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Cupones bursátiles
Lo es ahora, en el vértigo de pantallas, internet, informaciones acumuladas en parvas donde los que construyen análisis -o comentarios- se ven en la obligación tácita de adjudicarle la razón de ser.
Inclusive a ruedas donde la monotonía resultó la dueña del desarrollo y los saldos son irrelevantes. No tiene mayor sentido que un par de balances, buenos o malos, sean responsables de teñir un resultado a favor -o en contra- de toda una Bolsa. O de Bolsas colegas. Solamente las novedades realmente de cierto peso tienen que resultar las portadoras de incidencia para los mercados.
Tal como ocurre con el «deber de informar», obligación que tienen todas las cotizantes de comunicar a los organismos de control hechos relevantes de su vida empresaria. Las empresas no deben informar que se les enfermó un gerente, o que han cambiado al jefe de compras. O bien, que un insumo les vino con aumentos. Solamente aquello trascendente en la vida de la compañía -y que puede poseer efectos sobre la cotización de su acción- es lo que están conminadas a informar, dentro de la norma dictada.
Y en lo que llega a diario, como soporte y explicación para el saldo de los índices, estamos en la figura de adjudicarle «al gerente enfermo», poder como para que el indicador bursátil vaya hacia un lado, o hacia el otro.
El inversor de hoy, muchos no quedan porque en buena medida son apostadores, están ametrallados por tal tipo de cuestiones nimias, que aparecen justificando el sinuoso caminar de una semana. Y unas consideraciones suplantan a otras, con enorme velocidad, quedando sepultados los «motivos» que dieron lugar al desplazamiento anterior. En medio de todo el alud de información, las cuestiones de fondo se mezclan y diluyen con las pueriles. Y es un enchastre.


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