El comercio y cierta moralina han sembrado la idea de que la Navidad es el momento de recibir regalos o premios. De alguna forma -el clásico efecto Navidad- y potenciado por los bajos volúmenes negociados (apenas 955 millones de papeles en el NYSE), esto está impulsando al mercado. Así, la noticia de que el PBI del tercer trimestre creció sensiblemente menos de lo esperado (un 2,2% frente al 2,8% inicial) fue fácilmente neutralizada con el anuncio de que el número de viviendas vendidas en noviembre era el más grande desde febrero de 2007. El dólar trepó entonces al máximo desde el 3 de setiembre, el Dow subió un 0,49% a 10.464,93 puntos, el índice VIX (de riesgo) bajó por primera vez desde agosto a menos de 20, la tasa a 10 años tocó en un 3,76%, el máximo desde el 13 de agosto, y los comodities se movieron en baja. Las cosas están mejorando, pero aun cuando el 30 el Dow marque el máximo de 2009, es claro que no en la medida que esperaban los más optimistas. Con la crisis se quebraron muchos paradigmas que sólo el tiempo podrá subsanar, violando todo el basamento de la inversión clásica. Quien a fines de 2000 compró u$s 100 en oro tendría hoy u$s 380; el que compró una canasta de commodities, u$s 357; el que compró petróleo, u$s 268; el que compró bonos del Tesoro o AA, u$s 110; y quien en cambio invirtió en acciones sólo tendría u$s 90. Seguramente algunos festejen mañana las ganancias que obtuvieron a lo largo de 2009 en el mercado financiero e incluso sientan que lo tienen merecido. Pero la Navidad es otra cosa que poco y nada tiene que ver con regalos, castigos o premios. La Navidad es un momento para reconocer y agradecer todo lo bueno que hemos recibido y pensar en lo que es realmente importante, en los que sufren, en los que no están, en los que recién llegan y en todos aquellos a los que de una u otra forma les debemos algo, y hacer algo por ellos. Vaya pensando, que ya llega la Navidad.
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