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Cristina inauguró el Congreso, por ahora, sin leyes
La cúpula de la CGT tuvo su lugar dentro del recinto: Hugo Moyano y Julio Piumato no compartieron las columnas en la plaza.
La Presidente ingresó ayer al Palacio del Congreso a las 11, después de haber recorrido la Avenida de Mayo desde la Casa de Gobierno en un auto oficial. No bien subió la rampa, fue recibida por una comisión de diputados y senadores integrada por Silvia Giusti, Haydé Giri, Roy Nickisch, Roberto Basualdo y los diputados Raúl Solanas, Vilma Baragiola, Paola Spátola y Francisco Ferro.
Ya dentro del Salón Azul, Cristina de Kirchner se saludó con un apretón de manos con Cobos, a quien dirigió en ese momento la única mirada de todo el acto y firmó el libro de honor. Luego ingresaron juntos al recinto y nunca más volvieron a dirigirse la palabra. Así, el esperado momento defraudó a los que esperaban un agravamiento de la relación entre la Presidente y el vice.
Mensaje improvisado
Mientras aún caían desde los palcos más altos (copados por sindicalistas y representantes de piqueteros) papelitos con leyendas de apoyo de Hugo Moyano al Gobierno, la Presidente, Cobos, Eduardo Fellner, presidente de Diputados, y José Pampuro, se ubicaron en el estrado principal para iniciar el rito.
Como lo viene haciendo desde que asumió la presidencia, Cristina de Kirchner improvisó todo su mensaje. Sólo apeló a la ayuda de dos planillas que llevó en una carpeta (que ella misma recogió y guardó al retirarse del recinto) cuando quiso demostrar que durante su Gobierno y el de su marido las transferencias de fondos a las provincias por coparticipación federal y obras públicas se habían multiplicado por cinco, llegando a superar, incluso, el Presupuesto anual de cada gobernación.
Primer aplauso
Vestida con un traje rosa floreado, la Presidente comenzó un discurso de una hora y cuarto que, al inicio, no pareció entusiasmar el ambiente. Después de 10 minutos de analizar la crisis financiera internacional y reivindicar las medidas de su Gobierno en contraposición al capitalismo «sin control» de los países centrales, consiguió arrancar el primer aplauso.
Sin la presencia de su marido, la seguían desde los palcos bandeja el jefe de Gabinete, Sergio Massa; los ministros de Interior, Florencio Randazzo; de Justicia, Aníbal Fernández; de Defensa, Nilda Garré; de Relaciones Exteriores, Jorge Taiana; de Trabajo, Carlos Tomada; de Salud, Graciela Ocaña; de Desarrollo Social, Alicia Kirchner; y de Infraestructura, Julio De Vido.
Más atrás se ubicaron la ministra de la Producción, Débora Giorgi, y el secretario de Agricultura, Carlos Cheppi. Guillermo Moreno eligió mantenerse alejado y recién se lo vio a la salida en el Salón de Pasos Perdidos rodeado de colaboradores. Eduardo Luis Duhalde, secretario de Derechos Humanos, mientras tanto, se sentó en un palco del primer piso como siempre rodeado de Estela de Carlotto y representantes de Madres de Plaza de Mayo. Esta vez, Hebe de Bonafini no estaba. Moyano y el embajador de Estados Unidos en la Argentina, Earl Anthony Wayne, también tuvieron su asiento de privilegio en los palcos bajos.
Los aplausos de los diputados y senadores de la oposición llegaron siempre en los momentos obvios. «No me resulta sensato que haya quienes sean benevolentes con los que más tienen y les paguen un salario mínimo a los maestros», dijo Cristina de Kirchner sobre los reclamos docentes imposibles de cumplir y la presión de la oposición para que se eliminen las retenciones a las exportaciones de soja durante un año. A la mención, la siguió el mayor aplauso que se escuchó esa noche.

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