11 de junio 2010 - 00:00

Cupones bursátiles

Un buen complemento para intentar contestar el interrogante que nos planteara nuestra consecuente lectora, proviene de recurrir a quien se considera como «el padre del fundamentalismo» en Bolsa, Benjamin Graham.

Warren Buffett
-su más exitoso discípulo- acostumbra a refrescar estos párrafos en tiempos difíciles. Y todo parte de aplicar un poco de imaginación para suponer que las cotizaciones de las acciones proceden de un «socio» que cada uno posee en el negocio privado. Y que se llama Señor Mercado. Personaje que sin faltar un día, se hace presente para decirle al inversor a qué precio está dispuesto a comprarle su parte en el negocio. O bien, ofrece venderle la suya.

Aunque el negocio de que se trata tenga una marcha estable, el Señor Mercado no es emocionalmente equilibrado, y de ahí que las cotizaciones que ofrece tampoco resultan permanentes y estables.

Cuando entra en períodos de euforia -viendo nada más que un porvenir venturoso- sus ofertas son a precios muy altos. Pero, cuando está deprimido, aplica precios sumamente bajos y totalmente anormales. El socio que cada inversor debe soportar contiene otro rasgo particular: no le interesa que lo desprecien o lo dejen de lado.

Si el precio que ofrece no le es aceptado, volverá a insistir al día siguiente, o al otro, sin abandonar sus ofertas. Y aquí es donde el inversor debe ejercer su plena libertad, como para ignorar al Señor Mercado, o bien para sacar partido de la inestabilidad emocional que presenta, pero nunca cayendo bajo la influencia del Señor Mercado.

Y la conclusión es que el inversor no debería participar en el juego -invertir en Bolsa- si no es capaz de estimar el valor del negocio mejor que el Señor Mercado.

Warren Buffett recomienda tener esto siempre en la memoria, para evitar caer en el riesgo emocional que presentan las Bolsas (en especial, como ahora, cuando se está dentro del curso de un ciclo crítico).

Vale el apunte, creemos, porque es continua la presencia de un Señor Mercado que cambia de oferta todos los días, tentando a que el inversor se vea incurso en sus euforias y sus depresiones.

Una vez caído en la telaraña del comprar mal, y vender peor, se formaliza una pendiente que aniquila capital y ánimo. Teniendo una opinión del valor del activo se evita lo otro.