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Cortina de humo en Bruselas
Nunca en medio siglo la orgullosa Europa lució tan desvencijada. Los moderados triunfaron en Atenas, y ello evitó una confrontación abierta. Pero, aun así, rige un impasse. El programa de ajuste está caído y el nuevo Gobierno pide plazos -no menos de dos años- para encarrilar los cumplimientos. Ya lo dice el refrán: el tiempo es dinero. Un tercer paquete de financiación no costaría menos de 50 mil millones de euros. Alemania, a través del ministro de Finanzas, Wolfgang Schauble, contestó que los griegos deberían ajustar más, y pedir menos. ¿Es falta de voluntad en accionar la bomba de achique, o es la economía griega que se hunde al 7%? Como sea, el problema existe. Y no se le da solución. Para peor, no se sabe si el flamante primer ministro griego -Antonis Samarás- asistirá a la reunión.
Si Samarás no concurre, tal vez, nadie lo note. Es que España, que equivale a cuatro Grecias y fracción, le robó el protagonismo. Y desde que se reveló el cráter patrimonial de Bankia, su caída en desgracia es vertiginosa. El salvataje de los bancos españoles era un iceberg anunciado. Y si bien existía la sapiencia sobre cómo esquivarlo -a través de una capitalización en cabeza del «muro cortafuegos»-, lo cierto es que la canciller no quiso desviar el derrotero. Merkel aborrece de las soluciones fáciles, prefiere siempre atacar el meollo de los problemas. Pero chocar de frente contra los mismos tampoco los aplana. Así, todos los rescates europeos han dañado severamente la salud de los rescatados. Ninguno, hasta la fecha, pudo valerse después por sí solo. Con la misma impronta, el salvataje a los bancos españoles, diseñado bajo las normas Merkel, no sustrajo a España de la crisis, sino que la lanzó de lleno a una vorágine sin control. Y las noticias no son nada alentadoras. La agencia Moodys rebajó de un plumazo la calificación crediticia de 28 bancos entre uno y cuatro peldaños (ya antes había recortado la del soberano a un tris de la categoría basura). Hacienda, también ayer, debió triplicar las tasas para poder colocar deuda al magro plazo de tres meses. Y la perla es la marcha del ajuste. La baja del gasto y las subas de impuestos que Mariano Rajoy aplicó (contrariando sus promesas de campaña) sirvieron de poco. El déficit de la Administración Central a mayo es un 30% más alto que en los primeros cinco meses del año pasado. Y, lo que es peor, se consumió ya el 99,91% del rojo pactado para todo 2012. España es demasiado grande para caer, por eso se mantiene en pie. Pero esto es una debacle peor que Trafalgar. Es imperioso para Madrid que la Cumbre le arrime un muelle donde amarrar. No durará mucho en mar abierto.
¿Qué decir de Italia? España se le cae encima a Mario Monti. Y Berlusconi, que amenaza con quitarle el respaldo parlamentario, lo corre por derecha. ¿Puede sucumbir el Gobierno? Es el mensaje de Monti de cara a la Cumbre. Mucho no le valió. Su propuesta de embarcar a los fondos de rescate en la compra de bonos españoles e italianos no pasó el filtro de Merkel.
No hay que esperar demasiado de la Cumbre. No es que Europa no tenga demasiado en juego. Todo lo contrario. Ni que sea incapaz de forjar buenas ideas. No. Pero invariablemente son rechazadas por el veto alemán. ¿Existe alguna solución a la crisis que, a la par, sea potable para el paladar de Berlín? Eso procura el borrador que presentarán el Consejo y la Comisión Europeas. En él trabajaron cuatro presidentes: Von Rompuy y Barroso junto con Jean Claude Juncker, del eurogrupo, y Mario Draghi, del BCE. ¿Qué se propone allí? Una hoja de ruta para la unión bancaria. De todos los esquemas de integración en danza, desde la unión fiscal hasta la unión política que tanto menta Merkel, éste es el camino de tránsito más rápido. El BCE podría quedarse con la autoridad de supervisión de la banca europea a la velocidad del rayo. Trinarían los británicos, sin dudas, ya que no tienen intenciones de ceder sus facultades, y además la autoridad europea actual tiene sede en Londres, pero, a esta altura, eso poco cuenta. El BCE absorbería las atribuciones de los supervisores nacionales (al menos en la eurozona). La iniciativa se completaría luego con la constitución de un fondo europeo para la liquidación de entidades, y un régimen unificado de seguro de los depósitos (a financiar con las contribuciones actuales a nivel nacional más un nuevo impuesto comunitario). De refilón, en diagonal, la capitalización de la banca española podría caber en ese sayo sin obligar a Madrid a cargarse de deuda. ¿Funcionará? ¿Pasará el cedazo? Tener al BCE a bordo es la mejor carta de presentación. Pero el diablo está en los detalles. Entiéndase bien: la Cumbre anunciará la intención de dirigirse a una unión bancaria. Pero el riesgo es que Berlín desarme el paquete, le quite piezas claves y así lo torne inocuo.
Hay que esperar poco de la Cumbre, pero mucho de la post-Cumbre. Si Berlín acepta lo que el BCE plantea, el banco central -que celebra su reunión mensual el jueves de la semana próxima- dejará su actual posición de observador de palco. Una baja de tasas parece cantada, de todos modos, pase lo que pase. Pero lo que de veras se necesita -un palenque para la deuda española e italiana- y que Merkel no quiere conceder lo podría arrimar Draghi con la reactivación del programa SMP. Si la Cumbre fuese una gran decepción, y se saliera con las manos vacías, la post-Cumbre obligará a trabajar aún más a destajo. Si España e Italia no reciben el salvavidas que demandan, habrá que lanzárselo después cuando los arrastre la correntada.


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