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Cupones bursátiles
Lo que provino de Dubai no estaba en la mente de ningún «gurú» famoso, ni «mago» financiero de renombre. Sirvió como para demostrar que las defensas y recomposiciones globales son precarias y que las situaciones comprometidas pueden asomar la cabeza en cualquier región, donde los salvatajes hayan quedado fuera del área de cobertura.
Un efecto «mariposa» nítido y muy difundido resultó con la caída de los índices de Bolsa, donde -por fortuna- Wall Street no participaba por su feriado. Pero hubo otros efectos y uno fue a mellar el precio del barril de petróleo bajo la argumentación de: «Si no es que lo de Dubai no habrá de complicar la recuperación de la crisis...».
El temor que volvió a correr por los alambres, como cuando un rayo se deja caer en los campos y fulmina todo a su paso. Y lo peor es que resultó un rayo que tomó a todos de espaldas, como lejos estarían todos de suponer que de tal región podrían originarse desastres económicos como el anunciado.
Fue un meteoro que no se esperaba, y esto dejó material para sondear la firmeza de los pisos, más que para los verdaderos daños reales que podrá crear en el resto del mundo. Y esto alienta nuevamente la idea de gravar los circuitos financieros, en una coincidencia de lo que se instaló desde Gran Bretaña, al unísono con proyectos locales: que la Presidente se había encargado de desvirtuar -cuando corriera varias veces el rumor- y que «alguien» decidió colocar nuevamente sobre la mesa de lo probable.
En aquella ocasión, después de sumas y restas -y ver los daños colaterales- la propia Cristina de Kirchner concluyó en que, por el monto que se podría capturar, no valía la pena correr el riesgo de desarmar lo poco que queda en nuestras disecadas fuentes.
Ayer fue Dubai, mañana podrá ser el Congo, o la isla de «Lost»: todo es capaz de inyectar de nuevo el miedo global.


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