5 de enero 2015 - 12:10

Cristina, metralla K sobre Scioli y unas PASO bravas

• LLUVIA ÁCIDA SOBRE EL BONAERENSE.
• DE LA VÍA LIBRE A LOS EFECTOS INDESEADOS.

Daniel Scioli, Florencio Ran-dazzo, Julián Domínguez y Sergio Urribarri, los candidatos K.
Daniel Scioli, Florencio Ran-dazzo, Julián Domínguez y Sergio Urribarri, los candidatos K.
 Como un eco de otros tiempos, sin que todavía haya llegado una alerta desde Santa Cruz para moderar los embates, un scrum de candidatos híper-K estrenó la campaña 2015 con una metralla sobre Daniel Scioli por su presencia en un evento organizado por Clarín. Un déjà vu que, esta vez, introduce un condimento extra: estalló la carrera por la sucesión de Cristina de Kirchner y el peronismo K se lanzó, con un hipotético vía libre de Olivos, a una carrera de antagonización y posicionamientos que operará como paso previo a un eventual ordenamiento digitado por la Presidente.

El episodio, que involucró, con distinta intensidad y nivel de reproche, a tres candidatos oficialistas: el ministro Florencio Randazzo; el presidente de la Cámara de Diputados, Julián Domínguez, y el gobernador de Entre Ríos, tres de los seis postulantes que pulsean por entrar en la fase final de la disputa K. una PASO donde enfrenten a Scioli, el candidato hasta acá más instalado y con mejores indicadores de la oferta oficial. La perdigonada triple sobre Scioli, que ayer se limitó a decir que "va a todos los eventos", pone sobre la mesa un puñado de interrogantes sobre los modos y el ritmo de la disputa sucesoria dentro del kirchnerismo.

I. Adentro. En un sistema como el K, donde no se aceptan disidencias ni desbordes, una foto de Scioli genera una miniconmoción y habilita que los rivales del gobernador salgan, en tropel, a acusarlo. El dato inicial que apareció el fin de semana entre dirigentes K es que, más allá de la actitud de Scioli y la reacción de los demás, el fin último siempre es que el oficialismo mantenga la centralidad en la escena política y los cruces entre candidatos propios forman parte, al menos en principio, de esa táctica general o, aun no planificadas, sirven para que la sensación de disputa de poder se manifieste dentro de los bordes, amplios y sinuosos, del dispositivo K. Es la teoría muy peronista del adentro que Scioli -según sus críticos- parece poner en duda con la foto del fin de semana mientras en los últimos meses explicitó una hiperkirchnerización casi inédita en la larga temporada K. Los cruces sobre el ADN oficial, las simpatías o gestos de los postulantes -lo que Domínguez sintetizó en estar con "Dios y con el diablo"- confirman, a priori, que el oficialismo tiene destreza para agitar el escenario político discutiendo sobre sí mismo, sobre sus matices, casi una discusión de familia sobre los trámites de una sucesión.

II. Límites. Allí aparece el otro asunto que ya se debatió el año pasado y volvió ante la intensidad de la metralla de estas últimas horas. La corporación peronista, el PJ institucional que conforman gobernadores, legisladores o intendentes -por más que no tengan una cumbre o un lugar de reunión- opera a partir de la pulsión del triunfo y la continuidad, de retener el poder o los poderes. Ese sistema entrevió a Scioli como la variable más factible y genéricamente, en público o privado, asumen incluso con resignación que por ahora es la mejor alternativa. En los últimos meses, con vaivenes, Randazzo generó esa expectativa, creció, despertó empatía, luego se amesetó y ahora volvió a lanzar con más énfasis para tratar de recortarse como el único rival con chances contra Scioli. A mediados de 2014, el peronismo celebró la aparición del ministro como candidato como el recurso para potenciar las PASO del oficialismo porque, por entonces, se dio por hecho que la única forma de arrimarse a una victoria era montar unas PASO fuertes, con mucha concurrencia y la ampliación del espacio oficial -hasta se ensayó atraer a De la Sota y a los Rodríguez Saá- para rondar los 35% y luego estirarse, con el envión, hasta los 40%. Cálculos cruzados por el deseo en un momento en que Sergio Massa lucía imbatible y era tentador -o más tentador que ahora- para muchos dirigentes del PJ. Lo que demuestran estos primeros chispazos es que la tesis de una interna controlada, sin efectos colaterales y nocivos para la táctica electoral, puede ser errónea. Hay dos antecedentes sobre las disputas interperonistas: la interna de 1988 en que Carlos Menem venció a Antonio Cafiero, luego sumó a todo el cafierismo. Lo ilustra la anécdota aquella de Cafiero preguntando: "¿Y ahora con qué dirigente va a armar su gobierno Menem?", a la que un operador suyo respondió: "Con nosotros, Antonio, con nosotros". Aquel peronismo en busca del poder aplicó la verdad de que el que gana conduce y trabajó para el triunfo del PJ con el riojano como candidato. En 1999, sin interna explícita, un sector del peronismo oficial jugó en contra, o al menos no colaboró, del triunfo de Eduardo Duhalde. La pregunta es si una primaria brava, con un tono demasiado agresivo de los candidatos K, en vez de potenciar las PASO puede, hacia adelante, no sólo espantar simpatizantes K sino, luego, restarle apoyos de los antagonistas al candidato ganador.

III. Ordenar. El tercer componente, dentro de un menú más amplio y cambiante, sigue siendo la cuestión de la equidistancia de Cristina de Kirchner o su eventual intervención directa para bendecir a alguno de los candidatos. Los tres candidatos que salieron a cruzar a Scioli, Randazzo, Domínguez y Urribarri, dan por hecho que la Presidente aparecerá en escena para, casi en un sentido bíblico, orientar al "pueblo K" sobre cuál es el candidato indicado y oportuno. Es, unos más unos menos, la admisión de una debilidad: según la multitud de encuestas que miran el Gobierno y la oposición, ningún postulante K logra, sin el guiño explicito de la Presidente, competir con chances en las PASO K contra Scioli. Con la foto de fines de 2014 y de principios de 2015, ninguno -sin el toque de Cristina de Kirchner- vencería a Scioli.

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