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Cupones Bursátiles
Madoff, sin inmutarse, seguramente que los miró fijo a los ojos y ejerciendo el típico predominio mental sobre el adversario. Y con una respuesta certera, los deja helados: «No señores, ya soy como la Coca-Cola. Tengo mi secreto y no se lo puedo develar a nadie, o habría muchos imitadores...». Al parecer, y así está relatado, la «patrulla» de expertos enviada a descubrir el estado de cosas armó las valijas. Y con eso, retornó a la sede central. Espectacular. De película. El hombre los liquidó sin tener que mostrar libros fraguados, ni hacer una novela. Sin mover un músculo de su cara, los liquidó: con suma elegancia. La esencia que se ha perdido, entre tantos truhanes groseros que están dando vueltas en la época moderna. Bernard ya anda por allí con libertad condicionada y con la tobillera. Casi una afrenta para semejante timador imaginativo, el que armó un castillo de 50.000 millones de dólares y pescó en sus redes a verdaderos tiburones de las finanzas. El que trajo a la vulgar atmósfera financiera del siglo XXI: perfume, galera y guante blanco.
¿Y qué hay de las supuestas víctimas? Murieron por buscar una paga excesiva. Los ultimó la codicia, más que el propio Madoff. Pero allí había inversores institucionales caídos en la teleraña. Los que dicen, y deben, proteger capital de terceros, advertir peligros, asesorar. Pone los pelos de punta.


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