24 de noviembre 2015 - 00:23

Cristina sueña transición dual para desactivar PJ multipolar

• CHARLA Y FOTO ESTE ATARDECER EN OLIVOS CON EL LIBRETO K DEL PACTO SOCIAL

Daniel Scioli y Cristina de Kirchner
Daniel Scioli y Cristina de Kirchner
 En un ensayo de entrecasa del traspaso de mando del 10-D, Cristina de Kirchner verá, a solas, este atardecer a Mauricio Macri en la quinta de Olivos para escenografiar la primera postal de una transición que la Presidente fantasea de carácter dual: el caudillo del PRO en tránsito a presidente; ella, camino a ser jefa de la oposición. Un enroque.

El cristinismo, entidad que se repliega en La Cámpora y tiene a Máximo Kirchner como CEO en tránsito, festejó el 48,5% que anotó Daniel Scioli en el balotaje como un mérito de propiedad exclusiva y excluyente. "Cristina es la dueña de esos votos: si 12 años después logramos esa cifra, confirma que estamos vivos como siempre...", avisa el neocamporismo.

Ese planteo es la letra chica de un contrato que Cristina le propondrá a Macri: ser interlocutora y garante de la gobernabilidad del Gobierno que nacerá el 10 de diciembre. El clan K, que tiene centralidad en la agrupación juvenil pero se nutre de orbitales como Nilda Garré o Juan Manuel Abal Medina, pretende primerear en la maratón peronista por quedarse con la medalla de principal oposición y, desde ese escalón, emerger como actor imprescindible ante un Macri presidente.

La fantasía de Olivos choca con múltiples amenazas. Flota, firme, la rebeldía de los gobernadores del interior que ordenan Juan Manuel Urtubey y Gildo Insfrán -sobrevivientes de una ristra de nuevos mandatarios- que pretenden ser los gestores de sus propio vínculo con el macrismo y discuten, en voz bajísima, la alternativa de proponer una elección nacional masiva, con voto directo, para seleccionar nuevas autoridades del PJ nacional y, quizá, de los provinciales. El club de los gobernadores, nostálgicos del CIF que atormentó a Fernando de la Rúa, pone sobre la mesa unos 25 diputados y más de 15 senadores. Numéricamente, son la puerta para destrabar las leyes que Macri pueda necesitar y, desordenadamente, pretenden poner sobre la mesa esos dones para negociar beneficios para sus provincias. En Olivos dicen que Cristina ordenará a esa muchachada que, vía Urtubey, la desafió a los gritos. Desde las provincias anticipan que no pondrán su "poco o mucho capital político" en manos de quien será, pronto, expresidente.

En paralelo, brotan del conurbano los alcaldes del PJ, debutantes como Juan Zabaleta (Hurlingham) y Gustavo Menéndez (Merlo), o más consolidados como Martín Insaurralde (Lomas), Alejandro Granados (Ezeiza), Jorge Ferraresi (Avellaneda) y Julio Pereyra (Varela) cuya prioridad es cohabitar con María Eugenia Vidal. En charlas en caliente, hablan de dinamitar el FpV para romper toda relación con La Cámpora, a quien atribuyen derrotas locales y haber promovido y apañado la candidatura de Aníbal Fernández que el 25-O visibilizó su toxicidad electoral. Daniel Scioli, derrotado que busca sobrevivir al 22-N, puede convertirse en un instrumento de esos dos bloques de peronistas que gruñen contra La Cámpora o apostar a ser, como fue en esta elección, un comodín entre las distintas tribus. Ayer, Scioli estuvo una hora con Cristina y Zannini y al salir disputó, a su modo, la propiedad del 48,5% al plantear que lo votó "una gran diversidad de la población más allá del núcleo duro" kirchnerista.

Si el valor del peronismo que viene es la llave para la gobernabilidad, otro actor es el PJ massista, al margen de que Sergio Massa no exprese voluntad de disputar el partido, que retiene protagonismo en el Congreso y sobre todo en la Legislatura bonaerense. "Si Massa mira al 2019, tiene que sentarse con Cristina" dicen en Casa Rosada con la ilusión de obturar disidencias. El tigrense no tiene, en ninguna hoja de ruta cercana, la escala Cristina.

Pero el factor más incierto y difícil es el rol que Macri planea otorgarle a Cristina. Al macrismo lo seduce, por mero pragmatismo, interactuar con los gobernadores y los intendentes, relación que podrá cristalizarse en el Congreso donde Mauricio Macri pone a uno de sus peronistas M, Emilio Monzó, a quien delegó todos estos años la confección de pactos y estructuras del PRO en las provincias.

Monzó, además de presidir Diputados, interactuará con Federido Pinedo para administrar las tensiones en el Senado donde ayer anotaron un mensaje amable: el salteño Juan Carlos Romero puso su voto, condicional, a disposición de Macri. Rogelio Frigerio, el macrista con más backstage de las cuentas provinciales, será un interlocutor desde el Gabinete.

En paralelo, con malicia, el macrismo podría apostar a profundizar las tensiones interperonistas y nutrirse de esas peleas para contribuir a un PJ atomizado.

Dejá tu comentario