Mañana, pasado el mediodía, tendrán lugar en Montparnasse los funerales de Agnès Varda. Parece mentira que al fin se haya quedado quieta esa viejita de 90 años que, justo el día de su muerte (la madrugada del viernes), iba a inaugurar una nueva exposición de sus obras, y en poco más estrenaría su nueva película, ya presentada en febrero en la Berlinale, “Varda por Agnès” (nuevo autorretrato, luego de “Cinevardafotos”, “Las playas de Agnès” y “Agnès de aquí, de allá Varda”).
Bajita, de mirada vivaz entre tierna y sobradora y, desde joven, con un peinado que de lejos parecía una gorra, a veces de dos colores cuando no se teñía las raíces, Varda fue siempre movediza y llena de inventiva. Tuvo una “mente curiosa, creativa, infantil hasta el último momento”, como la definió acertadamente Madonna este fin de semana.
Nacida en Ixelles, lindo barrio de Bruselas, tenía 11 años cuando la invasión nazi empujó a sus padres (ella francesa, él griego) a refugiarse en el pueblo materno junto al Mediterráneo. Luego estudió Artes en el Louvre, se convirtió en fotógrafa oficial del Teatro Nacional Popular de Jean Vilar, cambió legalmente su nombre (había nacido Arlette), se casó con un teatrista, fue madre, y en 1955, cuando no había ni una mujer directora en Francia, hizo “Le pointe courte”, con Philippe Noiret y Silvia Monfort como una pareja en mediana crisis.
Este film anticipó en cuatro años a la Nouvelle Vague, movimiento que la tuvo entre sus pilares, y donde encontró a su segundo marido, Jacques Demy (“Los paraguas de Cherburgo”), a quien ayudó y amó devotamente, lo que no le impedía ser una decidida feminista. A él, muerto en 1990, le dedicó tres hermosas obras: “Jacquot de Nantes” (recreación de su infancia), “Las señoritas tienen 25 años” (aniversario de “Las señoritas de Rochefort”) y “El universo de Jacques Demy”.
La consagración mundial de Varda llegó en 1962 con su segundo film, “Cleo de 5 a 7”. La polémica, con “La felicidad”, 1965, sobre un adulterio de extraña resolución. Entre medio y después hizo multitud de cortos y variados largos, como “Las criaturas”, “Daguerrotipos” (los comerciantes de la calle Daguerre, donde vivía), “Una canta, otra no”, la seca “Sin techo ni ley”, “Kung fu master”, “Jane B. por Agnès V.”, con Janes Birkin, “Las 101 noches de Simon Cinema”, graciosa historia del cine, “Las espigadoras y la espigadora” y su continuación, “Dos años después”.
A los 70 años empezó a hacer instalaciones, afirmando su costado de artista plástica, y se pasó al digital. Con una camarita entró al nuevo siglo. “No dejó de moverse y de reinventarse”, dice la nota de despedida de la Cinemateca Francesa. En 2017, culminando una serie mundial de homenajes, recibió el Oscar a la Trayectoria. Los de la Academia pensarían que ya estaba retirada. Pero ese mismo año hizo “Visages/Villages”, deliciosa road-movie por diversos rincones de Francia, llena de generosidad, bonhomía y amor a la vida. Y así siguió hasta la semana pasada. “Mis obras no me hacen millonaria, pero igual soy feliz”, comentaba sonriente. La despiden sus hijos Rosalie, vestuarista y productora, y Mathieu, actor y ocasional director, y multitud de amigos y admiradores.
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