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Cupones bursátiles
Según lo observen unos u otros interesados, o analistas de diversas escuelas, todo da para desmenuzar y discutir. Pero en nuestra columna nos queremos quedar solamente con uno de los aspectos, en el día de hoy. Y es el párrafo que habla de una nueva legislación: «sobre indemnizaciones a inversores privados, víctimas de empresas de inversión fraudulentas, o de mal asesoramiento». Hasta ahora, el inversor individual podía exigir hasta 50.000 euros, por tales figuras. Esto se extenderá a empresas y organizaciones sin fines de lucro: solicitar tal tipo de indemnización.
Si lo trozamos, cuando se habla de empresas de inversión «fraudulentas», salta a la vista que merecen eso y mucho más de castigos: son delincuentes. Pero, al tratar de definir la figura del «mal asesoramiento», aquí, allá, en Europa, en Estados Unidos, donde se quiera: es un terreno pantanoso. Apenas un perfil, con una idea que luce como justa, atractiva, pero que no hay manera de especificar sus límites. ¿Hasta dónde es bueno, o malo, el asesoramiento que pueden brindar los que ofrecen sus servicios a empresas, o inversores individuales? Una casa de inversión, un agente de Bolsa, un administrador de carteras.
Generalmente -lo menos visto tantas veces aquí-, la búsqueda de un «culpable», para negar el error cometido, es un clásico cuando los ciclos bajan.
El asesor puede expresar su idea, orientar, pero su decisión siempre debe poseerla el dueño del capital. Y suponer que un asesor es responsable si el activo decrece es pretender que sea un «vidente» infalible. Sabemos que eso no existe. Asesorar bien, o mal, se suele medir por el resultado. (Y es malo.)


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