17 de noviembre 2010 - 00:00

China, Europa y EE.UU., en una pulseada sin fin

Si la voluntad de la Fed -en subterránea combinación con el Gobierno de los EE.UU.- era arrojar al dólar desde lo alto de un acantilado, y así destrozar su valor para obtener una sustancial ventaja competitiva, no será tarea sencilla. El mundo hizo causa común en contra de esa pretensión. Y si el estímulo de la Fed logró debilitar al dólar sin esfuerzo, ahora irrumpe un reflujo de la corriente, igualmente poderoso. Es un contraestímulo que proviene de múltiples frentes. Europa, China y en los EE.UU., el propio partido republicano que humilló al presidente Obama en las urnas, encabezan, voluntariamente o no, una revuelta efectiva. El relax monetario de la Fed empujó la caída del dólar hasta traspasar una paridad de 1,42 frente al euro, el contraestímulo lo devolvió a 1,35. Si el mundo libra una guerra cambiaria, como rezan los titulares de las noticias, la única devaluación competitiva fue la del dólar. Y, en ese caso, vale consignar que la avanzada del general Bernanke tropezó ya con el símil cambiario de la fulminante contraofensiva de las Ardenas.

¿Qué corresponde hacer? ¿Festejar? No sobra el ánimo. Dotar al dólar de nuevos bríos no es cosa de soplar y hacer botellas. Se trata más bien de romperlas. O, al menos, de amagar con hacerlo. Europa contribuyó, porque tiene toda una estantería llena de cristales quebradizos. Y por mucho que critique a la Fed y a su estrategia de relajamiento cuantitativo -el vituperado QE2-, fue por obra y gracia de su presencia que la deuda irlandesa no se hizo añicos cuando debía, cuando los líderes de los 27 -bajo el influjo franco-alemán- pusieron sobre la mesa la voluntad de instrumentar un mecanismo europeo de reestructuración de deudas soberanas. Que el régimen no sea de aplicación inmediata, que sólo rija para deudas contraídas a partir de 2013 poco importa. La situación actual no logra exhibir un horizonte de mejoría. ¿Cuál es el mensaje? ¿Qué se financiará la agonía? El propio presidente del Banco Central Europeo (BCE), Jean-Claude Trichet, señaló, alarmado: «No todo el mundo es consciente de la gravedad de la situación». Dos semanas más tarde, es difícil ignorarla. Irlanda se bambolea. Portugal cruza los dedos para que acepte la ayuda que la Unión Europea le ofrece. Grecia se despega. Dicen allí: «No somos Irlanda, no tenemos un sistema financiero desbocado». Pero no suelta el respirador artificial que le conectaron la Unión Europea y el Fondo Monetario Internacional. Pese a que ya blanqueó que no podrá cumplir con las metas del programa fiscal para este año. ¿Qué tan dañino era, en ese marco, el estímulo provisto por la Fed? Si presionó a la suba del euro, ¿no era un motivo adicional para imitarlo? Está claro: Europa tiene otras preferencias. Pugna por menos estímulo y más austeridad. Pero, ¿qué hace con los que trastabillan? ¿No los subirá acaso a la ambulancia de los paquetes de rescate? ¿Qué será, a la postre, más oneroso? ¿No es mejor prevenir que curar? Y hay una epidemia de endeudamiento. Nadie puede pensar que su inmunidad sea completa.

Inflación

China es otra historia. No precisa estímulo. Pero, a diferencia del euro, por propia decisión, su moneda no flota y lo importa a pleno. La política monetaria de la Fed puede ser correcta para los EE.UU., pero es, sin duda, excesiva para la fogosidad china. No hay inflación en los EE.UU.; en China, sí. Y se acelera: ya traspasó el umbral aceptable del 3% anual y en la última medición alcanzó el 4,4% (si uno cree en las estadísticas oficiales). Lo que Europa acepta a regañadientes China lo rechaza a pesar de que le resultaría aconsejable: que se aprecie el tipo de cambio nominal. Aun así, China debe moderar su marcha. O pisa el pedal del freno o rebaja un cambio. China critica cómo EE.UU. maneja el dólar, pero no deja que se revalúe el yuan renminbí. Escogió subir las tasas de interés. O sea, no quiere recargar el ajuste sobre el sector exportador (sino sobre la inversión). En el corto plazo, para los precios de las materias primas, no es lo mismo. El camino elegido es el más pedregoso. De ahí el duro impacto adverso sobre sus cotizaciones. Y ello derrama sobre los activos de las economías emergentes. China les pone paños fríos.

¿Cómo se definirá la pulseada? Será muy difícil contrarrestar, en el corto plazo, el impulso que imprima la Fed. Por supuesto, bastaría con que Europa pierda el control de la situación -como ocurrió en mayo pasado- para tirar todo por la borda. Tampoco parece probable, dada la presteza con la que se le ofreció asistencia a Irlanda (en nítido contraste con el desamparo de Grecia a comienzos de año). China, por su parte, puede provocar escozor, pero su tradicional prudencia es una póliza de seguro infinitamente más confiable.

Dejá tu comentario