11 de octubre 2011 - 00:00

Cruz Diez: una experiencia intensa para el espectador

En la extensa producción de Cruz Diez se descubre la búsqueda incesante, y sus composiciones se basan en los efectos específicos del color, motivo de su análisis y del éxtasis para el espectador.
En la extensa producción de Cruz Diez se descubre la búsqueda incesante, y sus composiciones se basan en los efectos específicos del color, motivo de su análisis y del éxtasis para el espectador.
Para celebrar el 10º aniversario, el Malba presenta una muestra retrospectiva del venezolano Carlos-Cruz Diez, artista que a sus 88 años se integró a la fiesta del Museo porteño de la mano de la curadora del Museo de Bellas Artes de Houston, Mari Carmen Ramírez, figura clave para el arte de Latinoamérica por sus aportes teóricos.

Con un despliegue de más de 120 obras, entre ellas las radiantes y envolventes ambientaciones cromáticas, la exhibición «El color en el espacio y en el tiempo» depara una intensa experiencia perceptiva al espectador. Para comenzar, a través de un recorrido que se inicia con una figuración donde ya asomaba la artificialidad del color, el visitante puede conocer y comprender el complejo proceso creativo de un artista que explica las razones de su paso a la abstracción: «Somos una sociedad barroca, donde no hay silencio». En una visita guiada por la muestra, Cruz Diez contó que en los inicios de su carrera y al igual que otros artistas empeñados en cambiar las injusticias sociales del mundo, comenzó a pintar murales. Agregó que fue entonces cuando descubrió el universo afectivo que residía en el color. Desde entonces dedicó sus energías a estudiarlo. A partir de ese momento el color se entiende como un «organismo vivo, capaz de proyectarse en el espacio y en el tiempo».

Cruz Diez se presentó como un pintor, pero aclaró que su meta es ser «pintor del espacio». Y relató que alemán Josef Alberts (artista de la Bauhaus radicado en EE.UU. y autor del libro «Interacción del color», 1943), le brindó la pista de que el color sobre el plano ya se había agotado. De este modo, el color de sus «pinturas» logra escapar del cuadro para revelarse en estado puro, para inundar la atmósfera, desplazarse por bandas de las sendas peatonales o cobrar finalmente la forma de la arquitectura en múltiples intervenciones urbanas.

Ramírez relató su rescate de Cruz Diez, hasta ayer encasillado como artista «cinético» y el trabajo para colocarlo entre los artistas que hicieron del color el objeto de su obra, como Alberts, Yves Klein y, en menor medida, Donald Judd, Ellsworth Kelly y Hélio Oiticica.

En la extensa producción de Cruz Diez se descubre la búsqueda incesante como destino, y sus composiciones se basan en los efectos específicos del color, motivo de su análisis y de un extenso quehacer. Cuestiones como la vibración del color, el principio del «color activo, aditivo y el color reflejo», o su «marca registrada» las «Fisicromías» y los encastres de cartones de colores en la superficie del cuadro, marcan un proceso que se modifica con en el uso de diversos materiales (espejos, aluminio o acrílicos) y que derivaría en la ingeniería mecánica.

El artista construye un universo con sus propias leyes y, como un mago, encuentra colores que no están en los cartones del cuadro sino que los genera la retina. No mezcla los colores en la paleta del pintor sino que los acerca, los reúne para que el negro y el azul formen el amarillo, entre otros fenómenos sorprendentes. Para demostrarlo están las ambientaciones que, como anunció Roland Barthes al hablar del color, provocan «una especie de éxtasis». No obstante, Cruz Diez sostiene que el placer de su trabajo es el mismo que depara la pintura, aunque en vez del óleo use la luz y su soporte no sea la tela sino el espacio.

Sus aportes al arte del siglo XX, sus contribuciones teóricas y estéticas sobre la percepción del color resultan cruciales, pero recién cobraron visibilidad en estos últimos años. Ramírez, que trabajó desde el poderoso Museo de Houston con un vasto equipo de ayudantes en la exhaustiva investigación -cuya profundidad se puede apreciar en el catálogo, posicionó al artista entre las grandes figuras de Latinoamérica con esta retrospectiva, que viajará desde Buenos Aires a Lima y a San Pablo, sus primeros destinos.

Con el arte del Sur de nuestro continente en la mira y con generosos recursos, Ramírez llegó unos meses antes de la exposición del Malba, para brindar tres clases magistrales el Auditorio del Museo Nacional de Bellas Artes. Allí habló de sus proyectos: «El acontecimiento del color real» de Cruz Diez; luego expuso «Ni corpus solidum ni quasi corpus: El cuerpo del color más allá de animosidades grupales», conferencia dedicada a la investigación que realizó el brasileño Hélio Oiticica y fundamentada en la noción de «cuerpo del color» y, finalmente, habló sobre «Joaquín Torres García. Una precariedad construida: linédit de las maderas», un ensayo que definió como «un enfoque mínimamente innovador acerca de un artista sobre el cual se ha escrito, estudiado y teorizado tanto».

Ramírez estuvo entre los principales oradores del reciente seminario del Malba y llegó con 14 obras cedidas en comodato por el Museo de Houston que hoy se exhiben en la Colección permanente, entre otras, de Lygia Clark, Joaquín Torres García, Gego, Hélio Oiticica, Jesús Rafael Soto y una pintura imponente de David Alfaro Siqueiros.

Dejá tu comentario