8 de junio 2010 - 00:00

Cupones bursátiles

La única realidad, después que las aguas del crecimiento perpetuo bajaron y dejaron a la vista los mástiles de los navíos hundidos, es que las administraciones -de todo color- de los recientes veinte años han sido un fiasco.

Todos prometiendo bondades que excedían sus posibilidades reales, gobernantes que se subieron al «tren de la felicidad» y creyeron que eso no se acabaría nunca. Políticos que no dudaron en falsear cualquier estadística -y de esto sabemos mucho en la Argentina actual- con tal de que las poblaciones no conocieran la verdad.

Hungría ha sido nada más que una perla en el collar de los desvíos. Esto es una realidad que nadie ya puede negar, por más que prosigan los adherentes a taparlo todo haciendo llover dólares, o euros, del cielo. Y la simple metodología de los ciclos, que se cumplen irremediablemente, felizmente han podido dejarlo a la luz, en superficie, desestimando las voces interesadas que todo se lo querían adjudicar a los mercados y los «malditos especuladores». ¿Qué le sucedió a Hungría, estuvieron también por allí los deshonestos muchachos de Goldman Sachs, o anduvieron asesorando a cuanto país ha mostrado sus falencias en estos meses? Y esto sigue, caben pocas dudas, solamente es cuestión de tiempo para que otros tengan que reconocer sus malas administraciones.

Lo de Hungría barrió el final de la pasada semana, cuando se había intentado alguna repercusión positiva en los índices. Y muchos de esos especuladores rodaron, seguramente, porque no estaba en sus planes suponer que aparecería otro foco de incendio perjudicando las tibias muestras de repuntes. Quedó claro que los índices sufrieron, otra vez, de pésimas novedades provenientes de diversos países, y no a la inversa.

Mientras tanto, se suceden las notas -inclusive de reputado economista- desestimando la necesidad de ajustes y de rebajes de marchas, propugnando que todo sea salvado mediante recursos estatales que gozan de muy poco respaldo efectivo. Es un menú indigerible el dejar que todo prosiga permaneciendo, antes de abogar por un nuevo orden mundial que respete las diferencias entre el poder distinto que tienen las naciones.

El mercado se limita a ver y actuar en consecuencia, descree de los discursos adornados y propuestas fáciles. Busca negocios en la decadencia.