31 de diciembre 2014 - 00:00

Cierra el “año Troilo”, el homenaje más merecido

Este año hubo innumerables conciertos en homenaje a “Pichuco”, discos y espectáculos basados en sus composiciones, e incluso una película muy recomendable en su memoria.
Este año hubo innumerables conciertos en homenaje a “Pichuco”, discos y espectáculos basados en sus composiciones, e incluso una película muy recomendable en su memoria.
 Se termina lo que el mundo del tango bautizó como "el año Troilo". Es que el pasado 11 de julio, el gran Pichuco, el "bandoneón mayor de Buenos Aires", hubiera cumplido 100 años. El próximo 18 de mayo se cumplirán 40 años de su muerte y los tangueros, los periodistas, los difusores radiales y hasta los gestores culturales públicos y privados, amantes de las efemérides, volverán sobre la fecha redonda para rendirle tributo. Como seguramente, en 2015 se recordará el 80º aniversario del accidente que causó la muerte de Carlos Gardel. Como probablemente haya otros recordatorios en el ámbito de la música del Río de la Plata. Pero nos atrevemos a anticipar que no será lo mismo.

Algo pasó este año con Troilo; algo que excedió la de otras conmemoraciones equivalentes. Hubo montones de conciertos en su homenaje, colegas de distintas generaciones tocando bandoneones en cantidad o utilizando alguno de sus instrumentos, discos y espectáculos pensados desde sus composiciones, e incluso una película muy recomendable en su memoria.

Pichuco fue único y es un indiscutible. No fue el más virtuoso de los bandoneonistas; Pedro Maffia, Pedro Láurenz o el mismo Ástor Piazzolla, entre otros, pueden ser considerados mucho más habilidosos con el instrumento. No cantó y su voz sólo se escuchó en los reportajes o en aquel ya legendario poema en el que nos recuerda "siempre estoy volviendo". Troilo no puso la voz a los tangos, pero se supo relacionar con poetas de los mejores y elegir y hacer desarrollar como nadie a los mejores cantantes. Y no por casualidad figuras como Francisco Fiorentino, Roberto Goyeneche, Roberto Rufino, Floreal Ruiz o Edmundo Rivero, por citar a algunos, pasaron por sus manos de escultor y fueron luego brillantes solistas. Fue un melodista enorme y, como tal, responsable de joyas como "María", "Romance de barrio", "Sur", "Che bandoneón", "Barrio de tango", "Desencuentro", "La última curda", "Garúa", "Pa' que bailen los muchachos", "Toda mi vida", "Responso" y tantos otros igualmente geniales. Pero también allí tuvo competencia en otros creadores tan importantes como él: Juan Carlos Cobián, Virgilio Expósito, Mariano Mores, los hermanos De Caro, Horacio Salgán, Gardel, Piazzolla, Francisco Canaro, Osvaldo Fresedo, etcétera.

No fue Troilo precisamente un renovador. A la hora de armar la primera gran orquesta típica y entender hacia dónde iba la "modernidad" tanguera a mediados de la década del 30, el muchas veces defenestrado Juan D'Arienzo le llevó la delantera. Después, fue conservador para sus arreglos un arte y una técnica que, por otra parte, no manejaba, al punto de que siempre se valió de otros músicos para hacerlos-; y contemporáneos suyos como los ya citados Salgán, Pugliese, Piazzolla y aun Julio y Francisco De Caro años antes, fueron mucho más atrevidos a la hora de arriesgarse hacia la vanguardia.

¿Qué pasó entonces con Pichuco? volvemos a preguntarnos ¿Qué sigue pasando con él como para que casi unánimemente lo reconozcan como el mayor referente, como para que nadie pusiera objeciones cuando hace una década fuera promulgada una ley que agendó la fecha de su nacimiento, el 18 de julio, como el día del bandoneón?

La respuesta es que Aníbal Troilo es la síntesis; allí, creemos, estuvo y sigue estando su mayor mérito. Fue un porteñazo que nunca se fue ("pero qué me voy a ir, si siempre estoy volviendo", su única y gran incursión en la poesía) y que se movió como pez en el agua entre su Palermo natal y el centro de la ciudad. Fue un gran instrumentista que resumió a todos, inclusive a los que vinieron después: Piazzolla, gran buscador de novedades, no pudo ni quiso jamás ocultar su "bandoneonismo" troileano, y Leopoldo Federico (fallecido el domingo) y Raúl Garello son sus "hijos" artísticos más ilustres en una saga en la que ya hay varios "nietos". Supo concebir el tango orquestal, pensar esas orquestaciones con la famosa goma de borrar que se ocupaba de quitar notas a las que habían puesto sus arregladores. Amó a la voz cantada y a los cantores. Supo asociarse a los mejores poetas que además disfrutaban de trabajar con él; "todos soñábamos con escribir una letra para Pichuco", dijo hace muy poco el también recientemente fallecido Horacio Ferrer en el film tributo que mencionábamos. Su virtuosismo con el fueye quedó inmortalizado en las grabaciones, en su manejo de la fila y en algún solo inoxidable como el de "Quejas de bandoneón" del que ningún colega suyo puede escapar si quiere aprobar la materia "Tango I". Pero sus habilidades con el bandoneón, o con la orquesta, o con la composición, o con el canto y la poesía si se nos permite la metáfora- estuvo en su capacidad de llegar a lo más profundo de las multitudes, de entender la comunicación masiva, de mantenerse en esa delgada línea que permitió, y permite, satisfacer por igual a los amantes del baile, de la canción tanguera o del espectáculo de concierto. En definitiva, otra vez, Pichuco tuvo la genialidad de ser la síntesis.

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