4 de marzo 2010 - 00:00

Cupones Bursátiles

Es fascinante, porque excede todo tipo de asombro desde lo racional, que un banco de inversión como Goldman Sachs esté metido en cuanto lío aparece -desde la crisis y su estallido- y nada de escarmiento se aplique sobre él.

Hasta consigue burlarse de las críticas, hace poco su presidente dijo muy suelto de cuerpo que «como banquero, estoy haciendo el papel de Dios». (Casi como para encerrarlo por eso sólo, más allá de todo el suceso que lo involucra en el show de Grecia). Recordemos al lector que, no hace mucho, habíamos traído a nuestra columna la estratagema que estaban utilizando desde el mismo origen, referido a que poseían «super computadoras», mucho más veloces que las del propio mercado del NYSE, y llegaban a interceptar órdenes de ambas puntas para colocarse en el medio y obrar en busca de pequeñas ganancias: que en la parva de operaciones, representaban fortunas. Y, nos acordamos, también muy sueltos de cuerpo los encargados del manejo aducían que tal maniobra no era ilegal (en tal caso, les importaba un cuerno que no fuera legítima, o ético, para lo que debe representar una entidad de tal tipo). Nada del «fair play», nada de ejemplos para el elogio, solamente la búsqueda cruda y descarnada, bordeando siempre lo legal, dando el perfil del truhán de antaño, trabajando sobre los recovecos que puedan dejar las «regulaciones». Y aquello de que todo lo que no esté expresamente sancionado, se puede llevar adelante.

Igual, seguimos pensando que cuando se producen desastres que involucran a los gobiernos la carga mayor de la culpa la tienen los que pueden fijar los límites y las normas. Y sin permitir que haya alguien que haga en casa propia, lo que no se permite que hagan. Que después los gobernantes busquen escudarse en este tipo de entidades

-o de organismos- para desviar la mirada de los ciudadanos y mostrar «lo que nos hicieron», es una tradicional cortina de humo (que los argentinos hemos visto y seguiremos viendo).

Y se puede resumir en el clásico ejemplo de quién es más culpable: si el que peca por la paga, el que paga por pecar. También refrescamos siempre aquello de que «los mercados no tienen piedad». Y esto es cierto, en lo que hace a comportamientos honestos y legítimos. Los que parten de la codicia y el temor, pero no los que retuercen normas y límites buscando el botín. Lo que separa a un Maddoff (preso) de este tipo de entidades (libres) es una delgada línea roja. Etérea.

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