es la que más se come en el mundo, seguida por el pollo y luego, recién, la vacuna.
Más aún, al aplicarse «retenciones» a los granos (el maíz tiene el 23%), la porcinocultura cuenta con esa ventaja adicional por sobre el resto de los países productores, ninguno de los cuales cuenta con tal beneficio, y muchos de ellos ni siquiera tienen maíz, que lo deben importar. El caso más cercano es Chile. El país trasandino, sin embargo, es ya el 6º exportador de carne de cerdo (Cuadro 2) y el 5º proveedor del producto nada menos que a Japón, bien conocido por su nivel de exigencia.
Brasil, a su vez, logró ser el oferente mundial más competitivo y, recientemente, fue aprobado para ingresar a China con carne de cerdo. El gigante sudamericano prevé para el 2015 colocar, solo en ese mercado asiático, más de 200.000 toneladas.
Claro, el vecino mayor del Mercosur faena actualmente más de 30 millones de cabezas anuales, y en Argentina arañando se superan los 3 millones.
México, por su parte, consume más de 22 millones de cabezas por año.
Tan grandes diferencias se deben a razones variadas pero, mientras localmente varios (incluidos algunos informes oficiales), intentan justificar la falta de crecimiento en las importaciones de carne de cerdo que cíclicamente vienen en gran parte de Brasil (aunque, sorprendentemente, también de Chile, que es importador de maíz), otros analistas consideran que la inestabilidad económica, la falta de programas estructurales para el desarrollo de la actividad, la escasa escala de la mayoría de los establecimientos productores (inferior, incluso, a la de China donde el grueso de la oferta proviene de minigranjas al punto que el 50% de los animales vendidos proviene de establecimientos de menos de 10 vientres), la falta de integración vertical, y la comparativa baja eficiencia productiva, constituyen los principales factores para que la Argentina, a pesar de contar con clima, suelo y agua dulce en cantidad, y de ser uno de los importantes productores mundiales de maíz, no alcance siquiera la suficiente competitividad como para lograr, aunque sea, niveles de autoabastecimiento.
En el esquema, otro punto a considerar es también la falta de cultura local para ingerir cerdo (apenas 8 kilos per cápita por año), que no va mucho más allá del lechón, algún carré y el clásico «matambrito», mientras que en otros países hay tantos cortes y formas, casi como los de la carne vacuna, lo que habla a las claras del muy escaso desarrollo logrado por las formas de presentación de la oferta, salvo media docena de excepciones que encararon proyectos integrados de varios miles de madres cada uno, y con los que llegan directamente a la góndola.
Aún así, ni siquiera los altos valores alcanzados por la carne vacuna, que siempre significó un «techo» para las posibilidades de las otras carnes, pudieron ser aprovechados hasta ahora por los cerdos.
Lo concreto es que, aún con acuerdos de precios, con compensaciones, con retenciones en el maíz y en la soja que teóricamente «abaratan» la alimentación, o con valores de la energía aún atrasados, igual la producción de carne porcina volvió a caer en los primeros meses de este año, a pesar de la muy fuerte suba en los precios de referencia del capón (más del 60% respecto de los primeros meses del año pasado), mientras subían las importaciones, lo que fue fuertemente reclamado por los productores locales. Estos ahora decidieron un compás de espera de 15 días antes de decidir una eventual «medida de fuerza» que, de todos modos no va a servir de mucho si no se adoptan soluciones estructurales y verdaderos programas de desarrollo que, hasta ahora y a pesar de las ayudas y protecciones no alcanzaron para provocar el despegue de la actividad.


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