20 de octubre 2009 - 00:00

Cupones bursátiles

En el ambiente tan festivo que se vive dentro del círculo bursátil (a falta de gente común que participe, más «círculo» que nunca), es imprescindible que se suban todas las antenas, se dejen encendidas todas las pantallas del radar y se esté en un «alerta amarillo» frente a lo que ayer comentamos respecto del próximo objetivo al que parecen apuntarle desde el oficialismo y cía. (y seguro que en esto habrá nutrida compañía, en base a ideologías y ansiedad creciente, por meter mano en lo bancario y financiero).

Además de citar a «una ley de la dictadura», de 1977, la nota publicada por Ámbito Financiero del viernes pasado y firmada por Ezequiel Rudman menciona que se buscaría «cambiar el sujeto de la ley -las entidades- y que pasen a serlo los usuarios». Definiendo la actividad bancaria como «un servicio público». Nada se habla sobre la «contrapartida» del sistema.

En la Bolsa sabemos que para que exista mercado debe haber dinero en una punta y papel en la otra. Acerca de qué habrá de suceder con el dinero ingresante en las entidades, a las que se les quiere dirigir el crédito, condiciones, plazos, nivel de tasa, comisiones, al parecer no posee una atención privilegiada. Pero puede darse que en el circuito dibujado a gusto y placer suceda que sobren teoría y papel y falte el dinero.

Alterar una de las puntas bien puede alterar el ritmo de la otra. Lo que quedaría después por hacer, si esto se produce y genera irritación en los mentores del proyecto, sería, lisa y llanamente, una intervención a las entidades. Y lo que ello traiga aparejado...

De prosperar este maravi-lloso proyecto, hasta ponerlo en práctica, lo que siga será inevitablemente actuar sobre otro sector al que le tienen muchas ganas -ahora y antes también- los iluminados de turno: gravar la renta financiera y bursátil.

La suposición de que lloverán créditos para pymes, forzando a que los bancos les presten inclusive a los que representan un riesgo cierto de insolvencia futura, puede resultar una de las derivaciones indeseadas y que hagan dudar seriamente al que provee los recursos: el depositante del sistema.

Puede resultar un primer peldaño que afecte al mercado de riesgo, por simple rebote de temores, lo que se completaría al quedar más claro que la frase «¡vamos por todo!» es un grito de guerra.

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