24 de diciembre 2008 - 00:00

Cupones Bursátiles

Lo lógico es que el núcleo de las noticias y comentarios, en casos como el de la estafa armada por Bernard Madoff, sean para el victimario. Pero ¿y qué hay de las víctimas? Al colocar la lente para que mire hacia el otro lado del escritorio de Madoff, comienzan a saberse disparates como el que vimos ayer. Repasemos, porque lo merece, y démosles vida al episodio y a los personajes. Un grupo de representantes de un gran banco europeo -español- aterriza en Estados Unidos y va con una misión delicada y precisa. Traer de vuelta informes de boca del principal actor de la casa de inversiones, acerca de algunas señales poco tranquilizadoras que se habían estado expandiendo. Atendidos en lujosa oficina y suma cortesía, por el propio Madoff, comienzan las insinuaciones al tema y dándole al anfitrión precisiones sobre el motivo del viaje. «Queremos poder volver con certezas y dar cuenta del estado de la compañía, la seguridad de nuestra inversión. Conocer de qué modo usted puede sostener el negocio con tan altas rentas prometidas...».
Madoff, sin inmutarse, seguramente que los miró fijo a los ojos y ejerciendo el típico predominio mental sobre el adversario. Y con una respuesta certera, los deja helados: «No señores, ya soy como la Coca-Cola. Tengo mi secreto y no se lo puedo develar a nadie, o habría muchos imitadores...». Al parecer, y así está relatado, la «patrulla» de expertos enviada a descubrir el estado de cosas armó las valijas. Y con eso, retornó a la sede central. Espectacular. De película. El hombre los liquidó sin tener que mostrar libros fraguados, ni hacer una novela. Sin mover un músculo de su cara, los liquidó: con suma elegancia. La esencia que se ha perdido, entre tantos truhanes groseros que están dando vueltas en la época moderna. Bernard ya anda por allí con libertad condicionada y con la tobillera. Casi una afrenta para semejante timador imaginativo, el que armó un castillo de 50.000 millones de dólares y pescó en sus redes a verdaderos tiburones de las finanzas. El que trajo a la vulgar atmósfera financiera del siglo XXI: perfume, galera y guante blanco.
¿Y qué hay de las supuestas víctimas? Murieron por buscar una paga excesiva. Los ultimó la codicia, más que el propio Madoff. Pero allí había inversores institucionales caídos en la teleraña. Los que dicen, y deben, proteger capital de terceros, advertir peligros, asesorar. Pone los pelos de punta.

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