CUANDO LA PATRIA SE VUELVE UNÁNIME

Edición Impresa

Una de las esquinas de Ferderico Lacroze y Cabildo bulle a las tres de la tarde del sábado. El encargado de una verdulería improvisada da cuenta de sus precios preferenciales. A pocos metros, un grupo de mujeres reparte oraciones a la Virgen. Nunca había estado allí. Pero son otros tiempos. esperanzas.

Un poco más allá, unos militantes del Partido Obrero ofrecen la buena nueva y profana. Un rato antes, había ocupado ese espacio un grupo de La Cámpora. Todos despliegan sus acciones bajo el último sol estival y la fuerza de un cartel que emana su propia luz.

Una de las evangelizadoras se queda mirando la imagen. ¿Qué le llamará la atención? Quizá la proliferación de objetos de orfebrería. Demasiados para tanta pretendida sobriedad. Cuatro manos y un mate que funciona como prenda de unidad. Compartimos esperanzas, puede leerse.

El mate que no es jaque sino una prueba elocuente de argentinidad que, en adelante, será disfrutado a sorbitos a la orilla derecha del Tíber. Del otro lado del río no parece estar Roma ni la conjura vaticana sino una Buenos Aires imaginaria y pía, en la que hay tantos Franciscos como formas de la devoción u oportunismo. Un Bergoglio para los nostálgicos de Jordan Bruno Genta. Otro para los ignacianos de pura cepa, convencidos de la inoxidable eficacia de los Ejercicios espirituales. Un padre Jorge para una oposición huérfana de figuras carismáticas. Un papa de San Lorenzo (impreso en la camiseta, de Tinelli y las bataclanas). Y, claro, un papa peronista o, mejor dicho, un pontífice a imagen y semejanza de cada facción del movimiento. La sonrisa bergogliana se ha convertido en una superfice lisa por la que pueden deslizarse todos los lenguajes posibles. El mojigato y, también, el kirchnerista.

Buena parte de la Argentina se cuelga festivamente del gran escapulario. Un escritor recuerda la serenidad y su inclinación al diálogo del entronizado. Otro, relee La Montña Mágica deThomas Mann. Subraya uno de los extensos monólogos de Naphta, el jesuita, aquel referido a los excesos de la caridad del medioevo y de exaltación en los cuidados tributados a los enfermos y sabe que sólo tiene con Francisco algo en común: esa novela. Las Pascuas incentivan el gesto beatífico. Rezamos por vos, dice un cartel amarillo Pro, para dejar en claro que el ruego es, también, una disputa por política la pertenencia de su figura. Un nosotros que se hace eco del pedido de Bergoglio, pero que, también, recuerda en plural a una canción de Charly García y Spinetta: Mi cuerpo se cae Sólo veo la cruz al amanecer.

Esos deseos de unanimidad patria, de orgullo inflacionario, brotan de vez en cuando, pero siempre dejan, a la distancia, una huella vergonzante. El que no salta es un holandés, se cantó en las calles durante el otoño-invierno de 1978. Eramos el único centro de un país detenido, explicó César Luis Menotti, entrenador de aquella selección campeona, en la película La fiesta de todos (1979), con la que se intentó documentar los efectos de fraternidad y jarana. Centro. Detenido. Las palabras se escuchan hoy con otra resonancia, claro. El que no salta es un inglés, fue la consigna de un otoño, el de 1982. Hubo también multitudes contagiadas por la arenga. Aunque decenas de veces las muchedumbres volvieron a las calles en las últimas décadas, la unanimidad no volvió a hacerse presente, más allá de algún ya lejano Mundial exitoso.

Esperamos una plaza llena como para festejar una Copa del Mundo, dijo Federico Walls, vocero del arzobispado de Buenos Aires, en las vísperas de la entronación de Francisco. No hay equivalencias entre los acontecimientos, pero algo los acerca. El que no brinca ahora, corre el riesgo de ser quemado en la pira mediática. La diferencia tiene, nuevamente, el sabor de la apostasía. ¿Será apenas un brote espasmódico de intolerancia o el síntoma de algo peor por venir?

Por lo pronto, es tiempo de reacomodos. Un tramo de una avenida de La Plata que orilla la Catedral acaba de ser bautizada Papa Francisco. El intendente platense, Pablo Bruera, estuvo acompañado por el arzobispo de la ciudad y, según dicen, principal adversario de Bergoglio en la interna de la Iglesia de este país, Héctor Aguer. Como era de suponer, Aguer bendijo la calle. Los vecinos de La Plata se han visto conmovidos por el hecho histórico, y para nosotros es un orgullo homenajearlo de esta manera, replicó Bruera. La calle Francisco une la plaza Moreno, centro geográfico de la ciudad, con la plaza Islas Malvinas, antiguo predio del Regimiento VII de Infantería Mecanizada. Todo un símbolo de conexiones indigestas en el catastro. Poco tiempo atrás, Bruera había rendido homenaje a Hebe de Bobafini. Que las Madres estén en La Plata es importante, que se puedan acercar a conversar con ellas es también muy interesante. Ellas están queriendo hacer un colegio acá para realizar una reivindicación de los curas y los sacerdotes que trabajaron en aquella época y nosotros quisiéramos acompañarlas.

Es, también, tiempo de curiosas simetrías. En 2010, los periodistas Sergio Rubin y Francesca Abrogetti publicaron El Jesuita. Bergoglio pudo dar en esas páginas explicaciones sobre sus actos durante la última dictadura militar. Allí dice que en la Iglesia se fue conociendo de a poco todo lo que estaba pasando después de golpe de Estado. Al principio se sabía poco y nada. Bonafini ha utilizado casi las mismas palabras. Don Francisco, no sabía de su trabajo pastoral, dijo, sobre el desvelo caritativo de Bergoglio, su lucha contra la trata de blancas y el paco. La dirigente hace un reconocimiento, pero no puede dar por cerrada la historia. Sólo sabía que el máximo dirigente de la Iglesia argentina habitaba en la Catedral, esa Catedral que cuando marchábamos y pasábamos por delante, le cantábamos: 'Ustedes se callaron cuando se los llevaron'.

Dejá tu comentario