5 de mayo 2010 - 00:00

Cupones bursátiles

En lo que se asemeja a una búsqueda de tipo «arqueológica» que nos propusimos, yendo en viaje al verdadero centro y origen de la crisis sufrida en el mundo, hallamos párrafos que bien podrían ser pasados como actuales, pero -en realidad- escritos en 1987. Publicada por el «Institutional Investor», se decía allí. «Uno de los acontecimientos más señalados de los años 80 fue el crecimiento desmesurado de la deuda, más allá de cualquier punto de referencia histórico. Fue algo que desbordaba cualquier expectativa relacionada al producto nacional bruto, o a la expansión monetaria que tenía lugar. Creo que sucedió como resultado de la liberación del sistema financiero. Y al poner en libertad todo impulso financiero sin una disciplina adecuada y sin salvaguardas. Y así es como estamos ahora...». A esto le agrega Michael Lewis, el que fuera operador de Salomon Brothers, «mientras que la mayoría de los americanos pensaba que Wall Street significaba un mercado bursátil, nuestro mercado de bonos marcaba la pauta en Wall Street de los años 80».

Una de las claves, y el origen de todo, se devela a partir de lo que se describe ahora: «Un operador no podía manipular a un propietario de vivienda. Las hipotecas no eran pedazos de papel con los que se podía operar, no eran bonos. Eran préstamos hechos por cajas de ahorro y allí se quedaban. Para que la hipoteca de una vivienda se convirtiera en bono, tenía que desperso-nalizarse. Como mínimo, una hipoteca debía juntarse con otras de diferentes propietarios. Los operadores e inversores confiarían en las estadísticas y comprarían acciones de un grupo de varios miles de préstamos para vivienda, realizados por alguna entidad de ahorro y préstamo. Según las leyes de la probabilidad, tan sólo una pequeña fracción quedaría sin pagar...».

(Y aquí hacemos un alto, para decir que la realidad vivida hace dos años desmintió a las certezas estadísticas y se generó una bola de nieve, que terminó por arrastrarlo todo). Y sigue Lewis atestiguando desde su libro: «Se podían emitir pedazos de papel, que dieran derecho al titular de un prorrateo del flujo de fondos del grupo, una porción asegurada del pastel. Podía haber millones de grupos, cada uno que poseía hipotecas determinadas, siendo cada uno homogéneo. Uno, por ejemplo, tendría hipotecas de menos de 110.000 dólares y pagaría un interés del doce por ciento...». (Continuará.)