11 de septiembre 2014 - 00:00

Confitería del Molino, símbolo de decadencia

El documental “Las aspas del Molino” contribuye a plantear el presente sobre uno de los dos edificios más representativos del barrio de Congreso (el otro es el Congreso, por supuesto).
El documental “Las aspas del Molino” contribuye a plantear el presente sobre uno de los dos edificios más representativos del barrio de Congreso (el otro es el Congreso, por supuesto).
"Las aspas del Molino" (Argentina, 2014). Guión y dir.: D. Espinoza García. 

Dos ejes entrelazan este documental: la Confitería del Molino, sus oficinas y departamentos de alquiler, como símbolo de una época de gloria y una república perdida por razones confusas, cuya recuperación sigue demorándose, y la vida de sus inquilinos, representantes de una ilusión de país venida a menos. Tales ejes están sólo medianamente desarrollados, pero contribuyen a plantear el presente sobre uno de los dos edificios más representativos del barrio de Congreso.

El otro es el propio Congreso, por supuesto, desde donde se lanzan cada tanto diversos proyectos de expropiación. Uno de ellos llegó a tener dictamen favorable, pero luego perdió estado parlamentario. En este momento avanza otro. La Legislatura también ha dado sus vueltas. Mientras, el edificio se sigue deteriorando. La película muestra parte de su hermoso interior, detalles de la fachada, y la esquina degradada donde ya faltan los herrajes y molduras de bronce.

Su relato salta fugazmente sobre la historia del pastelero Cayetano Brenna, que acá se hizo la América trabajando, el Molino Lorea, la paralela construcción del Congreso, el arquitecto Francesco Gianotti que combinó neoclasicismo con art nouveau, la apertura en 1917, el incendio de 1930, los ilustres habitués, los cambios de mano, la rara quiebra de 1978, el cierre final en 1997, el esfuerzo de los nietos de Brenna para recuperar aunque sea la confitería. Esto ni se menciona. Pero entrevista al pensador Esteban Ierardo, los arquitectos Rodolfo Livingston y Luis Grossman, el senador Samuel Cabanchik, la doctora Paula Acunzo, cabeza de un grupo de ciudadanos que piden la recuperación del edificio, y unos viejos porteños, todos los cuales dicen cosas interesantes. Aparece también una vieja egoísta y bastante buscapleitos, envuelta en la bandera nacional, bramando contra todos los demás, incluso el cámara, sin conocerlos.

Su presencia contrasta con la de una señora, quizá la última de los moradores del lugar, cuyo departamento nos da una idea de lo que habrá sido aquello en sus años de esplendor. Los demás departamentos, los alquilaron hacia 2007 unos estudiantes chilenos, ilusionados con "el imaginario de la literatura argentina" y otros espejitos de colores. Ellos cuentan su extrañeza por nuestra decadencia, sus reclamos de mantenimiento edilicio y de contratos legales de alquiler, su paulatina mudanza a otros lugares donde funcione el ascensor y suba el agua. ¿Qué expropiará el Congreso? Grossman recuerda un intento de inversión hotelera, frustrado por pretensiones del actual dueño (descendiente del socio capitalista del pastelero), y advierte sobre otras dificultades en caso de recuperación. "Queda como un cadáver parado, del que nadie se hace cargo". Todo un símbolo.

P.S.

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