8 de noviembre 2011 - 00:00

Consignas de Mariela Scafati al rojo vivo

Scafati empapeló toda la galería Daniel Abate con varias tonalidades de rojo, desde el piso alfombrado hasta el techo rebatible que ha fabricado. Pero el rojo es sólo un color de fondo para desplegar sus consignas.
Scafati empapeló toda la galería Daniel Abate con varias tonalidades de rojo, desde el piso alfombrado hasta el techo rebatible que ha fabricado. Pero el rojo es sólo un color de fondo para desplegar sus consignas.
La exposición que Mariela Scafati presenta en estos días en la Galería Daniel Abate muestra tan sólo uno de los múltiples perfiles de una artista capaz de pasar, cómodamente y sin conflictos, de su bella producción abstracta, es decir, de un arte sin compromiso y vacío de contenido, al arte de acción y político más riguroso. Con idéntica naturalidad presenta un arte ligado a su intimidad, a veces ornamental y hasta decorativo, como el de sus exhibiciones en Belleza y Felicidad, junto al que Scafati realiza trabajando con la gente de la calle.

Mientras el arte tiende a parecerse y los artistas de su generación intermedia hablan -por lo general- una lingua franca, la nueva exhibición de Scafati sorprende desde el montaje. No es la primera vez que empapela del piso al techo toda una galería; ya lo hizo en una sala de la Alianza Francesa. Allí, hace unos años, sobre el papel azul había pintado arabescos dorados para colgar sobre él unos platos pintados con sus hábiles manos. Pero, ahora, toda la galería está cubierta con varias tonalidades de rojo (no hay uno igual al otro), desde el piso alfombrado hasta el techo rebatible que ha fabricado. «Hay rosa Dior, rosa Luxemburgo, rosa Sandro, rosicler, rosa chicle, rosa brumoso», cuenta Scafati, en el texto de presentación del crítico Gonzalo Aguilar.

Sin embargo, el rojo es tan sólo un color de fondo para desplegar los slogans que la artista escribió con pintura blanca, grandes letras de imprenta y un derroche de energía contundente. Las consignas ya estaban presentes en la creativa invitación que cursó la galería: un breve video donde se ve a la artista mientras escribe: «Yo conecté recién para desconectarme».

La muestra se llama «Windows». El piso está cubierto por una alfombra donde se lee la palabra «MAR» y el espectador queda inerme ante esa marea roja, sumergido en un mundo que arrastra en sus aguas las pasiones, sensaciones y ambiciones políticas, artísticas, sentimentales, poéticas, públicas y privadas de una artista decidida a decirlo todo con sus mensajes lapidarios. Entre otras cosas: «La manifestación de ayer domingo fue lo más potente que he experimentado en mi vida»; «El cuerpo barricada fluida»; «Streaming permanente»; «Triste sin dormir»; «Que sueñes lindo»; «La tristeza de la tierra»; «Primavera árabe»; «Amsterdam / Fiorito»; «Its the end of the world, as we know it (and we feel fine)».

Por su parte, el crítico Aguilar analiza y cuestiona: «Por un lado, los monocromos: empapelan las paredes, crean el receptáculo, la tabula rosa, la ceremonia, revisten nuestra percepción para hospedar el lugar por el que nos desplazamos. Las referencias estéticas son, curiosamente, las mismas que las de la abstracción de los años cincuenta: Piet Mondrian, Kazimir Malévich, Mies Van der Rohe (¡less is more!). Pero si en los cincuenta lo que importaba era la experimentación artístico-científica, la relación entre el color y la geometría, lo que interesa ahora es la liberación energética de los colores. ¿Qué pueden hacer los colores en un acto o en una marcha?».

La respuesta está en la vida. En Bola de Nieve, el centro de datos del arte argentino creado por la revista «ramona», Mariela cuenta que en 1994 conoció a Tulio de Sagastizabal y comenzó a hablar de arte. Luego de vivir en la provincia, sus primeros cinco años en Buenos Aires son -asegura- como un bello sueño de David Lynch, donde Pablo Suárez le preguntaba: «Qué hacés pintando cubeteras? No me estás contando lo que te está pasando». Después ingresó en el programa de becas de Guillermo Kuitca en el Centro Cultural Borges y conoció a Magdalena Jitrik y Fabián Burgos. Con Fernanda Laguna aparecería en su vida el espacio Belleza y Felicidad. En el año 2000 pintó allí un inmenso mural, y al año siguiente presentó «He venido para decirte que me voy»; «mi muestra más melancólica», considera la artista.

Cuando la Argentina ingresó en la peor crisis social, política y económica de su historia, sólo comparable a la de la década del 30, Scafati, junto con Jitrik y Diego Posadas, fundó el Taller Popular de Serigrafía (TPS). «Tocamos un modo de vivir diferente. Lo vivimos. Imprimimos en la calle, nos manifestamos de mil maneras». Relata entonces que el TPS se expande hasta lo impensado, Grissinópoli y plaza Brukman; Bombay y Medellín; Kassel, Farsites, San Diego; Bienal de San Pablo en 2006 y Bienal de Moscú en 2007. El mundo entero le abre su abanico y las muestras se suceden.

En la trastienda de la galería Abate hay una pintura abstracta de Scafati. La obra seduce con su gracia y demuestra el dominio del color y la forma. Lejos de regodearse en la belleza y francamente politizada, la artista escribe, no obstante, en Bola de Nieve: «Cada vez más frecuentemente el acercamiento a mi pintura es lateral, con un fuerte anhelo a enfrentarla. Una larga historia de amor. Una de las formas de acercarse a mi obra sería dejarse perder. El recorrido será siempre distinto. Me reconozco en las miradas que aceptan su propia transformación, que van al ritmo de su vidas y muertes. Artistas que me influyen con su estar, su obra, sus ideas, su humor, sus deseos o llamadas por teléfono. Artistas cercanos como Ariadna Pastorini, Pablo Suárez, Alejandra Seeber, José Garófalo, Diego Posadas, Román Vitali, Magdalena Jitrik, Pablo Rosales, Oscar Masotta, Alfredo Prior».

La melancolía de aquella lejana muestra en Belleza y Felicidad está presente de nuevo en esta exhibición al rojo vivo, pero como quien pronuncia un exorcismo, Scafati escribe, con letras grandes, en el medio del salón: «La melancolía no es siempre un mal sentimiento».

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