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Cómo fermentó el fanatismo del hijo del banquero de Alá
A pesar de su riqueza, el banquero era un desconocido fuera del mundo de los negocios de Nigeria. Eso resulta extraño porque lo común es que los supermillonarios africanos hagan ostentación de su influencia y poder.
Su residencia habitual en Kaduna, la capital de la antigua Nigeria del Norte, se encuentra en una zona reservada y privilegiada de la ciudad. El número 15 de la calle Ahman Pategi, donde vive, es un complejo horizontal con dos edificios de escasa altura y paredes de color beige y blanco.
Es habitual que las residencias de los acaudalados se llenen de visitantes de todas las clases sociales especialmente en esta época del año. Pero al rico banquero de 70 años, que se acaba de jubilar como presidente del mayor banco de Nigeria (el First Bank, con 115 años de existencia), después de 10 años al timón, casi no lo visita nadie. Y si llegaran no los recibiría. Se encuentra abatido.
De hecho, sus amigos son escasos y su familia muy extraña. Por ejemplo, su hijo Abdulfaruk Umar Abdulmutalab, Faruk, el que ahora es un presunto terrorista suicida a las órdenes de Al Qaeda, vivía como un ermitaño.
La fortuna exacta del banquero nunca ha sido cuantificada, pero cuenta con propiedades de lujo en las principales ciudades occidentales, incluyendo el Reino Unido, así como ostentosos inmuebles en Nigeria (en urbes como Abuja, la capital federal; Lagos, la comercial, y Kaduna, el centro financiero del norte y lugar de residencia de la élite nigeriana). Como buen empresario, también fundó el Jaiz Internacional, un banco que, por primera vez en este país africano, opera bajo los preceptos de la fe islámica. Su familia controla además una extensa red de empresas dentro y fuera del continente negro.
Cuando un agente del servicio de inteligencia nigeriano llamó por teléfono para darle la noticia del intento de atentado de su hijo, Abdulmutalab estaba en Funtua, su ciudad natal. Sabía que su hijo había desarrollado últimamente tendencias extremistas que lo empujaron a informar a los cuerpos de seguridad nigeriano y extranjeros del peligro en que aquél se había convertido.
Lo que le resultó más inquietante a Abdulmutalab fue que sus socios comerciales extranjeros son sobre todo estadounidenses y británicos. Él visita habitualmente Estados Unidos por motivos de trabajo y vacaciones. ¿Por qué iba su hijo a considerar a los americanos enemigos?
«A los 70 años, el anciano está en el ocaso de su vida. Desgraciadamente, se irá a la tumba sufriendo porque el chico al que le dio la mejor educación posible le ha pagado con horror y deshonra», lamenta Abdulahi Tahir, un amigo de Abdulmutalab.
Quitando el atentado terrorista de su hijo Faruk, Abdulmutalab ha llevado una vida libre de escándalos. Se podría calificar como un hombre completamente exitoso. Fue ministro a finales de los años 70, pero desde entonces ha permanecido alejado de la administración. Censor de cuentas, toda su vida adulta ha sido banquero.
Antes de su elección para presidir el consejo de administración del First Bank of Nigeria, hace ya diez años, Abdulmutalab trabajó de consejero delegado de otro gran banco nigeriano, United Bank for Africa. Con enorme influencia, mantiene intacta su amistad con la mayoría de los líderes políticos nigerianos, entre ellos el presidente en ejercicio, Omaru Musa YarAdua, natural del mismo estado que él.
Como su padre, Faruk tampoco es un hombre ostentoso. «A veces, si te fijabas en lo que lleva puesto al entrar en la mezquita, te resultaba difícil creer que procediera de un entorno millonario, porque el color de su jalabia (vestimenta islámica larga) solía ser diferente del que tiñe el pantalón autóctono», recuerda Ustaz Musa Dumaua, segundo imán de la mezquita donde reza cotidianamente la familia.
Faruk es el tercero de los hijos de Aisha, la segunda mujer de Abdulmutalab. El presunto terrorista tiene dos hermanas pequeñas. Tanto el padre como la madre se están ocultando de los medios de comunicación.
El banquero invirtió en el futuro de su hijo. No es raro encontrar a niños en edad escolar vagando por las calles de las ciudades del norte de Nigeria, pidiendo limosnas y deseosos de conocer el islam. Faruk, sin embargo, no siguió ese camino por el estatus privilegiado de su padre. Aunque sus hermanos estudian en instituciones públicas y privadas de Nigeria, para él su padre optó por el Colegio Internacional Británico de Lome, Togo, una prestigiosa escuela, preparatoria para la universidad, a la que asisten hijos de diplomáticos y de millonarios africanos.
En Lome, sus compañeros de clase fueron principalmente cristianos. Era un ambiente en el que no había barreras religiosas. Los estudiantes cristianos se unían a las fiestas islámicas y sus compañeros musulmanes participaban en los villancicos. Pero Faruk exhibió su potencial fanatismo durante una discusión sobre los atentados terroristas del 11 de setiembre de 2001 en EE.UU. Sorprendió a sus compañeros al defender las acciones de los talibanes afganos.
Su padre lo siguió mimando y lo envió al University College de Londres (que tiene una matrícula anual mínima de 30.000 euros). Allí hizo estudios de ingeniería mecánica entre 2005 y 2008. No se conformó con mandarlo a una residencia universitaria, colocó a su hijo en un elegante departamento en Mansfield Street, en el barrio Marylenome, cerca de la universidad, un lugar donde las propiedades, en promedio oscilan entre el millón y los 3 millones de euros.
A pesar de codearse con la élite británica, Faruk se tomaba en serio su religiosidad. Cuando cumplió la mayoría de edad, se apasionó con los sermones islámicos. Los vecinos recuerdan que una vez pronunció un largo y polémico sermón sobre la importancia de que las mujeres musulmanas se pongan el velo. Pero añaden que en estas reuniones nunca se metió en asuntos políticos, por lo que expresan su sorpresa a la vista de cómo se ha convertido en un terrorista confeso y activo.
Se dice que Abdulmutalab es un hombre que impone disciplina. Lo demostró en el modo en que manejó el carácter díscolo de Faruk. Al serle denegado el visado de Reino Unido, su padre lo envió a Dubái, a prepararse para su master. Lo que no sabía era que el chico guardaba en silencio planes muy distintos.
Faruk optó por irse a Yemen a iniciar un programa de sharia (la ley musulmana) de siete años. Su padre amenazó con exigirle que volviera a casa y castigarlo económicamente. Fue entonces cuando Faruk rompió lazos con su familia. De hecho, faltó a dos recientes acontecimientos: la boda de su hermano mayor y la celebración del 70º cumpleaños de su padre.
Padecía una absoluta soledad. Bajo el nickname (sobrenombre de internet) soltó su tristeza en la red. «No tengo con quién hablar», escribía en enero de 2005 cuando estudiaba en su lujosa escuela de Togo. «No tengo a quién pedirle consejos, a nadie que me apoye. Me siento deprimido y solitario. No sé qué hacer, y pienso que esta soledad me lleva a otros problemas». Cayó en el islamismo más extremo.
Pretendió inmolarse al intentar destruir en el aire el vuelo 253 de Northwest Delta Airlines -iba de Amsterdam a Detroit- con 80 gramos de un potente explosivo en polvo. Para burlar las medidas de seguridad del aeropuerto cosió la bomba a sus calzoncillos. Así logró escaparse de los arcos de seguridad del aeródromo. Un atentado macabro que ha llenado de deshonra a su padre, el Botín de Nigeria, y que puede mandar a Faruk a la silla eléctrica.


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